¿Por qué se perdió la guerra que jamás debió perderse?

Enrique Sicilia publica La Guerra de Portugal, un estudio de los factores que determinaron el "conflicto olvidado más relevante de nuestra historia".

Luis H. Goldáraz

A Enrique Sicilia le gusta hacerse preguntas por el placer de las respuestas. No importa que esas respuestas poco puedan solucionar ya. A Enrique Sicilia le gusta hacerse preguntas como a quien le gusta comprobar que el coche está cerrado después de haberlo cerrado él mismo, por la mera necesidad de cerciorarse de que todo es realmente como debería ser. Y de entenderlo. Así que Enrique Sicilia se hace preguntas e indaga todo lo posible para responderlas, sin engañar ni engañarse. No es extraño que Enrique Sicilia sea historiador.

De todas las preguntas que se hace Enrique Sicilia, hay una que le ronda desde hace muchos años. Más o menos desde que era adolescente, dice él. Y es una pregunta peculiar, de esas que de tan razonables tienden a pasar desapercibidas. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo es que la Monarquía Hispánica perdió una guerra fronteriza que, por puro sentido común, jamás debió haber perdido? Ahora firma y publica el resultado de su trabajo, La Guerra de Portugal (Editorial Actas). Y además explica en su presentación las grandes conclusiones a las que le ha llevado su investigación.

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Proclamación de Joao IV como rey de Portugal.

"La primera gran incógnita es cómo un acontecimiento tan determinante, que condicionó de una manera tan notable los siglos posteriores en la península, no ha sido prácticamente estudiado por la historiografía española", comenta. Y lo más razonable es pensar que existe una doble vara de medir, desequilibrada a ambos lados de la frontera, que peca por deceso en España y por exceso en Portugal. "Hasta ahora", añade el Catedrático de Historia Moderna David García Hernán, "la guerra de Portugal se ha tratado poco aquí, ya que fue una derrota humillante para nosotros, y se ha mitificado y falseado allí, por ser una victoria importantísima para ellos". "Gracias a Dios", añade después, "las cosas están cambiando. La perspectiva desde ambos lados comienza a encontrar puntos de unión". Y dentro de ese diálogo, vaticina, "el libro de Sicilia va a ser muy citado en años venideros". "Es, sin duda, un libro de referencia".

Sus aportaciones son más novedosas por sus conclusiones que por el descubrimiento de nuevos datos que desvelen realidades ignoradas por la historiografía. Y, sin embargo, "Enrique acierta al señalar directamente al centro de la cuestión, sin desviarse ni extraviarse en distracciones adyacentes". De todos los puntos que conforman su corolario final, podría decirse que el fundamental, en el que prefiere hacer hincapié, es que la guerra de Portugal formó parte de un conflicto internacional mucho más amplio, y no sólo fue una revuelta doméstica entre una Monarquía y uno de sus reinos.

Claves de la derrota

Sicilia divide los grandes factores que determinaron la derrota española en puntos específicos. Y los explica.

En primer lugar, comenta, "el elemento marítimo fue fundamental y no ha sido lo suficientemente tratado". Para él, las batallas de Fuenterrabía, en 1638, Santoña, un año después, y Downs, el mismo año, "hicieron que la Corona Hispánica echase mucho de menos un gran componente naval durante las grandes fases del conflicto", iniciado en 1640. Su importancia adquiere una mayor relevancia si se estudian los distintos corredores terrestres de invasión, ideados para tomar Lisboa, y que chocaron constantemente contra las fortificaciones casi inexpugnables portuguesas. "De los siete corredores", comenta Sicilia, "fueron utilizados tres. Además, el gallego fue un sumidero de hombres y recursos que habrían venido mejor en el extremeño, que era el principal". "Teniendo en cuenta que la distancia entre Badajoz y Lisboa es de más de 200 kilómetros, y que en el trayecto las tropas españolas debían enfrentarse a un triple escudo de fortificaciones; y añadiendo, además, que sólo fueron movilizados entre 15.000 y 20.000 hombres de un ejército estacional que sólo combatía durante cinco meses al año, podemos concluir que la empresa de conquistar Lisboa sin ayuda marítima era una quimera". Por último, enumera el total de hombres desplegado a lo largo de la guerra. Y concluye: "37.800 hombres para tomar un país son pocos hombres. Sobre todo si en ese país la población ya ha interiorizado la legitimidad de la Casa de Braganza".

En segundo lugar, tampoco quiere olvidar "ese regalo envenenado de la Casa de Borgoña", que fue Flandes. "Durante los primeros veinte años de los 28 años que duró la guerra de Portugal, lo mejor de la Monarquía Hispánica estaba combatiendo en el norte de Europa", recuerda Sicilia. "La Paz de Westfalia tuvo lugar en 1648 y la de los Pirineos en 1659", añade García Hernán, subrayando el estado de guerra internacional que asfixiaba entonces a la corona española. "La guerra de Portugal fue convenientemente azuzada y aprovechada por los enemigos externos. Fue una pieza importante en el tablero europeo del momento. Así que, sin entender el contexto general del continente en aquellos momentos, es imposible comprender cómo se perdió definitivamente".

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Batalla de Rocroi, pintada por Augusto Ferrer-Dalmau

Un ejemplo mejor de todo esto, quizá, es el teatro catalán, que también se sublevó por aquellas fechas. "En realidad, fue la diversión perfecta de las tropas francesas", expone Sicilia. "Primero Luis XIII y después Luis XIV lo aprovecharon para mantener ocupadas a las tropas españolas en el sur, con el fin de debilitar al enemigo que combatía también en el norte". En ese escenario, Sicilia cree que un episodio clave fue el de Montjuic, ya que, de haber ganado, la bandera española no habría tardado en tomar Barcelona, y el conflicto habría terminado mucho antes.

La sublevación catalana repercutió directamente en el desarrollo de la guerra portuguesa. Y es que, como admite Sicilia, "es evidente que la mayor parte de los esfuerzos fueron destinados a la Cataluña que hacía frontera con Francia, que era el verdadero enemigo a batir". Ante esa falta de recursos y hombres, la de Portugal fue una guerra que se alargó más de la cuenta, y que, por las circunstancias internacionales —como el posicionamiento repentino de Inglaterra, el otro gran enemigo de España a partir de entonces—, nunca pudo ser prioritaria para los intereses de la corona.

Más allá de todo eso, Sicilia considera que las estrategias en Portugal también estuvieron mal enfocadas desde el principio. "España dividió en exceso sus fuerzas, cuando quizá un ataque concentrado y directo habría sido más eficaz. Sin desmerecer el mérito de los portugueses, por supuesto". "Otra de las claves fue que la mejor mente militar de aquella guerra, la del mariscal Schomberg, estaba al servicio de Luis XIV y combatió del lado de los portugueses". Sicilia coloca el punto de no retorno en 1663, con la batalla de Ameixal. "Fue una derrota estrepitosa, que decantó definitivamente la balanza de una guerra que, hasta ese momento, iba ganando España". La clave última la coloca en las propias tropas portuguesas, que conformaban el 80% del grueso de su ejército, y en las que terminó siendo determinante su caballería.

Histeria e Historia

García Hernán no escatima elogios al hablar de esta obra recién publicada, "que aporta mucha luz sobre un conflicto prácticamente ignorado hasta ahora". La considera "un ejemplo de cómo se debe hacer historia, acudiendo a todas las fuentes, sin condicionamientos previos ni juicios del presente enturbiando el enfoque académico". Él está muy desencantado con "las intromisiones inaceptables que está sufriendo la disciplina histórica", por lo que agradece que Sicilia le haya "quitado histeria a la historia". "Enrique demuestra que todavía se puede contar el pasado de una manera imparcial y fiel a lo acontecido", comenta, "sin permitir que la subjetividad inevitable sirva de pretexto para lanzarle la historia a la cara al rival ideológico".

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En 1640 se inició también la revuelta en Cataluña

Ejemplos de ello los encuentra en la revisión cultural que hace el autor, tratando de explicarle al lector que las reivindicaciones del pueblo portugués, azuzadas y dirigidas por sus élites, hallaron respuesta de la corona española por motivos bastante ajenos a lo que hoy podríamos entender por patriotismo. "En aquellos tiempos, sublevarse contra el rey era el mayor delito que se podía cometer", comenta. "Por eso la respuesta en Portugal y Cataluña fue tan contundente. Estas guerras eran movidas por cuestiones dinásticas, que era lo que realmente configuraba la política internacional de aquella época. Los reyes se consideraban legitimados a defender su herencia, y querían siempre dejarles a sus hijos, por lo menos, lo mismo que habían recibido ellos de sus padres".

Además, reivindica la importancia de una guerra, la portuguesa, que "condicionó la evolución histórica de dos países durante muchos siglos, hasta prácticamente la actualidad". "Dejó secuelas económicas, pero también en la mentalidad de ambas nacionalidades, porque el nacionalismo hizo su mella a ambos lados de la frontera. Y sólo desde hace unos pocos años podemos decir felizmente que se está atemperando". García Hernán se felicita por las cada vez más fructíferas relaciones que percibe entre portugueses y españoles, hermanados, "posiblemente, desde que en el año 85 entramos de la mano en la Unión Europea". Pero también echa la vista atrás y se permite una última reflexión. "El estudio de la historia es imprescindible. Estudiando detenidamente todo lo que sucedió en las décadas de la guerra de Portugal, uno se sorprende de cómo España fue atacada por todos lados durante tanto tiempo. Parece un verdadero milagro que siguiese siendo un país unido. Pero lo fue. Por eso, ante las alarmas catastrofistas de hoy, los que conocemos la historia solemos decir que si España aguantó en 1640, puede aguantarlo todo. A veces da la sensación de ser curiosamente indestructible".

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