Ignacio Zuloaga, pintor de Franco

Jesús Laínz

El guipuzcoano Ignacio Zuloaga, último gran maestro de la pintura clásica española, vino al mundo en Éibar en el seno de una familia de artistas. Tras una larga etapa en París, donde tuvo estrecho contacto con creadores de la talla de Toulose-Lautrec, Degas, Gauguin y el español Rusiñol, cayó cautivado por Andalucía. De ahí nació su pasión por los toros, el flamenco y los gitanos, temas que reflejaría a menudo en sus cuadros. Su paisano Pío Baroja, que no debió de llevarse bien con él, probablemente le tuviera en mente cuando escribió esta reflexión sobre la gitanería pictórica:

"Yo no tengo ninguna simpatía por los gitanos; me parece una gente cínica y sin gracia. No tienen más que un repertorio vulgar, de chistes de almanaque, pero los meridionales, sobre todo los andaluces, creen que son la flor y nata del país. El robar, el engañar, el comer animales muertos y abandonados en el campo, todo eso les parece genial. Los pintores españoles, que, en general, son de ideas mediocres, quieren creer que es más español un gitano que un vasco, un catalán o un asturiano. Es el lugar común de los tontos".

Y de Andalucía a Segovia, pues la otra gran pasión estética de Zuloaga fueron los adustos paisajes castellanos y sus recios habitantes.

Cosechó gran éxito de crítica y comercial tanto en Europa como en los Estados Unidos, pero al precio de recibir amargas críticas en su patria. Porque la imagen de España emanada de la obra de Zuloaga echó sal en las heridas de un país ansioso por subirse plenamente al carro de la modernidad tras el Desastre del 98. Zuloaga aparecía como la antítesis del luminoso Sorolla: los aldeanos tristes, sucios y envueltos en ropajes antiguos, los paisajes ásperos, las ciudades vetustas… con todo ello parecía que Zuloaga, acusado de antipatriota, se regodeaba en esa España negra y atrasada que lamentaban los escritores noventayochistas y que los españoles pretendían olvidar.

Aquellos escritores atormentados por la esencia y el porvenir de España, así como los más jóvenes Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, fueron amigos del guipuzcoano y gozaron del privilegio de ser retratados por él. Como asiduo veraneante en Zumaya, Ortega frecuentó la casa y el taller de Zuloaga, a uno de cuyos cuadros, el célebre El enano Gregorio el Botero, dedicó unas enjundiosas reflexiones:

"¡Divino enano mortal, bárbaro animáculo que aún no llegas a ser un ser humano y lo eres bastante para que echemos de menos lo que te falta! Tú representas la pervivencia de un pueblo más allá de la cultura; tú representas la voluntad de incultura".

Al apolítico Zuloaga el estallido de la guerra le sorprendió en París, donde se enteró del saqueo de su taller madrileño. Temiendo que sucediese algo similar en su casa de Zumaya, logró del gobierno que enviase un grupo de milicianos para su protección, si bien ya habían desaparecido algunos cuadros suyos y del Greco. No satisfecho con la medida gubernamental, se trasladó allí junto con su familia, y allí estaba cuando entraron las columnas de Mola en mayo de 1937.

El nuevo alcalde improvisado, Cosme Iraundegui, no debía de tener demasiada simpatía por el ilustre pintor, de modo que envió un malintencionado informe denunciándole por haber pedido ayuda al gobierno de Madrid para la protección de su vivienda, por no haber hecho ninguna demostración de júblilo ni colgar banderas a la entrada de las tropas nacionales y por no haber colaborado económicamente con ellas. Acusábale también de "haber convivido siempre con los llamados intelectuales", recibiendo en verano a personajes como Marañón o Pérez de Ayala. Mal informado estaba el alcalde, pues aquellos dos intelectuales, efectivamente participantes en la construcción del régimen republicano cinco años atrás, se estaban distinguiendo en aquellos momentos por su activo apoyo al bando rebelde. Ni Zuloaga ni el gobierno de Burgos prestaron atención a aquella carta del acalde zumayano.

Cinco meses más tarde, en octubre, Zuloaga publicó en Occident, periódico en lengua francesa editado por Cambó, Estelrich y demás catalanes de Franco, el siguiente artículo titulado Una advertencia al mundo:

"Una política constructiva: la de la nueva España, la de Franco. Una política destructiva: la política roja, la del bolchevismo. Basta con abrir los ojos a la realidad de España para comprender la verdad. Y donde la verdad se evidencia probablemente del modo más inmediato y sin equívoco posible es en el aspecto horrible del daño irreparable provocado por la guerra roja a nuestros tesoros artísticos. Este arte incomparable de España, este viejo tesoro heredado de antiguas épocas, este tesoro adquirido pieza a pieza por la fe y el patriotismo de los verdaderos españoles. Porque cuando las tropas de Bonaparte nos despojaron de gran parte de este magnífico tesoro, se la llevaron lejos de su lugar de origen pero a un sitio donde todavía podemos admirarla. Y Moscú saquea los templos, los museos y los palacios de Rusia, pero lo que ha robado, no lo devuelve. Aquí, Moscú y sus esclavos españoles se entregan a la locura de su fanatismo para eliminarnos, porque lo que más puede dañar a España es que todo eso se vaya para nunca regresar. Ésta es la razón de la destrucción sistemática del tesoro, de esta profanación, de este incendio sin tregua, que tiene la rabia ciega de una erupción, de un terremoto. ¿Cómo no pensar, ante este desastre irremediable de nuestro arte español, que pueda servir de advertencia –de ejemplar advertencia– para otros países más o menos amenazados por el torrente devastador? ¿No hay ningún organismo internacional que sea capaz de prevenir catástrofes como ésta? Es espantoso imaginar, al ver todo lo que se ha destruido en España, que podría suceder lo mismo en otros países. Y el universo entero, por poco civilizado que se sienta, debe asociarse urgentemente a esta gran empresa: la salvaguardia del arte amenazado. Mi vida entera, que he consagrado al arte, tiembla ante este montón de ruinas, y grito con toda mi voz y clamo con todas mis fuerzas, más adecuadas para servir a España con el pincel que con la pluma".

Curiosamente, el otro pintor de la llamada España negra, José Gutiérrez-Solana, huido a París tras haber sido forzado a firmar un manifiesto de apoyo al bando republicano, escribió líneas muy parecidas en aquellos mismos días:

"En Madrid me cogió la revolución pintando. Tuve que dejar los pinceles. Vivía frente al cuartel de María Cristina y pude presenciar escenas horribles (…) De los cuadritos que pinto en París algunos están hechos rememorando recuerdos de España, de esta España que ha conocido la tragedia más espantosa de su historia, hasta llegar a la anarquía y al crimen, pero por fortuna toca a su fin gracias al esfuerzo y patriotismo del ejército español para resurgir en una España fuerte y gloriosa como deseamos todos los que verdaderamente la queremos. ¡Arriba España! ¡Saludo a Franco!".

Efectivamente, Zuloaga puso su pincel al servicio de la propaganda del bando nacional. Sus cuadros fueron expuestos en sendas exposiciones de pintura española celebradas en Londres y en la fascista Venecia, en cuya Bienal obtuvo el Gran Premio Mussolini con cuarenta obras entre las que se encontraba El Alcázar en llamas, pieza clave en la internacionalización de la resistencia toledana como símbolo del espíritu heroico de los alzados contra el comunismo.

En abril de 1939, recién terminada la guerra, escribió a una amiga coleccionista de sus obras:

"Gracias a Dios, y a Franco, ¡al fin se ganó la guerra y terminó! Y terminó a pesar de los deseos de los países que se llaman democráticos –¡qué farsa, qué vergüenza, cuando estos países conocían la verdad de este drama! Todos trabajaremos con todas nuestras fuerzas para reconstruir una nueva España, libre, grande y unida (…) ¡Qué vergüenza en el futuro para esos países que han apoyado los crímenes, el vandalismo salvaje, que imperó dentro del clan soviético en España! Esto nos ha tocado a todos, más o menos, pero Dios nos ayudará y lo superaremos".

El día 19 de aquel mes de abril se inauguró en Bilbao una exposición de pintura, escultura y arte decorativo con el que los vencedores pretendieron comenzar a recuperar la normalidad tras la terminación de la guerra. Así rezaba su catálogo:

"No hay Bilbao sin España. Por eso languideció el espíritu y se mustiaron las artes en la Bilbao torva de internacionales y alelada de comarcalismo. Franco le devolvió su verdadero numen. Se ha dicho que la civilización sólo florece en el círculo de paz que traza la espada. En el círculo de paz que ha trazado la espada de Franco renacen las artes en Bilbao (…) La Bilbao sucia y mutilada que dejó el farisaico contubernio de rojos y separatistas es hoy de nuevo la Bilbao pulcra y dinámica de España. A su afanoso trajinar para satisfacer las necesidades urgentes que ha traído la guerra, aún le sobran bríos para gastarlo en lo superfluo, que es, después de rodo, la flor de la vida. Así esta Exposición que ha hecho posible la espada pacificadora y civilizadora de Franco".

El autor principal de aquella exposición fue Zuloaga.

Su obra también cumplió una importante función diplomática: tres de sus cuadros fueron regalados por Franco a un Hitler al que le gustaron tanto que los destinó a su residencia alpina de Berchtesgaden.

En los seis años que quedaban hasta su fallecimiento en 1945, Zuloaga siguió poniendo su prodigioso pincel al servicio del nuevo régimen. Su obra más importante fue el retrato de Franco, idealizado y rejuvenecido, con la boina roja carlista, la camisa azul falangista y el pantalón caqui como símbolo de la unión de las tres principales fuerzas del bando victorioso. Además de este retrato, pintó los de Millán Astray, Serrano Suñer y Wenceslao Alonso, el requeté más viejo de la guerra.

Ninguno de estos cuadros fueron mostrados en la gran exposición conmemorativa organizada en 2019 en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Especialmente el de Franco, colgado en el Pazo de Meirás, ha sido borrado de libros, archivos y catálogos sobre la obra del gran pintor guipuzcoano. Hasta el estudio de referencia sobre la obra de Zuloaga, el de Lafuente Ferrari, ha sido retocado para que en las nuevas ediciones no sólo esté ausente el retrato de Franco, sino también su nombre.

Ochenta años después de ser pintado, el director del museo bilbaíno, Miguel Zugaza, explicó así el motivo de la exclusión de un cuadro que habría sido "una provocación innecesaria":

"Aún no estamos preparados como sociedad para ver esta pintura. No, al menos, para verla como una obra de arte. Hubiéramos tenido que protegerla con guardias de seguridad y, sin duda, habría eclipsado al resto de la exposición. No hubiéramos visto el arte de Zuloaga sino al Zuloaga que simpatizó con el franquismo, y éste no era nuestro objetivo".

Una censura más en el espíritu orwelliano de la Ley de Memoria Histórica, ahora más crecida y convertida en Democrática.

(Éste es uno de los capítulos del libro recién publicado La gran venganza. De la memoria histórica al derribo de la monarquía).

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