Y Hitler entró en París

Pedro Fernández Barbadillo

Hace ochenta años, pareció que iba a cumplirse el sueño de los más enloquecidos propagandistas nacional-socialistas y de los más ensoberbecidos pensadores alemanes del siglo XIX.

La Wehrmacht comenzó el 10 de mayo de 1940 el ataque a Francia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. La ofensiva en el viejo Flandes español era una argucia para ocultar el plan principal, que consistía en la penetración en Francia a través de las Ardenas. En tres días, los franceses supieron que estaban derrotados. Los ataques aéreos de la Luftwaffe en apoyo de unidades blindadas, motorizadas y de paracaidistas rompieron el frente y desorientaron completamente a los defensores.

El 16 de mayo, Winston Churchill, nombrado unos días antes primer ministro, viajó a París y se encontró con que el Gobierno de Paul Reynaud preparaba la evacuación de la capital. El 10 de junio, Italia declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña, y Noruega se rindió. El 14 de junio, las tropas del 18º Ejército, mandado por Georg von Küchler, entraron en un París abandonado y casi vacío. El Gobierno francés animó a la huida de la población civil, sin haber preparado nada para acogerla o alimentarla.

En Burdeos, adonde había huido el Gobierno, se produjo una crisis política. El 16 dimitió Reynaud y le sustituyó el viceprimer ministro, el mariscal Philippe Petain. El nuevo presidente del Gobierno solicitó un armisticio a Alemania, en cuya negociación intervino el embajador español José Félix de Lequerica. El 18, el general de brigada Charles de Gaulle llamó desde Londres a la resistencia, aunque entonces sin consecuencias. El 22 se firmó el armisticio entre Francia y Alemania y el 24 entre Francia e Italia. El 25, se produjo la rendición de los restos de las fuerzas armadas francesas.

Pasmo en el mundo

Como contó Jorge Luis Borges, la derrota francesa conmocionó incluso a los germanófilos en la lejana Buenos Aires:

"Un germanófilo, de cuyo nombre no quiero acordarme, entró ese día en mi casa; de pie, desde la puerta, anunció la vasta noticia: los ejércitos nazis habían ocupado París. Sentí una mezcla de tristeza, de asco, de malestar. Algo que no entendí me detuvo: la insolencia del júbilo no explicaba ni la estentórea voz ni la brusca proclamación. Agregó que muy pronto esos ejércitos entrarían en Londres. Toda oposición era inútil, nada podría detener su victoria. Entonces comprendí que él también estaba aterrado."

Mientras Alemania obtenía su gran victoria, Stalin proseguía su conquista de territorios en el Este, de acuerdo con las esferas de influencia fijadas en el Pacto nazi-soviético del verano anterior. En junio, la Flota del Báltico bloqueó los puertos de Estonia, Letonia y Lituania y el Ejército Rojo irrumpió en esos países. En agosto, unos ‘quislings’ comunistas solicitaron la incorporación de sus países a la URSS, que, por supuesto, aceptó la petición. También en junio, Moscú exigió al Gobierno rumano la entrega de las regiones de Besarabia y Bokovina, que éste tuvo que aceptar.

Stalin esperaba que se repitiera la situación de la Gran Guerra: franceses, británicos y alemanes detenidos a lo largo de un frente inmóvil y destrozándose durante años, mientras él acumulaba más fuerzas para saltar sobre Europa. En cuanto supo de la rendición francesa, dijo a Nikita Jruchov:

"¿Es que no podían oponer resistencia? ¡Ahora Hitler nos va a moler a palos!"

El Gobierno español, que había firmado en marzo un importante acuerdo comercial con el Reino Unido, quedó también anonadado. El Ejército francés tenía fama de ser el mejor del mundo, con medios técnicos superiores al alemán y una demografía inagotable debido a las tropas provenientes de sus colonias. España se encontró así entre los combatientes. Como lo explicó gráficamente Ramón Serrano Suñer, entre Hendaya, ocupada por los alemanes, y Gibraltar, ocupado por los británicos.

Al general Franco le llegaron rumores de los planes de Alemania de atravesar España para conquistar Portugal, último aliado inglés en el continente. A partir del armisticio, el régimen franquista tendría que oscilar entre dos vecinos que eran enemigos y podían estrangular por hambre a los españoles o bien invadir su territorio.

En sus memorias, Serrano Suñer explica que en esos meses de 1940, cuando los italianos se habían lanzado a la guerra para hacerse con un trozo de botín, pensando que la paz era inmediata, España mantuvo su ‘neutralidad’ (se había pasado a un indefinido estado de ‘no beligerancia’ el 12 de junio):

"Lo que sí puedo asegurar –como testigo que soy de mayor excepción- es que el gobierno español no pensó ni por un instante en aprovechar aquel momento"

La única operación militar española fue la ocupación de la zona internacional de Tánger el 14 de junio, controlada por Francia, Reino Unido, Italia y España, cuando la declaración de guerra de Italia a los Aliados quebró el estatus.

Un armisticio generoso

Por el armisticio, Francia quedó dividida en cinco zonas. Alsacia y Lorena fueron reincorporadas al Reich, los territorios en torno a Calais, Dunkerke y Lille se transfirieron al gobierno militar de Bruselas; la costa atlántica y del canal de La Mancha quedó prohibida a los franceses; el territorio entre Niza y Suiza pasó a Italia; la mayor parte del país, desde Hendaya hasta el río Mosa, se puso bajo ocupación alemana; y el resto, con costa en el Mediterráneo más Córcega, pasó a ser la Francia Libre, donde los vencedores permitieron al nuevo Gobierno francés reorganizarse. Aunque en esta zona había grandes ciudades, como Lyon y Marsella, la capital se estableció en Vichy.

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El Gobierno de Petáin, el único reconocido internacionalmente, no sólo por el Eje, sino también por neutrales como Estados Unidos, España, Suecia, Yugoslavia, Japón o Brasil, mantenía su flota de guerra y la soberanía sobre sus colonias.

Es innegable que el armisticio alemán fue de gran generosidad, sobre todo si se compara con el de 1918 y con el que había preparado el Ministerio de Asuntos Exteriores francés en el caso de la nueva derrota alemana. El motivo es que Hitler quería atraer a Francia a su ‘nuevo orden’.

Después de la firma del armisticio y de su entrada en vigor, Hitler viajó a París, por primera y única vez. Su visita de tres horas dejó algunas de las fotos más representativas del siglo XX.

El 10 de julio las dos cámaras del Parlamento francés se reunieron en congreso para aprobar el armisticio. Además, nombraron a Petain "jefe del Estado francés", no presidente de la república, y le concedieron plenos poderes.

Con la Alemania nacional-socialista y la Italia fascista victoriosas y la URSS comunista expandiéndose, la democracia parecía cerca de desaparecer en Europa.

Admirar a quien quiere destruirte

Hitler deseaba la paz con su admirada Inglaterra, para dirigirse contra la URSS, mientras que Mussolini estaba convencido de que el verdadero enemigo del Eje era Inglaterra. Y el dictador italiano tenía razón, pues Churchill estaba dispuesto a todo para aniquilar a Alemania.

Las esperanzas de Berlín se disiparon en seguida. El ministro Halifax rechazó toda proposición de paz y las armas confirmaron sus palabras. El 3 de julio, la Armada británica conminó a la flota francesa atracada en el puerto argelino de Mers-el-Kébir (Mazalquivir) a escapar o hundir los buques. Como el almirante francés, Marcel-Bruno Gensoul, se negó, el británico, James Somerville, ordenó el cañoneo de la escuadra sitiada. Murieron 1.300 marinos franceses y los Gobiernos de Londres y Vichy rompieron relaciones diplomáticas.

En sus memorias, Churchill reconoció que en esos meses, Gran Bretaña estaba sola, sin más aliados que los gobiernos en el exilio que había recogido. Los dominios (Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda), apenas podían prestarle ayuda. Estados Unidos sólo enviaba palabras, la URSS seguía expandiéndose en Europa Oriental y Japón empezaba a preparar la conquista de Asia.

Durante unos meses, Hitler tuvo la oportunidad de dibujar el mapa de Europa, pero desperdició el tiempo. No había preparado una guerra larga y sus intentos de construir un ‘nuevo orden’ en el continente fracasaron. Alemania volvió a demostrar que sus diplomáticos y políticos no estaban a la altura de sus soldados ni sus industriales.

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