Carta de presentación

Andrés Trapiello ha soplado en las cenizas del Don Quijote y un Ave Fénix ha echado a volar en todo su esplendor.

Santiago Navajas

Albert Einstein en una ocasión se equivocó de puerta y entró en el vestuario de un equipo estudiantil. Allí vio colgada la ropa deportiva de unas perchas pero también, sobre las mismas, los nombres de jóvenes de generaciones previas. Luego comentó que había comprendido lo que esos nombres significaban: "El espíritu de los que se han ido se meten en los pantalones de los vivos".

Cuando se viaja a Francia, Inglaterra, Italia o Alemania es posible visitar las tumbas de los hombres y mujeres ilustres que han constituido la mejor versión de sus países. Una Nación no es un frío y abstracto ente metafísico sino, sobre todo, la memoria viva de los hechos y pensamientos, aventuras y teorías, de los individuos que han creado una red de vínculos emocionales e intelectuales entre generaciones. Hace poco estuve en París y mientras hordas turísticas se arremolinaban en los museos, esos contenedores de merchandising cultural, visité respetuosamente las tumbas de Descartes y d`Holbach, respectivamente en las iglesias de Saint Germain des Près y Saint Roch, mientras que en el cementerio de Père-Lachaise hice un recorrido saludando a Proust, Chabrol y Constant entre otros. Las tumbas están tranquilas, en el aire se respira sosiego. Pero bajo la tierra, los pensamientos se adivinan intranquilos. Los muertos famosos nos interpelan, nos animan, incluso nos maldicen por nuestra pereza y cobardía por no defender y ampliar su legado. Los grupos de turistas escuchan las banales explicaciones del guía ante el mausoleo de Oscar Wilde pero permanecen sordos a lo que nos advirtió el irlandés: "Sólo los dioses experimentan la muerte. Apolo ha muerto, pero Jacinto aún vive. Nerón y Narciso estarán siempre con nosotros."

Ernst Jünger pensaba que el culto a los muertos era el principal síntoma de que una cultura había echado raíces. Comentaba el guerrero-poeta alemán: "La cultura se basa en el tratamiento que se da a los muertos; la cultura se desvanece con la decadencia de las tumbas". En España, los cementerios sólo se visitan en un día señalado y luego permanecen olvidados hasta el año siguiente. Se está imponiendo, además, el vulgar y prosaico sentido materialista de la incineración, tras la que se desperdigan las cenizas en cualquier sitio. Mientras que un inglés puede presentar sus respetos a Darwin o Newton, un italiano a Maquiavelo o Dante, un francés a Baudelaire o Napoleón, ¿dónde están nuestros Goya, Velázquez, Buñuel y Lorca? Es tan difícil para un español honrar a sus mejores muertos que para visitar a Machado hay que desplazarse a Francia mientras que Chaves Nogales está enterrado cerca de Londres. Aquellos que no honran a sus antepasados, no deben esperar ser respetados por sus descendientes.

Por todo ello la iniciativa para encontrar los restos de Cervantes, más allá de los acostumbrados réditos propagandísticos, es positiva. Sus "cansados y ya podridos huesos", como hablaba Panza de los de Quijano, quizás no estén del todo ahí -o el cúbito de Cervantes esté trabado con un fémur de Lope- pero lo que importa es que podremos conjurar su espíritu conciliador e irónico, de "hombre que sufrió mucho y no guardó rencor a nadie" como supo ver Ortega y Gasset, del mismo modo que Einstein sintió el fantasma de los jugadores pasados insuflar fuerza y valor en los nuevos deportistas.

Robert Graves escribió: "Traer al muerto de nuevo a la vida/ no es un gran acto de magia./ Pocos están del todo muertos:/ sopla las cenizas de un hombre muerto/ y una llama se encenderá." Andrés Trapiello ha soplado en las cenizas del Don Quijote y un Ave Fénix ha echado a volar en todo su esplendor. Al tiempo que se descubría una lápida en la iglesia de San Ildefonso del convento de las Trinitarias señalando el lugar donde reposan los restos de nuestro soldado-poeta, el novelista leonés presentaba una versión del Quijote en español contemporáneo porque del mismo modo que hace falta actualizar cada cierto tiempo las traducciones de autores como Shakespeare o Aristóteles, cabe también la posibilidad extrapolar la lengua del siglo XVII a la del XXI. Las lenguas se diferencian en el espacio pero también en el tiempo. Se trata, y Trapiello lo consigue con maestría, de mantener con amor y conocimiento, el sentido y la sensibilidad del original.

La diferencia entre el patriota y el nacionalista es que el primero siente orgullo por su país, por la herencia positiva que ha recibido y trata de mejorarla. Pero también vergüenza por aquellos aspectos negativos que no trata de esconder sino de remediar en lo posible. El nacionalista, sin embargo, es incapaz de autocrítica, entre el dogma y la superstición. Cervantes y el Quijote representan el orgullo máximo del ser español, una conjunción prodigiosa de soldado y novelista, de armas y de letras, de crueldad, como señaló Nabokov, pero también de compasión, como advirtió Borges. Es posible ser un nacionalista español sin haber leído el Quijote, basta con agitar una bandera y tararear un himno. Pero un patriota, imposible. Muchos son los llamados a ser españoles, pero bien pocos son lectores.

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