Para explicar lo inexplicable: Lenin o el mal absoluto

Federico Jiménez Losantos

Esta biografía de Lenin, que es también la primera biografía no autorizada del totalitarismo, no puede resultar más actual, más necesaria y, al mismo tiempo, más triste, si observamos lo que sucede en todo el mundo y muy especialmente en España. El totalitarismo, que es la forma moderna y devastadora de una dictadura sobre todos los aspectos de la vida pública y privada, sobre cuerpos y mentes, sobre vocabulario y conductas, está más generalizado que nunca, pero no por una malsana democratización, ni por un populismo despótico generalizado; la metástasis global del cáncer totalitario, con una terrible velocidad de propagación a través de internet y las redes sociales, va más allá de la matonería tribal. En muchos aspectos, es inseparable de la supervivencia del leninismo y de la ocultación de su carácter totalitario.

Dicho de otro modo: el leninismo está en las cancelaciones y pro­hibiciones culturales por motivos políticos, en el asesinato civil y la denigración de ideas y personas por lo mismo, en los aparatosos movimientos cíclicos de opinión que unos medios de comunicación convertidos en jueces, abogados, fiscales y verdugos imponen sobre lo que se debe pensar sobre el clima (o serás terraplanista), sobre la mujer (o serás violador), sobre los animales (o serás torturador) sobre la historia (o serás fascista) o sobre cualquier cosa que divida a la sociedad y obligue a someterse a lo indiscutible, so pena de muerte civil (por negacionista). Puro Lenin.

En el prólogo, Stéphane Courtois plantea con nitidez las dos cla­ves en que se basa la supervivencia moral de Lenin, que es también la del comunismo: una, dejarlo al margen de Stalin, mero accidente en el sendero luminoso leninista; otra, el afán académico en no considerarlo como lo que es: no solo un totalitario sino el creador del primer tota­litarismo, modelo de los que le siguieron.

Definiciones del totalitarismo

Courtois recuerda, como editor y autor de El libro negro del comunismo, el texto de Nicolas Werth, luego desertor de su obra, sobre la paternidad de Lenin en el sistema desarrollado después por Stalin, que cabe resumir en cuatro puntos: 1. El monopolio de lo político por un partido único, dirigido por un jefe carismático, convertido en un Partido-Estado por absorción de las prerrogativas gubernamentales y administrativas del Estado en beneficio del partido; 2. El monopolio de una ideología que dirige el conjunto de las ideas en todos los ámbitos —filosofía, ciencias, historia, etc.— y los medios de su difusión a través de la prensa, la edición, la enseñanza, los medios de comunicación, etc.; monopolio asegurado por una censura generalizada; 3. El monopolio del Partido-Estado sobre todos los medios de producción y de distribución de bienes materiales, en razón de la supresión de la propiedad privada; y 4. El terror de masas utilizado como procedimiento de gobierno. Y esas cuatro características se pueden ejecutar con mayor o menor intensidad, según el momento

Una definición aún más precisa es la de Emilio Gentile (2001), que sirve para el comunismo, el fascismo mussoliniano y el nazismo hitleriano: el fenómeno totalitario puede definirse como una forma nueva, inédita, de experiencia y poder político aplicada por un movi­miento revolucionario que profesa una concepción integrista de la política, que lucha para conquistar el monopolio del poder y que, una vez conquistado por vías legales o ilegales, dirige o transforma el régimen preexistente y construye un Estado nuevo, fundado en el régimen del partido único y en un sistema policiaco y terrorista como instrumento de la revolución permanente contra los “enemigos interiores”. El objetivo principal del movimiento totalitario es la conquista y la transformación de la sociedad, a saber, la subordinación, integración y homogeneización de los gobernados, basándose en el principio de la primacía de la política sobre cualquier otro aspecto de la vida humana. Esta es interpretada según las categorías, mitos y valores de una ideología palingenésica, dogmatizada en forma de una religión política que pretende modelar al individuo y a las masas mediante una revolución antropológica para crear un nuevo tipo de ser humano dedicado exclusivamente a realizar los proyectos revolucionarios e imperialistas del partido totalitario. Se trata de fundar, a largo plazo, una nueva civilización de carácter supra nacional y expansionista.

¿No sirve esta minuciosa definición de totalitarismo para el expansionismo chino y ruso de hoy o para el “socialismo del siglo xxi”, convertido en narcotriángulo Caracas-FARC-La Habana? ¿Y no nos ayuda a pensar lo que amenaza hoy a España?

La ceguera de Occidente

Jruschov, en su condena de Stalin en 1956 y para no deslegitimar el sistema que heredaba, salvó a Lenin de toda relación con Stalin, que fue su sucesor y continuador. Era un recurso astuto pero previsible. Lo malo fue que Occidente, tras su alianza con la URSS en la Segunda Guerra Mundial desde 1941 y olvidando la alianza de Stalin con Hitler desde 1939, que duró hasta que Hitler le atacó, asumió esa superchería. Tanto, que la definición académica de “totalitarismo” por Hannah Arendt deja fuera a Lenin, pese a la evidencia de que lo creó precisamente él.

Sin crueldad, pero con claridad, Courtois señala cómo incluso Annie Kriegel (a la que, junto a su esposa, dedica este libro) y eminentes intelectuales antiestalinistas franceses evitan el término “totalitarismo” en un gran libro colectivo sobre Lenin. Ante todo, había que evitar la equi­paración de comunismo y nazismo. Ayer y hoy, el comunismo nunca puede ser lo peor: tiene que ser lo menos malo. Ese es su triunfo.

Esta biografía de Lenin, que se pretende humilde, sin descubrir más fuentes que las ya existentes —Volkogónov, Service, Conquest, Pipes— es, sin embargo, una herramienta teórica fundamental para los que pretenden separar líderes y épocas del comunismo, y también para relativizar la mentira y el terror que lo definen, que “no puede ser tan malo como lo pintan”. Y, por si acaso, no lo estudian. También ayuda a entender su resurrección a cargo de una inmensa legión de profesores y periodistas instalados en las universidades de élite y los medios de comunicación americanos; obesa, que no famélica legión simiesca­mente imitada en todo el mundo.

Y es que desde la creación por Lenin de la Komintern, recorrie­ron las aulas de Occidente (nunca las fábricas, cubiles del revisionismo socialdemócrata) ejércitos cazafantasmas promoviendo “movimientos” por la Paz, contra la energía atómica, el colonialismo, o lo que conviniera a Moscú. La técnica es idéntica un siglo después: unos intelectuales “progresistas”, siempre los mismos y que no se dicen comunistas, aunque lo sean, denuncian injusticias atroces, a veces desde el neolítico, para alborotar hormonas estudiantiles y reclutar pro­fesores. Y junto a periodistas de izquierdas imponen lo que hoy se llama “la agenda”: hablar de lo que ellos quieren y como quieren que se hable. En un mundo mucho más rico que hace cien años, el apo­calipsis resulta más barato: se trata de liberar a la mujer, incluso donde está liberada; de combatir el racismo, hasta donde está prohibido el racismo, y de cambiar el clima siguiendo a una adolescente pirada que insulta al mundo en la ONU como una Juana de Arco arrojada a la subvención en vez de a la hoguera. Pero, insisto, es la misma fórmula que en los años 60 del siglo XX daba por muerta de hambre y sed a la Humanidad si la Tierra sobrepasaba los 1.000 millones de habitantes, la que imponía el “hijo único” en China o intentaba la esterilización masiva en las mujeres del Tercer Mundo. Son los que atacaban las antinucleares como ahora el carbón, los que condenaban los pantanos como ahora el diésel, las que quemaban sujetadores y hoy son free-nipples, los que reinventaban la Iglesia tras quemar los templos, para salvar nuestras almas incluso fusilando nuestros cuerpos. Porque, hoy como ayer, son los Amos de la Historia. Solo los hijos de Lenin saben el sentido en que debe avanzar, nunca retroceder, porque el progreso no debe detenerse. Ayer era ciencia y hoy humanidad; ayer mal necesario y hoy bien irrechazable, pero la fórmula es la misma: yo miento, tú obedeces.

La sinécdoque, alma del leninismo

Courtois, para purgar sus pecados comunistas de juventud, ha releído la infinita obra de Lenin —más notas que hojas, más artículos que libros— y ha encontrado la clave de su razonamiento: la sinécdoque, que es tomar la parte por el todo, y hacer que las cosas sean como queremos decir que son. Los primeros textos anónimos del joven Uliánov —como el famoso informe de Engels sobre la clase obrera británica manipulando los “Libros azules” del Ministerio de Industria, a partir del cual funda Marx su absurda tesis del empobrecimiento siempre creciente de la clase obrera— son arbitrarias extrapolaciones camufladas en un montón de estadísticas. Un remedo de ciencia que sirve para argumentar lo que uno se proponga: declarar obreros a los campesinos, medio ricos a los pobres y siervos a los proletarios libres. Mao hizo lo mismo en su primer informe sobre una lejana provincia rural. ¿Quién iba a discutir en Moscú el informe? Y Mao se convirtió en teórico marxista-leninista.

Tanto tiempo y tantos muertos después, vemos a Pablo Iglesias en televisión susurrando: “Yo no quiero ninguna dictadura; lo que quiero es que los niños no tengan que buscar comida en los cubos de basura de los hoteles de cinco estrellas”. La mayoría de los hoteles no son de cinco estrellas, raros son los niños que rebuscan en los cubos de basura —mentira aireada por el New York Times— y ningún niño ha muerto de hambre en España desde hace muchas décadas, pero Iglesias, típico leninista, aplica la sinécdoque: presenta la parte como todo y la anéc­dota como categoría. Así presume de superioridad moral mientras de­fiende la hambruna mortal en su Venezuela, donde sí que hay miles de niños buscando comida en la basura.

“El comunismo es necesario —dirán Iglesias, Zizek, Badiou y los Tenores del Gulag— para que los niños nunca más tengan que buscar comida en la basura”. Lo de menos son los niños, víctimas de las hambrunas provocadas por Lenin, Stalin o Mao, cuando las familias cambiaban a los niños para no devorar a sus propios hijos muertos. La clave totalitaria es el nunca más. El leninismo es, por definición, irreversible. Después de Lenin, el mundo se divide entre los que están dispuestos a rectificar y los empeñados en rectificar a todo el mundo.

 

Largas colas en el mausoleo de Lenin en los años 60

El libro de Courtois avanza como una película clásica: al principio, todo es tranquilo, somnoliento, descriptivo y próspero en el hogar donde viene al mundo Vladímir Ilich Uliánov, brillante en clase, abusón en casa. Y luego se precipita por los acantilados del terrorismo ruso, inseparable del empeño del joven Vladímir en no trabajar nunca para ganarse la vida. El líder de la clase obrera vivirá de rentas familiares y sobresueldos del partido. Es abstemio y patológicamente casto, al modo de Netchaev, y Courtois recoge la opinión de Trotski, que lo conoció bien y lo declara indiferente al sexo. Acaso con Inessa Armand y cierta prostituta francesa a la que la Tcheka compró su silencio, juga­ría a algo poco convencional. Pero el deseo que consume a Lenin es el de un poder ilimitado, totalitario. Fue muy miedoso y jamás pisó el frente, pero nadie animó tanto a matar.

Pero tras los engañosos remansos juveniles y el precipicio terroris­ta, después de las peleas con Plejánov o Mártov y la lotería de la Primera Guerra Mundial, llega el Lenin bolchevique que, en mes y me­dio, pone en pie el sistema que durará casi un siglo en Rusia y más de un siglo en todo el mundo. Son las páginas más minuciosas de Courtois, que describen cómo la fría maldad de Lenin utilizó la fuerza y el engaño para destruir la democracia rusa. La que ya apuntaba tras la abdicación del zar y debía reforzarse decisivamente con las elecciones a la Asamblea Constituyente, que Lenin, pensando siempre en enmendar los fallos de Robespierre, boicotea y cierra a toda velocidad.

El proceso totalitario en Rusia comenzó ilegalizando ilegalmente a los kadetes, siguió con los mencheviques y anarquistas y terminó triturando a los social-revolucionarios, a los que divide, roba el programa y aniquila. Y todo muy rápido, para impedir la reacción. Cada vez que un representante del pueblo le molesta, Lenin anula su elección; si una asamblea le estorba, crea otra paralela en su lugar. Sí: lo mismo que Maduro en Venezuela. Lo asombroso del comunismo no es cómo se diferencia según los países y las épocas, sino cómo se parece al de Le­nin, primus totalitarius antecessor, al que todos imitan después, empezan­do por Mussolini y, sobre todo, Hitler.

El inexplicable triunfo de la mentira comunista

En el último capítulo del libro, Courtois se pregunta: ¿cómo explicar la existencia del comunismo, que después de tanto dolor, de cien millones de víctimas, de tanta ruina económica y moral, haya gente, sobre todo en el ámbito académico y mediático, dispuesta a creer y defender esas patrañas? Solzhenytsin, subraya el biógrafo de Lenin, decía que lo peor del comunismo es la mentira, que lo impregna todo, corrompe a todos y destroza al que pretenda defender la verdad o decir su verdad. Le esperan la represión y el asesinato civil en los regímenes comunis­tas; la marginación profesional en los que no lo son, pero donde la izquierda, leninista siempre, se impone.

Uno tiende a pensar, como los centenares de intelectuales expulsados de Rusia por el tirano bolchevique, que hay una maldición metafísica en el comunismo que explicaría el triunfo de la mentira sobre la verdad y a la que parece imposible vencer, pero ante la que de profundis, como aquellos rusos, cabe luchar. Lo único eficaz contra el comunismo es la insistencia, la decisión de combatirlo siempre, aun a costa del aislamiento y la marginación social.

Última imagen de Courtois

Recuerdo la última vez que vi a Courtois, en un encuentro auspiciado por el CEU sobre los crímenes del comunismo, al fin condenados por la Unión Europea. Era un día de lluvia oscura, más de Moscú que de Madrid, y en torno a una mesa, con Julia Escobar, Ymelda Navajo y Berenice Galaz, dijimos que había que traducir este libro extraordina­rio porque, si no, nadie lo haría. Courtois, Ymelda, Julia y yo compartimos estar vacunados de leninismo, y la Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa y gran escritora que es Julia Escobar se ofreció a traducir de inmediato la gran biografía del hombre más malo del mundo que, según una testigo de su periplo vital, o sea, criminal, “tenía los ojos de los lobos”.

Ymelda aceptó, pero me pidió un prólogo, que aquí está, espero que sin desmerecer demasiado de la traducción y del original. Y tras el acuerdo, que Courtois aceptó con sonrisa incrédula, nos fuimos a la mesa redonda, que era, naturalmente, rectangular. Allí, ante un aula magna atestada —y era sábado—, Courtois terminó su intervención pidiendo disculpas por tener que irse al aeropuerto, camino de la Ucrania que evoca en el prólogo, o Bielorrusia, o Polonia, u otro país donde el comunismo no sea solo la ideología más criminal de la Historia sino el epitafio en una tumba familiar. Entre aplausos, Courtois se abrochó la pelliza, se echó al hombro el carterón, agitó a modo de adiós su gorro ruso y se perdió en la lluvia oscura del invierno. Era un sobrino de Turguéniev con más suerte en el amor. Era uno de los nuestros, de los que nunca aceptarán los “excesos” de Stalin sin recor­dar que fueron, como hoy las masacres de Maduro, hijos de Lenin.

Es un honor contribuir, en muy modesta medida, a difundir uno de los mejores libros que se han escrito nunca sobre el peor hombre de todos los tiempos.

Stéphane Courtois Lenin. El inventor del totalitarismo, prólogo de Federico Jiménez Losantos, traducción de Julia Escobar, La Esfera de los libros, Madrid, 2021, 532 páginas.

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