¿Con qué Queipo de Llano nos quedamos: el del 31 o el del 36?

Pedro Fernández Barbadillo

Decía San Agustín que no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro. Para la memoria que promueve la izquierda, las personas quedan paralizadas en un instante, el que más irrita a los nuevos ‘savonarolas’, para que puedan ser sometidas al escarnio legal.

Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951) fue el ‘virrey de Andalucía’; el militar que conquistó Sevilla con más audacia que soldados; que presumía de hablar sin pelos en la lengua al lucero del alba y a alguien un poco por debajo de éste, su compañero de armas Francisco Franco; y, por último, un marqués republicano.

En 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera instauró una dictadura con el apoyo real y el popular. Queipo de Llano no ocultó su oposición al dictador, primero porque pretendía abandonar el protectorado español (punto en el que coincidía con Franco) y, luego, porque le destituyó y arrestó en septiembre de 1924.

A partir de entonces, Queipo, general desde 1922, se convirtió en enemigo infatigable del régimen. Al año siguiente se incorporó al comité revolucionario militar; y en 1926 constituyó junto con el general Eduardo López Ochoa la Asociación Militar Republicana. Cada sanción, reforzaba su obsesión por la conjura, que no se detuvo ni con la renuncia del dictador. Su siguiente objetivo: el rey Alfonso XIII.

En unión a otros burguesotes, como el ex ministro de la Monarquía Niceto Alcalá-Zamora y el abogado Miguel Maura, hijo del presidente del Gobierno Antonio Maura, más algunos alocados como el comandante Ramón Franco y el capitán Fermín Galán, republicanos apolillados, como Santiago Casares Quiroga, Marcelino Domingo y Manuel Azaña, y los siempre calculadores y tacticistas socialistas, se integró en el comité revolucionario, que organizó un golpe de Estado para diciembre de 1930.

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Militares sentados en el banquillo por el golpe de Jaca

Un golpe avanzado, progresista, libertador, es decir, ‘bueno’, según la interpretación de la izquierda académica que controla la universidad, porque se daba contra la derecha opresora, ignorante, oscurantista y latifundista.

El general y sus seguidores se apoderaron del aeródromo militar de Cuatro Vientos y él leyó por radio una proclama en la que aseguraba que la república se había proclamado en toda España. Ante el fracaso, huyó, junto con Ramón Franco, a Portugal.

Cuando llegó la República, la de verdad, Manuel Azaña, ministro de la Guerra, la reincorporó al Ejército, le ascendió a general de división y le creó el cargo de inspector general del Ejército. En diciembre, Alcalá Zamora, nada más ser elegido presidente, le nombró jefe de su cuarto militar. Después, en 1934, su hija Ernestina casó con el primogénito del presidente.

De republicano del ‘establishment’ a conspirador

¿Fue éste el Gonzalo Queipo de Llano demócrata, modélico y ejemplar? No se puede negar que se arriesgó y sacrificó por la República más que muchos de los diputados de las Cortes Constituyentes o de los embajadores y gobernadores civiles nombrados por el Gobierno Provisional en el sorteo la tómbola de sinecuras.

Si Queipo hubiera muerto entonces de un infarto, de un accidente de tráfico o incluso asesinado por un falangista (¡menudo pasaporte para la posteridad!), su golpismo y su pertenencia a los militares africanistas serían celebrados por la izquierda, como lo son los capitanes Galán y García Hernández, no sólo golpistas en Jaca, sino, también, asesinos.

Pero Queipo de Llano cometió el error de evolucionar, en vez de ser como Francisco Largo Caballero, que se jactaba de no haber dado jamás la mano a quien no era obrero.

Sectarismo, nepotismo, corrupción, violencia política… Queipo de Llano se desencantó, como tantos que habían contribuido a traer la República, desde el general José Sanjurjo a los socialistas.

Así regresó a sus conjuras, estas mucho más peligrosas porque no tenían enfrente a un ‘blando’ como Primo de Rivera, sino al PSOE, el partido que en 1934 ejecutó la mayor insurrección armada en Europa desde el final de Gran Guerra.

Y el PSOE, como comprobamos, no olvida jamás y no para hasta aventar las cenizas de sus enemigos, siempre jugando a la guerra.

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