Hitler, un ser anodino con hipnótica presencia

Ricardo Artola

Cualquier escrito vinculado a aniversarios de acontecimientos históricos contemporáneos, debería exponer los hechos a la vez que aportar una interpretación personal, sin eludir las metáforas o comparaciones con el presente.

Siguiendo esta premisa, cabe decir que Adolf Hitler (1889-1945) fue un personaje mediocre hasta que se encontró "de sopetón" con la Primera Guerra Mundial (y podemos añadir algo a menudo olvidado: que no hizo nada reseñable hasta entonces, durante veinticinco años). Su insignificancia se puede ver reflejada en que, si hubiera muerto en la primavera de 1914, quizá hubiese sido enterrado en una fosa común y nadie lo hubiera velado.

El hecho de que una guerra, acontecimiento traumático que hasta los militares procuran evitar, supusiera un hito en su vida, aquello que, según sus palabras, le daba sentido, dice mucho de la personalidad del sujeto.

Pero su alegría duró poco y acabó mal. Como es sabido, en noviembre de 1918 se produjo el desmoronamiento final de Alemania y la derrota más amarga, por inesperada para la mayoría de los alemanes, incluyendo al propio Hitler, aunque no fuera alemán en sentido estricto.

La posguerra fue aún peor, puesto que se construyó sobre la base del leonino (para Alemania) Tratado de Versalles y la posterior y por completo calamitosa hiperinflación de los años 20. Todo ello condujo a Hitler a una incipiente carrera política y a un intento de derrocar el poder establecido desde Múnich que fracasó (1923).

De la cárcel al poder

La década que va desde ese acontecimiento hasta convertirse en Canciller de Alemania en 1933 es apasionante, pero imposible de sintetizar en pocas líneas. Basta decir que no fue, ni mucho menos, una línea recta o un camino sencillo, ideas que el relato histórico nos puede hacer creer a veces.

Quizás la primera gran sorpresa de Hitler, una vez en el poder, fue la rapidez con que consiguió implementar muchas de sus medidas políticas. Siempre he dicho que si se analizaran solo los cien primeros días de su mandato (el periodo de gracia que se suele conceder a los nuevos gobiernos) nos sorprendería la enorme cantidad de decisiones y su importante calado. Hitler en el poder tenía mucha prisa porque su agenda política era extensa y no era menor su sensación de premura, a pesar de que contaba con solo cuarenta y cuatro años.

Si los diez años anteriores habían llevado a Hitler de la cárcel al poder, durante los seis siguientes iba a transformar Alemania de manera asombrosa: la hizo pasar de una profundísima crisis económica a una expansión considerable, creó un ejército moderno a partir de un puñado de soldados mal armados, por no hablar de la realización de ambiciosas obras públicas que transformaron la piel de su país de adopción; además de un expansionismo territorial "pacífico" que le hizo recuperar territorios perdidos y adquirir otros que nunca habían pertenecido a Alemania: Renania, Sudetes, Austria, etc.

1 de septiembre de 1939

Pero ni siquiera estos seis años trepidantes hubieran hecho de Hitler el personaje que llegó a ser. Su funesta entrada en la historia con mayúsculas tiene lugar el 1 de septiembre de 1939 cuando desencadena la que llegaría a ser (y sigue siendo, de momento) la mayor guerra de la historia.

Ahí arranca un nuevo ciclo vital, curiosamente de otros seis años, todavía más agitados, en los que sorprendería al mundo conquistando Polonia, Noruega, Dinamarca, Francia, Bélgica, Holanda, Grecia, Yugoslavia, Ucrania, Bielorusia y una parte de Rusia en menos de tres años, para después perderlo todo, y más, en otros tres años escasos.

Y, por supuesto, sin olvidar aquello que le hace ocupar un lugar destacadísimo en la historia universal de la infamia: la concepción y dirección del intento de exterminio del pueblo judío que hemos dado en llamar Holocausto. Su origen, intensidad, crueldad y ensañamiento constituyen una de las historias más tristes del pasado de la especie y solo por eso ya merece ocupar un lugar destacado en la memoria colectiva del mundo.

Su historia, la que hoy recordamos, terminó en un enrarecido sótano (el búnker de la Cancillería) del corazón de Berlín, con las tropas del Ejército Rojo a pocos metros. Se suicidó para no enfrentarse a las consecuencias de sus actos y quizá, incluso como motivo principal, porque no podía concebir la vida en una Alemania derrotada que no fuera nazi, como lo había sido durante una década larga.

Un ser anodino con hipnótica presencia

A pesar de ser uno de los personajes más biografiados del último siglo, sigue habiendo un cierto misterio inexplicable en esa trayectoria fulgurante, en esa dicotomía entre la aplastante vulgaridad de un ser anodino y el carácter hipnótico de su presencia y, sobre todo, de sus discursos públicos que cautivaron y llevaron al desastre a una de las mayores tradiciones culturales de Occidente.

Hoy representa hasta para la cultura popular, simplemente, la encarnación del mal. Todo lo que toca, todo lo que huele o todo lo que sabe a Hitler mancha y no se limpia, ni se puede limpiar… afortunadamente. Baste decir, con una de esas anécdotas que siempre impresionan, que el nombre de Adolf desapareció del registro de nacimientos de Alemania después de abril de 1945. Y no por una prohibición explícita (hasta donde yo sé), sino por una voluntaria contención social, por un rechazo mayoritario de la población.

Hace años me contaron que unos españoles que estaban viviendo en Alemania y querían hacer una fiesta, habían elegido el 30 de abril. De repente se encontraron con una incómoda e inexplicable cadena de negativas, hasta que un amigo de los más íntimos, o de los más atrevidos, les preguntó: "¿Pero por qué queréis hacer una fiesta ese día?" Esa pista les llevó a darse cuenta de que se trataba del aniversario de la muerte de Hitler, una jornada que, al igual que el nombre de pila del sujeto en cuestión, ha quedado manchada para siempre en el recuerdo de los alemanes y, por extensión, de todos los seres de bien del mundo.

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