'Las cartas de Elena Francis': el testimonio de la moral en el franquismo

Armand Balsebre y Rosario Fontova han investigado  las misivas halladas hace trece años de radioyentes que buscaban solución a sus problemas. 

Manuel Román

Acaba de publicarse Las cartas de Elena Francis, libro que firman el catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, Armand Balsebre y la periodista Rosario Fontova. Han investigado un fondo de misivas halladas circunstancialmente hace trece años, que totalmente en el abandono no parecía interesar a nadie. Corresponden a lotes de escritos por radioyentes de un popular programa de radio, consultorio sentimental de, sobre todo mujeres, que solicitaban respuestas a problemas a veces de carácter íntimo, que firmaban por lo común con seudónimos como "La sufridora", "Un corazón herido", "Mujer atormentada", "Oyente burlada"…

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Se cree que ese fondo de misivas pudiera alcanzar la cifra de cien mil, porque también se ha deslizado que podrían cuantificarse al final un millón de cartas, numero tal vez excesivo. Los investigadores mentados confiesan haber leído cuatro mil quinientas seleccionando mil trescientas para su obra. Los responsables del hallazgo han digitalizado únicamente un diez por ciento. Pero ¿de dónde procede esa correspondencia? Fue encontrada en la masía abandonada de los patrocinadores de aquel programa-consultorio que se difundió por las ondas radiofónicas a toda España, entre los años 1947 y 1984. Propiedad que sus herederos pusieron a la venta, una inmobiliaria se hizo cargo de ella, pero al no interesar a nadie pasó a manos del Ayuntamiento de Cornellá (Barcelona). Las cartas en cuestión no encontraban comprador alguno, ni siquiera algún curioso interesado en su estudio por lo que el Archivo Comarcal del Bajo Llobregat optó por salvar del fuego esas cien mil epístolas, que hoy pueden ser consultadas, como en un principio hicieron Armand Balsebre y Rosario Fontova, responsables del libro citado al comienzo de este texto. Otra parte de ese montón de sobres terminó por lo visto en cenizas.

El Consultorio de Elena Francis queda dicho comenzó en 1947 a través de Radio Barcelona, posteriormente fue emitido por Radio Peninsular y al final por Radio Intercontinental. Patrocinado por José Fradera Butsems y Francisca Elena Bes Calvet, propietarios del Instituto y Laboratorio de Belleza Francis, que comercializaban una serie de productos cosméticos dirigidos a la mujer. El nombre de Elena Francis no era sino un guiño hacia su copropietaria, añadiéndole un inventado apellido a la protagonista del consultorio. La emisión era vespertina, duraba media hora, iniciada con una sintonía, la de la pieza de Víctor Herbert Indian Summer, con un fondo algo melancólico para predisponer a la audiencia. En un principio, el programa se nutría de miniespacios como el de la biografía de un santo o de algún personaje del que pudiera alabarse su ejemplaridad. De la discoteca de la emisora se programaban retazos de música popular y luego se iban leyendo las cartas de los oyentes, por lo común del sexo femenino, en las que exponían sus cuitas. La emisora contrataba a varios guionistas y locutores y en especial a quien personificaba a la misteriosa Elena Francis. Nunca pudo saberse quién era, cuál su físico, qué identidad. Con el paso de los años los guionistas fueron cambiando al igual que las voces lectoras. Un equipo de colaboradores se encargaba de leer todas las cartas recibidas, seleccionando las más llamativas. Las respuestas, si bien corrían a cargo de los guionistas eran luego supervisadas por un equipo de expertos, fundamentalmente sacerdotes y psicólogos, quienes censuraban aquellas que chocaban con la moral imperante en aquellos años del franquismo, con una sociedad pacata porque así lo vigilaba el régimen imperante.

Hasta bien entrada la década de los 60 las preguntas que los oyentes no podrían obtener respuesta tenían que ver con el sexo y la política. Mas no dejaban sus argumentos de rozar siquiera aspectos que los censores se preocupaban de leer con lupa. Así, por ejemplo el caso de una adolescente que decía haber sido violada por un cuñado lo que le preocupaba por si debía contárselo a su prometido. Por supuesto que la carta acabó en el cesto de los papeles. Y si alguna mujer relataba que su esposo le ponía los cuernos, la respuesta solía ser ésta: "Hágase la ciega, la sorda y la muda cuando él llegue a casa". Y es que la legislación vigente entonces no defendía los derechos femeninos, con respecto a la propiedad de una vivienda en común por ejemplo, ni una esposa podía firmar contratos sin el permiso del cónyuge y otras leyes que las mantenían atada al hombre. "Y si las mujeres tenemos razón —respondía la señora Francis— hemos de perderla". Ni qué decir cuando salían a antena casos de violencia machista. La víctima tenía que aguantar lo inaguantable e injusto. Una denuncia servía de poco, de nada, vamos…

El programa iba creciendo en audiencia, siendo uno de los más populares de la radiodifusión española. Se ha insistido que las amas de casa y los taxistas eran los que copaban el mayor número de oyentes, pero se supone era escuchado por personas de distinta condición social y profesión. Podía ocurrir que, dada su naturaleza, hombres sobre todo negaran en tertulias estar al corriente de ese consultorio, aunque lo siguieran de vez en cuando. Lo que pasa es que ciertas cuestiones planteadas en las cartas parecían más propias de personas con una educación y conocimientos por debajo de la media intelectual. Si cuando en 1947 esas radioyentes sólo se interesaban por cómo limpiar unas manchas, coser un vestido o saber la receta de algún plato regional, ya en las décadas siguientes, conforme la sociedad avanzaba, las interrogantes eran otras. Pero algo simples y hasta humorísticas. Una sirvienta quejándose de que todas las noches el señor de la casa se metía en la cama de ella. ¿Qué hago?, inquiría. La embarazada soltera con un novio que no quería saber nada del bebé, a lo que la señora Francis por supuesto que se negaba al aborto para rematar su respuesta con algo así como que los hombres son todos iguales y van siempre a lo mismo. ¿Y la esposa que solicitaba alguna receta para aplicársela a su marido, que hacía meses "que no la tocaba"?

Así, consultas de parecido jaez iban escuchándose, a razón de siete por emisión. Con respuestas que "la señora Francis" empezaba con su consabido "Querida amiga…". Mediados los años 60 la voz que encanaba a ese personaje radiofónico de ficción era la de una magnífica locutora, de convincente y persuasiva elocuencia, pero con voz suave, un punto engolada, y asimismo en un estilo parecido al de un sacerdote en su confesionario. Era Maruja Fernández, ya fallecida, con un timbre insistimos que era agradable en su didáctica lectura. Procedente de un nuevo guionista que, a partir de 1966 y hasta que acabó para siempre el Consultorio en 1984, fue siempre el mismo: el periodista barcelonés, con ancestros andaluces, Juan Soto Viñolo, que alternaba su quehacer profesional de crítico taurino con el de escribir todos los días, de lunes a viernes, las respuestas a las preguntas de los oyentes. A veces, me confesó, era él mismo quién formulaba también las preguntas, para que pudiera sorprender más a la audiencia, fabulando historias sentimentales que se le ocurrían.

Por mucho que la sociedad española de los años 70 y primeros 80 era diferente a la del pasado, la censura seguía imperando en el Consultorio de Elena Francis. En vida de Franco, aun ya en sus últimos años, el tema de los anticonceptivos no podía tocarse, ni el de la homosexualidad. Ya al comienzo de la Transición, Juan Soto Viñolo refería que el fondo y tono de las respuestas tenían que ir poco a poco conforme el comportamiento de la sociedad pues las costumbres ya eran claramente distintas. Y en 1984, en pleno gobierno de los socialistas, era ridículo y anacrónico mantener un programa con un consultorio femenino que iba contracorriente. Los derechos de la mujer iban recobrándolos. Y Elena Francis "murió" definitivamente sin que los oyentes supieran, ya finiquitado el programa, quién era realmente aquella señora. Juan Soto Viñolo dijo entonces, mediados los años 80, lo siguiente: "Yo he sido la señora Francis". Tenía toda la razón, por ser quien respondía a aquellas cartas, ahora objeto de un libro recopilatorio, en una mínima parte, de las miles que enviaban a la emisora.

Juan Soto Viñolo, la última vez que hablamos, me dijo estar harto de vivir en Barcelona, donde en su periódico le prohibían en adelante escribir de toros y flamenco, sus especialidades como crítico. Publicó un par de libros de toros y copla y también otro, Querida Elena Francis, donde recordaba su añorada etapa de guionista. Al despedirnos, me confesó: "Me exilio". En realidad siguió en Cataluña, en una casa campestre que disponía en Vendrell, Tarragona. Donde le sorprendió la muerte el 12 de febrero de 2017.

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