Fernando Ballano: "Lo que narra 'La vaquilla', de Berlanga, es más real de lo que parece"

El profesor y escritor publica Tierra de nadie, un repaso a los numerosos casos de confraternización entre enemigos en la Guerra Civil española.

Luis H. Goldáraz

Fernando Ballano, además de licenciado en psicología, es experto en la Guerra Civil. Durante tiempo se ha dedicado a recopilar los testimonios, las cartas y los diarios de aquella gente que de tan poco relevante no ha servido para escribir la Historia: los soldados. Se ha sumergido en cada uno de los relatos que aquellos jóvenes dejaron para la posteridad en el preciso momento en el que se estaba desarrollando el conflicto, y se ha cerciorado de una cosa: "El mito del pueblo movilizado por dos ideologías contrapuestas y excluyentes es mentira". Para Ballano, la realidad que se descubre si se escucha a esa gran mayoría que hizo la guerra porque no le quedaba otra es bien distinta. El único problema es el trabajo de contraste. "La memoria es muy peligrosa", repite varias veces. Por eso, en vez de fiarse de lo que leía, como si fuese un crisol de verdades irrebatibles, también se esforzaba por contrastarlo. De su trabajo ha nacido Tierra de nadie. Otra manera de contar la Guerra Civil (Arzalia), un libro peculiar, que se adentra en la vida que se llevó en el frente y que se centra, exclusivamente, en los casos de confraternización entre enemigos. La intención de Ballano es mostrar todo aquello que no se suele contar y que, por inercia, se ha ido quedando fuera de la Historia. Para que nos lo explique mejor, hablamos con él:

Pregunta: ¿Qué define mejor la Guerra Civil, la batalla ideológica o la tierra de nadie?

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Fernando Ballano

Respuesta: Hombre, que la Guerra Civil tuvo un componente ideológico es innegable. Era una época en la que predominaban los totalitarismos. Ellos son los que la desencadenan. Pero, como digo en el libro, los voluntarios de ambos bandos fueron muy pocos. La mayoría de los soldados eran parte de la tercera España, movilizada a la fuerza. Claro, si te movilizan y no vas, acabas en el paredón. Por eso, la mayoría fue. Digamos que fue una guerra ideológica, sin duda, pero también una tierra de nadie, en el sentido de que muchas de las actividades diarias de la guerra se desarrollaron ahí. Frentes activos hubo pocos y por situaciones concretas. En cualquier caso, había que estar en el frente para que el otro no avanzara. Lo que pasa es que los que estaban allí haciendo guardia acabaron confraternizando con el enemigo.

P: ¿Era más peligrosa la retaguardia que el frente?

R: Mira, Antoine de Saint-Exupéry lo sintetizó en una frase muy certera cuando dijo que la española fue una guerra en la que se fusilaba más que se combatía. Por desgracia, en la retaguardia de ambos bandos tuvieron lugar muchísimos asesinatos. En cambio, en el frente había que estar, pero muchas veces no se combatía. Orwell vino de voluntario, sin saber dónde se metía, y en su Homenaje a Cataluña escribió que en tres semanas había disparado tres balas. Claro, tampoco es que sobrase la munición. Así que sí, se puede decir que hubo muchas más desgracias en la retaguardia que en el frente. Es así.

P: ¿Qué diferenciaba la actitud de un soldado raso de la de un oficial?

R: Bueno, lógicamente, el oficial tenía una responsabilidad mayor. Si no cumplía, se llevaba el chorreo. En el libro, por ejemplo, rescato el caso de un alférez al que tuvieron que avisar rápidamente de que llegaba el jefe cuando estaba en mitad de una confraternización que había organizado él mismo. Tuvo que deshacerla enseguida porque no quería jaleos, claro. Había bastante diferencia, pero no era exactamente igual en los dos bandos. En el republicano los ascensos se conseguían más por pertenecer a un partido determinado que por conocimientos militares, así que ahí eran más intransigentes. En el nacional la cosa dependía de la personalidad de cada uno. De hecho, hubo bastantes oficiales sancionados por permitir confraternizaciones.

P: El libro se apoya en testimonios directos de soldados de ambos bandos, pero advierte al mismo tiempo de los peligros de la memoria. ¿Cuáles son? ¿Cómo debe ser tratada la memoria en un libro de Historia?

R: Esa es una pregunta muy interesante. Yo soy licenciado en Psicología y he estudiado la memoria en profundidad. Y, con ironía, puedo decir que en la carrera jamás me enseñaron nada de memoria histórica ni democrática. Con esto quiero decir que se ha utilizado la memoria histórica no sé con qué fines. Para mí lo importante es la Historia seria, basada en documentos y en hechos. Eso de la memoria me parece un invento muy peligroso, porque la memoria distorsiona muchísimo la realidad. Todos distorsionamos nuestros recuerdos en función de nuestros intereses personales. No creo que a nadie se le escape esto. Es algo que todos hemos experimentado de una u otra forma.

P: En el libro usted recoge citas reales pero las contrasta con los datos oficiales, para ofrecer una mejor visión de lo verdaderamente acontecido. ¿Se suele hacer eso cuando se habla de memoria?

R: No mucho. En muchos casos, si algún testimonio favorece algún interés determinado, no se contrasta y se utiliza como prueba de cargo contra el bando contrario. Lo que pasa es que se ha demostrado muchas veces que las situaciones relatadas en diversas memorias son imposibles. Yo rescato una de Miguel Gila, por ejemplo, cuando cuenta que el 11 de marzo le dieron permiso porque el 12 era su cumpleaños y que al volver se perdió y se metió en el bando contrario. Bueno, cualquiera sabe que si el 8 de marzo ha comenzado una ofensiva, el 11 no te van a dar permiso por tu cumpleaños para que te vayas a Madrid. Pero como esa hay tantas otras. Hay cosas que son imposibles, simplemente. Cosas como que un general pasó revista de armas después de fusilar a uno. Pues un general jamás ha pasado una revista de armas. Y eso cualquier militar lo sabe. A veces contamos cosas para quedar bien, o rellenamos lo que no recordamos con invenciones. Y ya está. Por eso digo que la memoria es peligrosísima. Es muy inexacta. Basar un programa sobre una época tan difícil en la memoria es una temeridad. Lo que se debe basar es en los hechos. Lo que importa es lo contrastable.

P: ¿Hablar de memoria democrática es interesado? ¿Se condena de la misma forma a los antidemócratas del bando republicano, o se vende la idea de que un bando era íntegramente demócrata, y por lo tanto bueno, y el otro fascista, y por lo tanto malo?

R: A ver, en política nada de lo que se hace es gratuito. Y si se le pone ese apellido a la memoria es por algo. La realidad, sin embargo, es otra. En aquella época, como ya he dicho, dominaban los totalitarismos de ambos signos. Demócratas no había tantos. No se puede negar que hubo un golpe en julio del 36, como tampoco se puede negar que el 19 de julio le hicieron un golpe a Martínez Barrio los socialistas y comunistas de Largo Caballero. Y en el 34 hubo otro intento de golpe que no triunfó, y en el 32 el de Sanjurjo. En el 31 se cambió hasta la bandera nacional en base a unas elecciones municipales, cosa que sólo ha sucedido en la URSS, en China y en la Alemania de Hitler. Y en el 30 hubo otro golpe en Jaca. Por desgracia, España en esos momentos estaba sumida en el caos. Que un grupo quiera ahora reivindicar como demócratas a tantos que no lo fueron es un poco de risa. Estamos hablando de una época desgraciada en este país, que hay que superar.

P: Volvamos a los casos de confraternización. Algunas de las cosas que narra el libro parecen sacadas de La vaquilla, la película de Berlanga.

R: Pero es más bien al revés. Muchas de las cosas que aparecen en La vaquilla están sacadas de la realidad. El intercambio de tabaco yo lo cito a menudo porque ocurría en todos los frentes, sin excepción. En cuanto tenían un poco de confianza, se cambiaban lo que les sobraba por lo que necesitaban. En La vaquilla hay una escena en la que un soldado catalán quiere cambiarse con otro del otro bando para estar cada uno con su familia. Pues eso ocurría. En el libro hay un capítulo dedicado a los canjes. Lo que pasa es que los canjes se hacían con personas importantes, o con pilotos. Pero lo que propone el soldado catalán tenía toda la lógica del mundo. El sargento le da una bofetada, porque la película es humorística, pero en la realidad eso se llevó a cabo. También hubo una pelea por una vaca en Guadalajara, de hecho. Muchas veces la realidad supera a la ficción.

P: ¿Eran comunes los cambios de bando?

R: Más o menos. El que estaba a disgusto o tenía a su familia en el otro lado intentaba cambiarse. Y no había mejor forma de hacerlo que presentarse voluntario para las guardias o ser el que más avanzaba en determinadas zonas. Sobre todo esto se hacía por la noche. Otros casos son los de los prisioneros, que iban cambiando de bando cada vez que caían apresados. La mayoría lo que trataba era pasar desapercibido, que no se supiese quienes eran. Si habían desertado ya, estaban en busca y captura. Y en el código de justicia militar la deserción se pena con la ejecución inmediata. Hubo cambios de identidad y demás triquiñuelas, por supuesto.

P: ¿Hasta qué punto la confraternización era la norma y hasta qué punto era simplemente una excepción más o menos habitual?

R: Era bastante común. Menos cuando había operaciones activas, claro. En la guerra, si un frente está activo, hay que disparar. O disparas o te disparan. Eso sí, nadie sacaba todo el torso fuera y apuntaba concienzudamente, como en las fotos. La gente disparaba sin apuntar. Después, en los frentes inactivos, la confraternización era habitual. Había trincheras situadas a cincuenta metros del enemigo. Se hablaban unos a otros, se contaban lo que comían, los otros no se lo creían y se invitaban para probar qué comida estaba mejor, por ejemplo. O quedaban para hablar y terminaban echando una partida de cartas. También partidos de fútbol. De todo. Se retaban de esa forma. Mejor es retarse a un partido de fútbol que a disparar, digo yo. Son casos documentados desde diversas perspectivas y apoyados en infinidad de fuentes. Tienes que pensar que podían pasar semanas y semanas unos frente a otros, hablando todos los días. Incluso cantaban. Si uno tenía guitarra y el otro era buen cantante, pues uno tocaba y el otro, desde la otra trinchera, le ponía la voz. Es que nos han vendido una cosa muy parcial. En historia lo más interesante es lo que no te cuentan. Eso es lo que he pretendido hacer yo: rescatar testimonios de gente poco importante, que no habían trascendido, pero que enriquecen lo que sabíamos de aquella realidad. Yo creo que es bueno que se sepa todo esto para desmitificar un poco algunas de las ideas que nos han vendido tradicionalmente.

P: Escribe que, en lugar de intercambio de proyectiles, lo que más hubo fue intercambio de insultos.

R: Sí, además me apoyo en citas directas, sacadas de memorias y cartas de soldados reales. Muchas veces se tergiversan las fuentes y se dice que no sé quién dijo cosas que no son exactamente lo que dijo realmente. Yo, por eso, he preferido ponerlas crudas, sin corregir ni las faltas gramaticales, para que el lector pueda ver de primera mano lo que escribían. Y claro que se insultaban. Gila, de hecho, tomó de ahí las bromas de los soldados que, a falta de balas, recurrían a los insultos. Hubo situaciones en las que toda una columna no podía avanzar durante semanas porque no tenía munición. Todo el ejército del norte tenía 26.000 balas. Teniendo en cuenta que cada soldado llevaba 150, aquello daba para 170 soldados, más o menos. Con eso no puedes hacer una guerra, evidentemente. Simplemente mantienes el tipo, estás ahí, pero poco más.

P: También rescata impresiones de diversos observadores internacionales que catalogaron la Guerra Civil española como la guerra más atípica en la historia bélica, tanto por la cantidad de casos de confraternización como por el respeto que todos le tenían a la hora de la siesta, que paralizaba los frentes al mediodía. ¿Comparte esa opinión?

R: (Risas) Sí. Totalmente. Aquello fue una tragicomedia. Fue muy trágica, eso es innegable, pero en muchos casos también pareció una comedia. La gente estaba ahí porque tenía que estar, pero no tenía ninguna gana de pelear contra el enemigo. Salvo la gente muy ideologizada, la mayoría estaba ahí porque sino te mataban. Uno de los subcapítulos es El jefe como enemigo. El jefe fue enemigo en los dos bandos. Lógicamente, el jefe estaba para castigar. Se solía quedar atrás, con la pistola, para ver quién no avanzaba. Así que el resto tenía que hacer el paripé. Fue una guerra muy extraña. Lo de la siesta también es cierto. A ambos les interesaba, así que dejaban a un vigilante en el parapeto y listo. Al final, si hace calor, uno no está para guerras, ¿no?

P: ¿Y enfocarse únicamente en la comedia de todo aquello no le resta peso a la tragedia que también sucedió? ¿Hasta qué punto este enfoque tergiversa la realidad de la guerra?

R: No creo que tergiverse la realidad. Yo he querido contar lo que no se ha contado, porque no se ha contado todo. Primero un bando y luego otro han querido ir imponiendo una visión de lo que ocurrió determinada. Eso del pueblo en armas no se sostiene. Y no porque lo diga yo, sino porque los datos hablan por sí solos. Prácticamente todo el mundo está de acuerdo en que en el bando republicano, por ejemplo, los voluntarios no fueron más que 150.000. Y llegó a tener un millón ochocientos mil efectivos. La cosa es clara.

P: En el libro también destaca que muchos de esos voluntarios ni siquiera se alistaban por convicciones ideológicas, ¿no?

R: Por supuesto. En primer lugar, los que querían pasarse necesitaban estar lo más cerca posible del frente para hacerlo. Y la paga también influyó mucho. Imagínate que eres un obrero que cobra tres pesetas al día, pero que de repente por alistarte te ofrecen diez más la comida. Pues no te lo piensas. En muchos casos mandaban a los hijos pequeños también. En el bando nacional, además, influía otro factor. La filosofía militar podía llegar a ser vista como más transigente, curiosamente. La postura de la legión era un yo me olvido de tu pasado, nada importa tu vida anterior, siempre que cumplas con tu deber y desarrolles adecuadamente tu cometido en el ejército. Eso hacía que muchos se sintiesen tentados a alistarse, para evitar ser depurados en la retaguardia. Muchos preferían estar bajo el mando de un militar profesional, que sería duro pero al menos era ordenancista, que en la retaguardia, donde había más gente ideologizada y se paseaba a los sospechosos de simpatizar con el enemigo.

P: En el libro destaca tres nombres concretos que, en la retaguardia, utilizaron su influencia para salvar a esas personas que corrían el riesgo de ser asesinadas. Me interesa mucho la figura de Julián Besteiro.

R: Claro. Es que aparte de ser una persona muy inteligente, muy sensata y éticamente irreprochable, supo decir aquí estoy yo, con mis principios, y aguantar hasta el final. Jamás abandonó Madrid, como hicieron tantos otros gerifaltes del partido. Consideró que su obligación era permanecer en la ciudad. Hay una anécdota de cuando le tomaron prisionero que creo que le dibuja perfectamente. Al parecer, mucha de la gente que permaneció en la capital después de la entrada de las tropas de Franco no tenía demasiados problemas en saludar con el brazo en alto, y todas esas cosas, pero él, cuando se lo mandaron, respondió con toda educación que nunca lo había hecho y que ahora estaba demasiado viejo para aprender a hacerlo. Hasta el final, tanto con unos como con otros, mantuvo sus principios intactos. Lo fundamental para él siempre fue tratar de ayudar a todo el que lo estuviese pasando mal, independientemente de sus posturas ideológicas. Otra de sus frases memorables, durante la guerra, antes de la caída de Madrid, fue que lo que le impedía dormir por las noches era el sonido de los disparos de los paseos y no el de los bombardeos del enemigo. Yo he querido destacar su figura porque considero que es un gran ejemplo que debería ser rescatado. En aquellos años ya no pintaba nada en el PSOE, por defender posturas moderadas. Él era un verdadero demócrata, y así le fue. Una vez hecho preso por los sublevados, le pusieron en una situación más o menos cómoda. Pero por una pequeña herida se le produjo una septicemia y falleció al poco tiempo. Es una de esas grandes figuras que no son tan conocidas por el gran público, pero que deberían destacar más que algunos que sí que lo son.

P: Junto con Besteiro descata la figura de Melchor Rodríguez, "el ángel rojo", y de Cipriano Mera. Todos son del bando republicano. ¿Existe algún ejemplo parecido en el bando nacional?

R: Por supuesto que los hubo. En ambos bandos hubo gente que mantuvo sus principios y que intentó ayudar todo lo posible. Estos tres los he puesto porque son figuras muy reconocidas.

P: ¿Hemos dejado de escuchar los testimonios directos de aquellos que vivieron la guerra?

R: Sólo los de algunos, no los de todos. Hubo mucha gente que vivió la guerra y que ya decía por aquel entonces que nada de eso tenía sentido y que había que terminarlo. Pero esas cosas no han trascendido tanto. No se sabe por qué, ahora interesa revivir ciertas cuestiones, pero no otras. Es curioso porque en 1956 la postura del comité del Partido Comunista de España era la de contribuir sin reservas a la reconciliación de los españoles. Quizás ahora a alguien le interesa revivir aquello de una forma muy concreta y parcial. Es que hasta Antonio Cordón, que llegó a ser general republicano y después también en la URSS, y que era un ferviente comunista, dijo que la Guerra Civil había sido una equivocación y que no debíamos hacer equivocarse nuevamente a las generaciones posteriores. Pero bueno, algunos prefieren seguir removiéndolo.

P: ¿Por qué nos mueve tanto la historia?

R: Pues porque un buen marketing puede vender cualquier producto. El problema no es tanto eso como que lo que se venda sea algo parcial y partidista. Decir que hubo un golpe y que el golpe provocó la guerra es simplificar mucho un acontecimiento complicadísimo. Si la cosa va de golpes, el siglo XIX español se lleva la palma. Hablar del pasado siempre es bueno, cuando se hace de forma imparcial y desde los hechos. Cuando se hace desde la memoria, siempre parcial, la cosa no es tan recomendable. Por eso mi intención ha sido desmitificar muchas de las cosas que nos han vendido. Contar cómo era la vida de tanta gente durante aquellos años.

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