¿Qué dicen de la Guerra Civil (y de la historia de España) las mochilas de sus combatientes?

Arzalia dibuja cómo fueron las "dos Españas" en Las cosas que llevaban en el macuto los hombres que lucharon en la Guerra Civil.

Luis H. Goldáraz

Dice el muy manido prólogo de A sangre y fuego que inmediatamente antes de la Guerra Civil, y durante ella misma, la crueldad y la estupidez se enseñoreaban de España. "¿Por dónde empezó el contagio?", se preguntaba Chaves Nogales justo después. "Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente". Para un "pequeñoburgués liberal" como él, "antifascista y antirrevolucionario por temperamento", la metamorfosis del conflicto en una batalla extrema entre dos posturas abiertamente contrarias a la democracia no podía suponer más que el fracaso de la inteligencia ilustrada que él trataba de reivindicar. El tiempo ha terminado resaltando su llamativa lucidez, teniendo en cuenta que escribió mientras el desenlace todavía no se había desenlazado. Así que no sorprende que sus obras se hayan convertido en lo que suele llamarse "un relato necesario" de un tiempo tan manoseado como ellas mismas, quizá porque todo lo necesario corre siempre un alto riesgo de ser manipulado.

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A los discursos que pretenden hoy pintar cada uno de los dos bandos fratricidas como salvadores de España y, al menos en un principio, también de su república, sólo se les puede responder con hechos. O, mejor dicho, con libros que demuestren unos hechos de los que ya nadie se acuerda. Uno puede seguir leyendo a Chaves Nogales, por ejemplo, cuando, todavía en 1937, escribió: "El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras". Y puede creerle a él o decidir creer a otros, más benévolos con la causa que le resulte más simpática. Lo que es difícil de disputar es la ideología que terminaron promoviendo los líderes de cada ejército. El proyecto de Estado que se coló en ambas propagandas, en los mítines radiofónicos de ambas cúpulas políticas, en los pasquines introducidos a la fuerza en los macutos que todos los soldados debieron llevar a cuestas durante aquellos años. Cargaban todos ellos con las palabras de otros, como suele suceder, igual que sus fusiles disparaban balas que eran la prolongación de un odio ajeno.

Introducirse ahí, en esos macutos, es un ejercicio interesante. Ayuda a comprender la retórica de entonces y permite darse cuenta de hasta qué punto el hombre necesita justificar siempre sus arranques bélicos con el esqueleto de cualquier idea, por pequeña y contradictoria que parezca, sin importar que la carne de cañón que ha de matar y morir para llevarla a cabo ni siquiera la comprenda, o que el que la promulga tampoco se la crea. La editorial Arzalia acaba de publicar una breve colección que nos permite hacer precisamente eso: meternos en las mochilas de los soldados, para saber lo que les obligaban a defender aquellos que no dormían en el frente. Soldado rojo/Soldado azul: Las cosas que llevaban en el macuto los hombres que lucharon en la Guerra Civil, es una recopilación de objetos, panfletos, documentos e himnos que acompañaron a los miembros de cada uno de los bandos y consolidaron su doctrina. Es decir, es una forma tan buena como cualquier otra de observar qué fue exactamente lo que dividió a España hasta el extremo de llevarla a la frontera del suicidio.

Si algo queda claro después de hojear ambos libritos es que había dos Españas, por lo menos, pero ninguna de ellas prometía ser una España libre. Por un lado, la España republicana, la que metía en los macutos de sus combatientes ejemplares de la Constitución de 1931, también los llenaba de propaganda comunista y de consignas a favor de la dictadura del proletariado. Por el otro, la España sublevada, la del bando nacional, completaba sus macutos con los puntos programáticos de Falange, por ejemplo, divulgando entre sus filas una idea de nación eterna y abiertamente autoritaria, de un imperio añorado que debería recuperarse a través de un aparato militar robusto y de un Estado omnipresente.

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Ninguna de las dos Españas era liberal, se ha dicho. Y por eso es que ninguna de las dos podía ser en realidad el hogar para los españoles del otro bando. Todo había empezado años atrás, precisamente. Y es posible que los mayores errores de los republicanos verdaderamente democráticos se intuya mejor en los excesos ideológicos que llevaban los soldados en sus mochilas. Si la república hubiera sido para todos, al fin y al cabo, no hubieran existido tantos católicos dispuestos a adherirse al discurso de un bando que prometía defenderles del anticlericalismo radical que auspiciaba el nuevo sistema de Gobierno. Si la república hubiese sido para todos, al fin y al cabo, no habrían combatido bajo su bandera aquellos que, cantando la Internacional, consideraban que su idea del paraíso bien justificaba el infierno en la tierra para quienes nunca habían sido como ellos.

"El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes –según la imagen clásica– va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado", escribió también en 1937, recordamos, Manuel Chaves Nogales. Él lo vio claro ya entonces, quizá porque lo pudo comprobar mientras pasaba y no tantas décadas después, cuando la propaganda y la memoria siguen con su particular empeño de confundirse, confundiéndonos.

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