Fukuyama: Pasión por la democracia

Emilio Campmany

Cuando en 1992 Francis Fukuyama creyó vislumbrar el "fin de la Historia" fue porque estaba convencido de que la caída del muro de Berlín había demostrado que la democracia era el único orden político al que merecía la pena someterse y que sólo era cuestión de tiempo que toda la Humanidad disfrutara de ella. En un mundo de democracias, la guerra sería impensable y, en la medida en que la Historia es la historia de los conflictos armados, ésta acabaría. El maestro de Fukuyama, Samuel P. Huntington, contestó en 1996 que más bien, antes que el fin de la Historia, lo que nos esperaba era el "choque de civilizaciones".

Ambos acertaron en según qué sentido. Fukuyama adivinó que, vencido el comunismo, la democracia adquiriría tal prestigio que, como hoy dice, hasta las dictaduras más groseras necesitan disfrazarse de democracias para sobrevivir. Huntington supo entrever que ya no combatiría un país contra otro, una idea contra otra, sino una civilización, la musulmana, contra otra, la occidental. Y ambos se equivocaron en según qué sentido. Fukuyama hoy reconoce que el número de democracias genuinas está disminuyendo y, si viviera, quizá Huntington admitiera que en este choque de civilizaciones no hay tanto un choque como la voluntad de parte de quienes profesan una religión de imponerla políticamente al resto del mundo.

El caso es que Fukuyama, después de su provocativo ensayo, volvió a trabajar sobre el orden político y sus cambios, el campo que más interesó al profesor Huntington. Y publicó dos libros que hoy se ofrecen traducidos al lector español, Los orígenes del orden político (Deusto), que examina la cuestión desde el alba de los tiempos hasta la revolución francesa, y Orden y decadencia de la política, que continúa el análisis hasta llegar a nuestros días.

Fukuyama parte de una verdad que no cree necesario demostrar, esto es, que la democracia es el mejor régimen posible. Y a continuación se plantea cómo se llega a ella, qué elementos la definen y cómo se conserva. El politólogo descubre que una democracia digna de tal nombre necesita la presencia de tres elementos, lo que podríamos llamar la "tríada de Fukuyama", un Estado fuerte, el imperio de la ley y un gobierno responsable ante los ciudadanos, lo que implica que éstos puedan cambiarlo a través de las elecciones. La ausencia de cualquiera de los tres conlleva la ausencia de democracia o, en el mejor de los casos, la presencia de una democracia muy imperfecta. Descubre asimismo cómo habitualmente la democracia fracasa cuando trata de imponerse sin que previamente no haya un Estado fuerte y se haya impuesto el imperio de la ley. Luego, se pregunta cómo es posible que pueblos que siguieron caminos parecidos obtuvieran resultados tan diversos en sus ruta hacia la democracia. Fukuyama se da cuenta de que no está en condiciones de formular reglas generales, una pueril inclinación de algunos politólogos, y que lo que le está permitido es plantear preguntas más que ofrecer respuestas. Pero, es precisamente en la formulación de las preguntas donde el académico brilla especialmente. Además, su prosa directa y sencilla permite una lectura fluida y estimula la reflexión del lector.

Uno de los momentos más sombríos se encuentra en el segundo volumen, Orden y decadencia política (Deusto), cuando cree descubrir en su país, los Estados Unidos, una inquietante decadencia a pesar de estar presentes allí los tres elementos que definen a una verdadera democracia. Y concluye que lo que hay es un exceso de institucionalización que permite que campen las viejas inclinaciones de los hombres cuando eran sociedades pequeñas, reducidas a clanes familiares, en las que prevalecía el instinto de protección de los propios, lo que Fukuyama llama "tiranía de los primos" y que es una tendencia que en las sociedades modernas se denomina nepotismo y que conduce, en última instancia, a la corrupción. Cree Fukuyama que la sociedad democrática estadounidense está hoy en manos de grupos de presión, lobbies, grandes corporaciones y demás que controlan el Gobierno influyendo decisivamente en una opinión pública cada vez más apática y más expuesta a ser manejada. Le resulta especialmente preocupante que las instituciones que como el ejército escapan al control del público gocen de mayor prestigio que las que están más controladas por él, como ocurre con el Congreso, son las peor consideradas. Y percibe en todo ello un enorme peligro, aunque no acierte a dar con el modo de conjurarlo.

No estamos ante una fórmula magistral, ni un análisis linear, ni ante una interpretación definitiva de la Historia. Estamos frente a un conglomerado de reflexiones que parten de experiencias empíricas donde se trata de descubrir qué hace que un régimen político sea bueno para quienes lo disfrutan o, dicho de otra manera y utilizando las palabras de Fukuyama, qué hay que hacer para ser Dinamarca. Y se da cuenta que, aunque sea indispensable, no basta disponer de un Estado fuerte, que rija el imperio de la ley y que el Gobierno responda frente a los ciudadanos. Hace falta algo más, quizá suerte. A lo mejor, para ser Dinamarca, además de todo eso, incluida la suerte, hace falta ser daneses.

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