Miguel Artola. El Historiador liberal

José María Marco

Miguel Artola debutó como historiador con la publicación de su tesis en 1953, en plena dictadura de Franco. Fueron unos años importantes en la recuperación intelectual de la tradición liberal española, y más precisamente en la de la tradición liberal conservadora. En 1945 Luis Díez del Corral había publicado su fundamental El liberalismo doctrinario, y el propio estudio de Artola, que era la edición de su tesis doctoral, iba precedida de un prólogo de Gregorio Marañón, un texto en la línea de sus Ensayos liberales (1946) en los que se revelaba, aunque a medias palabras, el fondo político de la cuestión: la revisión crítica del apoyo de los intelectuales liberales a la Segunda República y la restauración del crédito de la Monarquía constitucional.

Artola no tenía pretensiones políticas. Ahora bien, su obra por una parte, se alejaba de la gran crítica sintetizada en los escritos de Menéndez Pelayo (excelente conocedor de sus afrancesados, dicho sea de paso) que cargó, siguiendo una larga tradición, contra aquellos que se habían hecho reos del "feo crimen de infidelidad a la patria". Desde este punto de vista, Los afrancesados –seguida unos años después de la obra de Hans Juretschke sobre el mismo asunto– continuaba ideas anteriores, como las de Méndez Bejarano, y abría una perspectiva positiva sobre aquellos grandes traidores.

Artola los situaba con precisión en el linaje de la Ilustración y resaltaba, e incluso reivindicaba, según Marañón, el papel del "partido josefino" como instigador de unas propuestas reformistas, moderadas y sensatas. Algo así como unos centristas enfrentados a la alianza contra natura de los reaccionarios y los liberales gaditanos. (Había otras posibilidades, como sabía el propio Artola, editor más tarde de las obras de Jovellanos.) Era una posición imposible, porque aquellos reformistas desconocían, o fingían desconocer, la cuestión de la revolución, tan crudamente planteada desde Francia, que hacía imposible la vuelta al despotismo ilustrado –menos aún importado por un caudillo surgido de esa misma revolución y dedicado a implantar las luces, y su dinastía, a sangre y fuego por toda Europa. (Artola dedicó muchas páginas de sus trabajos sobre la Guerra de la Independencia a la tensa relación entre el poco edificante ilustrado –es un decir– José Bonaparte y su hermano, que más de una vez pareció su peor enemigo.)

Claro que una parte del liberalismo doctrinario español, es decir del liberalismo conservador español que dio forma a lo más valioso de nuestro siglo XIX, surgió precisamente de ahí, cuando algunos miembros de este grupo se enfrentaron, como hicieron los doctrinarios franceses, al hecho intrínsecamente político de la necesidad de transitar desde el despotismo, ilustrado o no, al régimen constitucional, con el telón de fondo de la democracia. Artola no continuó esta línea de trabajo, que podía haber sido extraordinariamente fructífera. Continuó profundizando en las formas políticas de la Transición, en Los orígenes de la España contemporánea (1975), dedicada al debate constitucional en las Cortes de Cádiz, insistiendo en las formas revolucionarias del cambio de régimen y en la realidad de una revolución española Su obra se basa en esa convicción de la autonomía y la relevancia determinante de la política. Ahí están sus dos volúmenes fundamentales y en su momento pioneros, por la documentación allegada, de Partidos y programas políticos (1808-1936) (1977). Su interés por la historia de las instituciones dio a luz al trabajo sobre La Monarquía en España (1999) que por desgracia se terminaba en el siglo XVIII, aunque parte de sus trabajos anteriores se podía entender como su continuación lógica.

Luego Artola dedicó mucho tiempo a la historia económica. No por ello dejó nunca de pensar la historia en términos políticos y de profundizar en los orígenes y el arranque de la España constitucional, incluida la historia militar en un volumen dedicado al siglo XIX (2015) que contribuyó a coordinar. Historiador de raza, su trabajo y su interés se centró siempre en el documento, como demostró, además, de los dos volúmenes sobre los partidos políticos, la dirección del proyecto de edición de Legislación Histórica de España en la Real Academia de la Historia.

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