El misterio de la biblioteca dorada de Iván el Terrible

Escritos del siglo XV engrosan la leyenda sobre la existencia de una importantísima colección de libros de los zares rusos que nadie ha encontrado.

Laura Galdeano

Iván III, conocido como Iván el Grande o el primer gran príncipe de toda Rusia, trató de convertir Moscú en una urbe distinguida y culta, digna sucesora de Constantinopla. Invitó a instalarse a muchos artistas y maestros extranjeros para importar conocimientos y reunió una importante colección de manuscritos y libros antiguos, incluidos algunos chinos de entre los siglos II y XV. En 1472, Iván III contrajo matrimonio con Sofía Paleóloga, sobrina del último emperador bizantino Constantino XI, y con esta alianza su colección adquirió otra dimensión. Incorporó la biblioteca de su esposa que, al parecer, incluía valiosos ejemplares rescatados de Constantinopla antes de la entrada de los turcos y manuscritos procedentes de la de Alejandría.

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Iván el Terrible, de Mark Antokolski (1871)

Se cree que para proteger esos volúmenes de posibles ataques -tras la experiencia de Constantinopla y Alejandría-, Sofía encargó al arquitecto italiano Aristóteles Fiorovanti la construcción de un espacio excavado bajo el Kremlin donde se custodiarían en secreto. Iván el Terrible, nieto de Iván III, heredó de su abuelo sus inquietudes intelectuales y se propuso traducir y catalogar los libros. Fue entonces cuando comenzó a correrse la voz sobre una biblioteca que competía con la del Vaticano en número e importancia, según algunos testimonios hallados en escritos de la época. Se popularizó como la biblioteca dorada porque el lomo de muchos de esos libros estarían decorados con oro y el efecto era de un radiante resplandor.

Investigadores y arqueólogos han rastreado durante siglos todo vestigio que pudiera conducirles hasta esta biblioteca y nunca han hallado nada.

La primera mención documentada de la existencia de esta biblioteca rusa data de mitad del siglo XVI. La firma Andréi Kurbski, amigo íntimo de Iván el Terrible. Menciona a Máximo el Griego, el monje que fue escogido para traducir al ruso los textos teológicos y litúrgicos helenos. Según escribe Kurbski, al ver la biblioteca rusa, Máximo aseguró que ni en la propia Grecia había visto nunca tantos libros griegos.

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Película 'Iván el Terrible', de Sergei Eisenstein

Hay otra referencia posterior que asegura que Iván el Terrible pidió a Johannes Wetterman, un pastor protestante alemán, que analizase unos escritos e hiciera un inventario de esa secreta colección. Pudo ver las cámaras subterráneas y dijo que había armas escondidas junto a los libros, además de unos códices que se creían desaparecidos de la época de Ptolomeo.

El sueño de los cazatesoros

Una historia de estas características, que navega entre el mito y la realidad, ha generado leyendas sin demasiado fundamento. Se dice que Pedro el Grande y Napoleón Bonaparte también se embarcaron en la búsqueda, junto a destacados investigadores, académicos y cazatesoros.

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Plaza de las Catedrales del Kremlin de Moscú, de Giacomo Quarenghi (1797)

En 1890, el profesor Thraeme halló en la ciudad francesa de Estrasburgo un fragmento atribuido a Homero procedente de Moscú, que habría pertenecido a la dote de la princesa Sofía. Lo curioso es que cuando se comenzó a registrar los sótanos del Kremlin aparecieron pasadizos, túneles y cámaras secretas, además de armas idénticas a las mencionadas por Wetterman. Eso sí, no había rastro de libros. Dos años más tarde, otro investigador publicó un artículo en el que confirmaba que la biblioteca existió y añadía que su hallazgo no se había producido puesto que fue destruida en el siglo XVII cuando los polacos arrasaron la ciudad.

En los años 30 y tras la Segunda Guerra Mundial se siguió buscando con ahínco pero con idéntico resultado. Las conclusiones son dispares. Algunos estudios apuntan al puro resultado de la inventiva humana, otros dicen que fue saqueada y otros apuestan por la tesis de que los libros fueron repartidos por distintas bibliotecas del país para protegerlos y siguen escondidos.

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