Cuando Polonia salvó a Europa de los soviéticos

Pedro Fernández Barbadillo

La primera derrota del Ejército Rojo ocurrió en agosto de 1920, una batalla en la que los polacos detuvieron primero e hicieron retirarse después a los invasores soviéticos, en unas circunstancias de inferioridad tales que en la historia polaca se denomina el ‘Milagro del Vístula’.

Polonia fue la primera nación que venció militarmente al expansionismo comunista, casi veinte años antes de que lo hiciera España. También fue la primera que combatió al nacionalsocialismo alemán. Pero las democracias abandonaron a los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

Lenin ordena al Ejército Rojo invadir Europa

El armisticio alemán del 11 de noviembre de 1918 llevó la paz a las trincheras de Europa Occidental, pero en Europa Oriental y Turquía prosiguieron las guerras, los motines y los tiroteos. Cuando se firmó el 19 de junio de 1919 el Tratado de Versalles entre los Aliados y la República alemana, la guerra civil rugía en Rusia.

En el caos posterior a los armisticios, el desarme de los ejércitos y el derrumbe de las casas imperiales, se proclamaron nuevas nacionalidades; algunas fugaces, como la ucraniana, otras históricas, como la polaca, y unas inventadas como la checoslovaca.

Los bolcheviques, ya establecidos en Moscú, no se limitaban a defenderse de los blancos, sino que mantenían sus planes para la revolución mundial. Y ésta, según mandaba el catón marxista, debía producirse en países industrializados, como Inglaterra o Alemania. El 13 de noviembre de 1918, Vladímir Lenin, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Rusia, ordenó al Ejército Rojo que desencadenase una ofensiva hacia el oeste para recuperar los territorios perdidos en la guerra y marchar a Berlín.

Lituania, Letonia, Estonia, Ucrania, Bielorrusia y Polonia se habían declarado independientes. Lenin había proclamado el derecho de autodeterminación de los pueblos que componían el Imperio zarista. Entonces, ¿cómo atacar a los nuevos países? Para los comunistas, el respeto a los tratados internacionales y a sus propias palabras nunca ha sido un obstáculo. Podían intervenir legítimamente en esos países porque estaban dominados por oligarquías reaccionarias que sojuzgaban a los campesinos y obreros.

Los rojos vencieron a los bielorrusos y constituyeron la república socialista soviética de Bielorrusia. En enero de 1919 el alto mando soviético señaló como su próximo objetivo el río Vístula. Sin embargo, la diversidad de frentes a los que Moscú debía atender (los ejércitos blancos del almirante Kolchak y del general Deníkin), debilitó la fuerza de la ofensiva. Además, los polacos, dirigidos por Józef Pilsudski, nombrado jefe de Estado, se aliaron con Simon Petliura, líder de República Popular de Ucrania, a cambio de la cesión de la República Occidental de Ucrania, constituida sobre el territorio dominado por los Habsburgo y con capital en Leópolis/Lvov.

En abril de 1920, comenzó una ofensiva de los dos aliados contra los soviéticos, tan afortunada al principio que les permitió tomar Kíev el 7 de mayo. León Trotski, comandante en jefe del Ejército Rojo, ordenó un contraataque al general Mijaíl Tujachevsky, uno de los militares más inteligentes del Ejército Rojo (asesinado por Stalin en 1937).

El ‘Milagro del Vístula’

El 13 de junio, el Ejército Rojo reconquistó Kíev y apuntó sus columnas contra Varsovia. En una arenga famosa a sus tropas, Tujachevsky anunció los planes bolcheviques: "El destino de la revolución mundial se está decidiendo en Occidente: el camino a una conflagración mundial pasa por encima del cadáver de Polonia... A Vilna, a Minsk y a Varsovia: ¡adelante!".

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El objetivo último era Berlín. El ambiente parecía propicio para la subversión deseada por los rojos, pues el año anterior había habido revoluciones en Hungría, Berlín y Baviera.

En el verano de 1920, las líneas de resistencia polacas fueron moviéndose al oeste, de los ríos Bug y Narev al Vístula, debido a la presión soviética. En agosto, el Ejército Rojo se aproximó a Varsovia. Casi 150.000 militares, muy fogueados, estimulados por los comisarios políticos y con ánimo de victoria, contra poco más de 100.000 polacos, que no habían dejado de retroceder desde las semanas anteriores.

Las delegaciones diplomáticas, salvo el nuncio Achille Ratti (que luego sería el papa Pío XI) y el representante británico, huyeron. Los húngaros trataron de enviar refuerzos a los polacos, pero el Gobierno checo, aunque burgués muy pro-soviético, negó el permiso para cruzar su territorio.

La batalla comenzó el 13 de agosto, con ataques rojos a la ciudad de Radzymin. Los polacos resistieron las oleadas de caballería y de infantería y los bombardeos artilleros. El plan consistía en cercar la ciudad. El 14, el V Ejército polaco, bajo el mando del general Wladyslaw Sikorski (primer ministro del Gobierno polaco en el exilio, muerto en un misterioso accidente de avión en 1943), inició una pequeña contraofensiva.

El avance rojo hacia Varsovia se detuvo el 15, la fiesta de la Asunción de la Virgen. Ese día, un regimiento de los famosos lanceros polacos capturó el estado mayor del IV Ejército soviético en Ciechanów, con sus planes y una de las dos estaciones de radio utilizadas para comunicarse con el alto mando en Minsk. Los radiotelegrafistas polacos usaron este aparato para interferir las comunicaciones de los invasores emitiendo sin cesar versículos de la Biblia.

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Jozef Pilsudski y Stanislaw Szeptycki en julio de 1920

Un personaje tan importante como los generales fue el teniente Jan Kowalewski, experto en criptoanálisis, que ya en 1919 había descifrado las claves del Ejército Rojo.

El 16 de agosto, el general Sikorski capturó la ciudad de Nasielsk y las tropas de Pilsudski pasaron a la ofensiva. Los soviéticos, aunque superiores en número, estaban agotados y desmoralizados. Los enfrentamientos concluyeron en una desbandada. El ejército polaco se lanzó el 21 a la persecución de los enemigos. El 24 de agosto varios miles de soldados soviéticos se refugiaron en Prusia Oriental.

El número de muertos por parte polaca ronda los 4.500, mientras que por parte soviética pudo alcanzar los 25.000.

El padre de Juan Pablo II

El Gobierno francés envió a Polonia unos 400 oficiales experimentados a finales de 1918. Entre éstos figuraba el capitán Charles de Gaulle, que fue instructor de unidades de infantería. También participó en operaciones a lo largo del río Zbrucz y recibió la principal condecoración militar polaca: Virtuti Militari.

Otro militar implicado en esta guerra fue Karol Wojtyla, padre de san Juan Pablo II. Hasta el 31 de octubre de 1918, Karol fue segundo teniente en el Ejército Imperial austriaco y al día siguiente se unió al ejército polaco, en el que se convirtió en el jefe de la oficina de la Comisión de Suplementos de Poviat en Wadowice.

Durante la dictadura comunista, esta batalla, una de las más importantes de la historia europea (la décimo octava, según Edgar Vincent, miembro de la Comisión Interaliada presente en Varsovia), se ocultaba a los niños y adolescentes.

Gran Polonia y grandes enemigos

Moscú aceptó negociar la paz en el otoño de 1920. Al final, el Tratado de Riga fue suscrito en marzo de 1921 entre Polonia y las repúblicas soviéticas de Rusia y Ucrania. Se reconocieron las fronteras, que Stalin violó en septiembre de 1939, después de repartirse Polonia con Hitler. Además, los bolcheviques, como sucesores de la Rusia imperial, aceptaron devolver a los polacos parte de las obras de arte y reliquias históricas arrebatadas por los zares.

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Mujeres polacas despiden a los voluntarios en Varsovia

Una consecuencia de la guerra fue la formación de un Estado polaco muy extenso (casi 400.000 kilómetros cuadrados), pero sin fronteras naturales. Por otra parte, la Polonia de entreguerras mantuvo contenciosos fronterizos con casi todos sus vecinos: la URSS, Alemania, Lituania, Checoslovaquia. Y alrededor de un tercio de la población (35 millones en 1939) pertenecía a alguna minoría: ucranianos, alemanes, judíos, lituanos, rutenos...

Otro efecto fue el odio que incubó la cúpula bolchevique, sobre todo Stalin, contra los polacos como pueblo ‘reaccionario’ y ‘clerical’ y, por tanto, como enemigo de la revolución.

Los militares polacos demostraron su capacidad para descifrar códigos secretos y comunicaciones del enemigo. Su experiencia la aprovecharían los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, Polonia es, por fin, una nación reconstruida y libre. De Moscú y de Bruselas.

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