Ficciones

Luis Herrero Goldáraz

Cuatrocientos cincuenta años no son nada. Casi tan poco como esta frase, que es menos que nada por lo que expresa. En cuatrocientos cincuenta años da tiempo a olvidar muchas cosas. Hasta la ocasión más grande que vieron los tiempos dejará de ser recordada alguna vez. Y entonces será como si nunca hubiera pasado y los tiempos mismos cerraran los ojos a conciencia. Como si los tiempos fingieran su muerte porque ya no quedaran humanos que les prestasen sus rasgos para ayudarse a entender. El tiempo, entonces, dejará de ser esa línea confusa que hilvana pasado y futuro a través del punzón del presente. Tan sólo será el mero instante, vacío de significado aunque repleto de causalidad.

Hace cuatrocientos cincuenta años ocurrió una batalla importante y a mí me gusta imaginarla con vértigo y miedo, como la debieron de vivir aquellos que la libraron. Imagino las olas romper contra los cascos, las aguas teñidas repentinamente y el grito desgarrador de ambos ejércitos abrazando la nada en cada envite. Después el océano, con sus profundidades insondables, devorando bestias de madera preñadas de fanatismo y juventud. Y por último el silencio. El respeto del superviviente. Y a un soldado manco recién herido, tal vez, tratando de asimilar una pérdida que no termina de comprender. No sé si la evidencia de la muerte genera efectos diversos en las personas que la contemplan directamente, pero imagino que una vez acabado el conflicto, entre humo, miseria, euforia y asco, todo el cielo y la tierra que enmarcaban las aguas del golfo de Lepanto en aquella precisa mañana del 7 de octubre de 1571 debieron de aparecer ante los ojos de los presentes como la única certeza absoluta en la historia del universo.

Pero nada es eterno, al parecer. La desmemoria debió de empezar a trabajar sobre aquellos sujetos antes incluso de que les trabajase la muerte. Y al final sólo quedó su relato. Desde entonces, los que vinimos después nos hemos visto condenados a imaginar lo ocurrido en lugar de a recordarlo. De la misma forma, le hemos levantado infinidad de monumentos al olvido, que es todo lo que haya sucedido en el pasado y ahora sólo somos capaces de reinventar. ¿Qué es la Historia sino eso? La reinvención de un olvido, el fingimiento de un recuerdo que alguien nos quiso legar.

Con la Historia se pueden hacer muchas cosas. Leerla es una oportunidad para contrastar los propios recuerdos con los del resto de la humanidad. Y conocerla puede ser igualmente útil o inútil, en función de lo que uno se quiera engañar. La Historia no justifica el presente, y tergiversarla no cambia nunca el pasado. Como mucho, aporta excusas para cometer los mismos errores que otros ya cometieron. Así pasarán cien años y otras nuevas personas ajenas a nosotros se verán obligadas a reinventar este tiempo que no será el suyo. Quién sabe cuántas trincheras levantarán en nuestro nombre dentro de cuatrocientos cincuenta años. Qué pensarán de nosotros en el año 3000. Qué retrato, indeciso y cambiante, irá ilustrando falsamente el rostro de nuestra época. De una cosa podemos estar seguros: se parecerá amargamente a una nueva ficción.

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