El arte subvencionado (I)

Antonio Escohotado

Gráficas, musicales o literarias, las artes fueron inmemorialmente un campo librado a las veleidades del gusto, que elegía de manera espontánea pintores, músicos y literatos favoritos. Lo novedoso del arte llamado experimental fue no entrar directamente por los ojos, el oído y el entendimiento, sino merced a alguna modalidad de aprendizaje, atendiendo a las indicaciones de expertos. De hecho, careció de patrocinadores antes de terminar la Primera Guerra Mundial, cuando comprender que era inevitable una segunda -todavía mayor- acumuló un volumen de angustia sin paralelo histórico por duración e intensidad, anticipada por El proceso (1915) de Kafka.

Al mirarlo más de cerca, comprobamos que el experimentalismo solo floreció poco después de consumarse el golpe de estado bolchevique en Rusia, cuando dirigir la sensibilidad creó el holding de industrias culturales organizado por Willi Müntzenberg en torno a la Ayuda Roja (1921). Tornar cada vez menos relevante la reacción del público equivalía a emancipar el gusto del capricho subjetivo, y esto era a su vez inseparable de producir al hombre no individualista o nuevo, también llamado yo/masa, mediante una fusión de ideología y propaganda que Müntzenberg manejó en exclusiva hasta aparecer Goebbels en 1925.

Por lo demás, la forma de gestionar cada aparato cultural no puede independizarse del contenido, que durante tres décadas fue en Europa un público compuesto por proletarios indecisos, una clase media arruinada por la inflación y adolescentes convencidos de que crear y revolucionar son lo mismo. Lo único imprevisto entonces fue el decaer material de ingleses y franceses, y que los derrotados alemanes atravesasen hasta dos fugaces "milagros económicos", uno antes y otro después del Martes Negro (1928). Norteamérica, que había sido el banquero del demolido Continente, bastante tendría luego con capear su propia crisis.

Coincidiendo con el crack mundial de las Bolsas apareció Ser y tiempo, un tratado que linda con lo ridículo por farragoso y pedante, pero plantea con profundidad el estado material y moral de cosas, definiendo la condición humana como ser-para-la-muerte y llamando a "pernoctar" en la angustia. Algo análogo expone El ser y la nada, escrito en vísperas de la segunda guerra, cuando la situación política y económica mantenía intacto su horror, y para muchos el culpable de todos los males era la anarquía creada por el laissez faire. Heidegger se hizo profesor tras ver denegada una solicitud de ingreso en la Compañía de Jesús; Sartre fue siempre un anticlerical militante, y eso explica que el primero invocase el ser como lo sacro y eterno, y el segundo planteara la nada como substancia, viendo en la libertad una "condena", y en la vida una "pasión inútil".

Pero la substancia común a ambos era de hecho entreguerras, un periodo donde muy pocos se levantaron de la mesa sin hambre, y la rabia vio oportuno sacrificar las libertades a un control absoluto, que pondría todo en manos de redentores mesiánicos. Aquí Heidegger y Sartre coincidieron como gemelos univitelinos, y sus versiones hubiesen agotado la filosofía existencialista de no irrumpir Camus con su tratado sobre la rebeldía (1951), advirtiendo que lo peor terminó, y la pasión totalitaria se bate en retirada. A una sobredeterminación corresponde que ese mismo año apareciese La emboscadura, el himno de Jünger a "la persona singular soberana", donde adivina "manantiales de paz y celebración" en el futuro, coincidiendo casi textualmente en la definición respectiva del rebelde y el revolucionario.

Uno "dice no para poder decir sí desde su primer movimiento", y el otro se ve abocado a triunfar fracasando, porque su nihilismo le mueve a "métodos incompatibles con los objetivos". El revolucionario llama a reeditar el juicio final, exigiendo que los últimos vean condenados a los primeros, y el rebelde a romper el círculo vicioso de dicha perspectiva. Camus y Jünger no necesitaron ponerse de acuerdo para percibir que la palabra del perdón había vuelto, llamando a trabajar unidos y con alegría, porque acababa de demostrarlo el puente aéreo de 1948-1949, gracias al cual millones de berlineses sobrevivieron cómodamente. Le costó la vida a un centenar de tripulantes, pero Europa renació logrando algo tenido por físicamente imposible por pura devoción, mientras naciones divididas por recelos finiseculares se decidían por cultivar la fraternidad.

Fueron las peores noticias imaginables para Stalin, que se había lanzado al bloqueo esperando una rendición rápida, y sufrió viendo cómo el puente se prolongaba dos meses más que su reapertura de las comunicaciones por tierra y agua, porque –en palabras de Truman- "mantener sitiados mejor nutridos que sus sitiadores atestigua inmejorablemente la superioridad moral y técnica del mundo libre". Apenas un lustro antes la libertad parecía en Europa continental el menos estimable de los valores; pero el totalitarismo había pasado como si fuese un largo invierno, sustituido por pueblos dispuestos a vivir y dejar vivir, donde ningún salvador volvería a tener crédito.

Rechazar la oferta de incorporarse al Plan Marshall supuso para URSS poner en marcha la Guerra Fría; pero ni siquiera esa amenaza logró acercarse a la ansiedad y la ruina que habían preparado la postración ante comandante supremos. El armamento atómico solo iba a consentir a conflictos periféricos, y ni la Cortina de Acero ni su bastión más avanzado –el Muro- pudieron evitar el contraste entre calidades de vida, que relegó la fantasmagoría kafkiana al Este, donde la persistencia de recetas totalitarias condenaba a una capitalización ficticia. En toda esa zona el dogma de la sociedad sin clases creó más bien una casta política, donde el carné hizo las veces de árbol genealógico.

Embuste o error de concepto, según prefiera mirarse, su punto de partida fue que Marx presentara las clases como castas -a despecho de que unas encarnen la movilidad y otras la inmovilidad-, diferencia tan evidente como soslayada por mis profesores, los de mis hijos y los de mis nietos, sin duda para seguir confiando en la sociedad "auténtica". Mientras tanto, la conciencia afligida por la implosión del modelo soviético reaccionó pasando de moderna a posmoderna, e hizo frente al desastre material con una inversión del objetivismo. En vez de axiomática y verificable, como la verdad del materialista dialéctico, su posverdad propuso que todo es interpretación, y ningún criterio supera en ecuanimidad y precisión a otro.

Este consuelo se difunde desde principios de los años 70, cuando la "catástrofe de la opulencia" (Marcuse) aplaza sine die las esperanzas de guerra civil, y el revolucionario responde con un brote persistente de terrorismo en Europa y Latinoamérica, alegando que el proletariado traicionó sus intereses al transigir con la democracia liberal, y él no dejará de luchar por "los condenados de la Tierra". Dichos condenados ya no se identifican con el segmento laboralmente activo, y la causa centrada en ellos sobrevivirá tanto al ocaso del brote terrorista como a la consolidación del bienestar, deparando una identidad estable para la izquierda de la izquierda. En lo sucesivo, el único factor humillante será que solo las democracias liberales garanticen la existencia de partidos políticos altermundistas.

Por lo demás, no me he permitido este repaso para apoyar un ideario u otro, sino porque quizá es el único modo de precisar lo planteado en primer término. A saber: hasta qué punto las instituciones pedagógicas públicas, y la inversión estatal en cultura, dejaron atrás la fusión entre ideología y propaganda impuesta durante las décadas más atroces, cuando "liberación" significó todo menos libertades civiles, el arte experimental floreció como nunca, y cupo ver fracaso en cualquier estado de cosas donde algún mesías laico no llamase a la guerra.

El arte clásico se concibe como una celebración de la naturaleza, concretada en la corporeidad humana y distribuida por una combinación de medios, curiosidad y gusto. El experimental se curte celebrando vanguardias vocacionalmente airadas, depende de progresos en el control y suele ser subvencionado, sin perjuicio de tener un público cuya constante podría ser alguna forma de nihilismo, que llama a ampliar la condición de víctima. Propongo salir de dudas con tres ejemplos como Beckett, Sartre y Coetzee, a la luz de los méritos reconocidos por la Academia Sueca.

Naturalmente, nada más cabe en esta entrega, que no supo contextualizar su asunto con menos palabras. Pero entre las infinitas ventajas de internet está que los periódicos digitales no desaparezcan de la noche a la mañana, y un artículo pueda desdoblarse sin dejar de estar a la vista.

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