El misterioso valor de la lectura

Amando de Miguel

Lo específico de nuestra cultura occidental (realmente judeo-clásica-cristiana) es el lugar tan destacado que ocupan la escritura y la lectura. Todavía en la misa católica (que ahora llaman "eucaristía") resulta insustituible que el oficiante siga la lectura del misal, por mucho que se sepa los textos de memoria. Un símbolo todavía más expresivo se halla en las muchas representaciones del misterio de la Anunciación. En todas ellas el ángel sorprende a María leyendo un libro. Para mayor ingenuidad, se trata a veces de un libro con letras góticas.

En muchas universidades europeas al profesor de una lengua extranjera se le denomina lector. Para todos los profesores sus clases son lecciones. Antaño literalmente se leían; hoy van con power point.

Pues bien, la gran tradición de la lectura se nos derrumba a ojos vistas. Durante un trayecto en tren es raro ver que algún viajero siga la lectura de un libro o un periódico de papel. Bien es verdad que algunos utilizan el ordenador portátil para tal menester, lo cual resulta plausible. Sin embargo, el papel impreso como tradición cultural de siglos va perdiendo función. Es lástima. Un gran símbolo de nuestra civilización es la significación de la escritura. Por mucho que se acepte el valor de la palabra dada, scripta manent (los escritos permanecen). En el mundo latino resulta fundamental la función del notario, con sus folios numerados.

Reconozco que soy un bicho raro, pero no me entra el sueño en las habitaciones de los hoteles donde no reposan algunos libros. ¿Tanto costaría una innovación como esa? Alguna cadena hotelera la ha iniciado tímidamente, como pidiendo perdón.

Ignoro si es una casualidad o existe algún parentesco lingüístico, pero me llama la atención la proximidad entre libro (liber) y libertad (libertas).Es igual, ambas realidades se dan la mano. Las libertades lo son porque antes se han escrito en alguna declaración solemne.

Se ha completado en España la escolarización universal (en la edad correspondiente), pero falta mucho para que el hábito de la lectura sea general. Quiero decir, de textos que superen los 140 caracteres. Una expresión magnífica de amistad es aconsejar la lectura de algún libro que se acaba uno de embaular.

Hoy nos maravillamos de lo corriente que resulta la capacidad de leer sin pronunciar en voz alta. Parece algo natural, y sin embargo hubo un hombre que descubrió ese método rapidísimo para comprender un texto. Ese hombre fue el africano Agustín de Hipona en el siglo IV, un gigante de nuestra cultura occidental. Bien es verdad que él, tan humilde, señala que el hábito de leer sin pronunciar lo aprendió de su maestro, Ambrosio de Milán. Hoy hemos dado un paso más y somos capaces de leer en diagonal, esto es, saltándonos letras y aun palabras.

Lo más triste que se puede decir de la mayor parte de los que mandan en España es que dan la impresión de que no han leído ningún libro. Un juicio así no se puede hacer de los ministros de Franco, los de la II República o los de la Restauración. Es más, muchos de los prohombres de esos regímenes anteriores habían escrito libros. Está visto que el progreso nunca es rectilíneo.

Ahora que tanto se habla de reformas educativas, asombra que no se insista en fomentar el hábito de la lectura entre los escolares. En la estación de metro de Ciudad Universitaria entran en tromba mesnadas de estudiantes. Observémoslos. Es raro verlos con un libro en la mano. Me consuela pensar que dentro de sus mochilillas van algunos tomos o quizá la pantalla para leer libros electrónicos. Pero me temo que sea solo un wishful thinking de este impenitente escribidor.

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