75 años del suicidio de Hitler

Fernando Navarro García

El 30 de abril de 1945 Adolf Hitler se suicidó a varios metros bajo tierra, en el Führerbunker de la Cancilleria. La versión oficial de los aliados (que concuerda con la versión dada por su secretaria personal, Traudl Junge y con la mayoría de biografías) indica que Hitler se suicidó disparándose un tiro en la cabeza al tiempo que ingería una cápsula de cianuro. Junto a él se suicidó también Eva Braun (su esposa desde hacía apenas unas horas). El suicidio se produjo mientras el Ejército Rojo del mariscal Georgi Zhúkov se encontraba a menos de 300 m del búnker.

Su último día Hitler almorzó en compañía de sus secretarias en un silencioso ambiente y tras la comida, servida por Constanze Manziarly, hizo matar a su perra Blondie. Luego dio a su ayudante Otto Günsche instrucciones estrictas sobre la cremación de su cuerpo y el de su esposa, probablemente para evitar que fueran exhibidos como 'trofeos de guerra' tal y como había sucedido con los cadáveres de Benito Mussolini y su amante Clara Petacci. Según Günsche estos fueron sus últimos momentos: a las 16 horas Hitler se retiró junto a Eva Braun a su despacho privado (contiguo a la sala de mapas) con la intención de suicidarse. Otto Günsche, en compañía de Linge, esperó frente al despacho el momento final. Se escuchó un disparo sordo, tras lo cual Günsche aún esperó unos 15 minutos. Al cabo de ese tiempo Linge entró en la estancia y allí vio que Hitler estaba recostado en un extremo del sofá con un tiro en la sien, con orificio de salida visible del proyectil de que aún manaba sangre. Su boca estaba abierta en una grotesca mueca. Eva Braun estaba recostada al otro extremo del diván con los ojos muy abiertos y una mueca de dolor en su rostro. Cerca de ella había una pistola pero no alcanzó a usarla, ya que el cianuro suministrado por el médico personal de Hitler, Ludwig Stumpfegger, había surtido un rápido efecto.

Una vez certificada la muerte de ambos, se envolvieron los cuerpos en una alfombra y fueron sacados al patio trasero de la Cancillería, mientras llovían los obuses rusos por doquier. Günsche depositó ambos cuerpos en el cráter producido por una de las bombas, los roció con 200 litros de gasolina (suministrados por Kempka, el chofer de Hitler) y prendió fuego. Mientras se consumían, unos cuantos testigos, entre ellos Martin Bormann y Goebbels, realizaron un nervioso y acongojado saludo militar, aunque un obús que estalló muy próximo les obligó a regresar al búnker sin verificar la total consumación de la incineración.

Dado que sus cadáveres nunca fueron exhibidos, su muerte se puso en duda durante mucho tiempo, creándose toda suerte de mitos acerca de su probable supervivencia. Periódicamente surge algún autor que aporta algún descubrimiento o hipótesis acerca de la supervivencia de Hitler y de su huida (a Iberoamérica, mayoritariamente). Sin embargo, creo que —con las pruebas hoy en día disponibles— se puede afirmar que Hitler se suicidó. Y me apresuro a repetir "con las pruebas que hoy tenemos" pues mañana todo podría cambiar si se descubriese algo sorprendente y novedoso que nos obligara a revisar la historia. Pero obstinarse hoy en negar su suicidio sobre la base de unas fotocopias supuestamente "desclasificadas por el FBI" y de un mezcladillo de teorías y cotilleos sin soporte documental o testifical acreditado no es ni científico, ni histórico. Sobre las pruebas de su suicidio publiqué en LD el artículo Por favor, no insistan: Hitler y Elvis están muertos al que me remito.

Hitler es uno de los personajes históricos sobre los que más se ha escrito y difícilmente queda un resquicio de su vida privada o pública que no haya sido rastreado e investigado en profundidad. Existen, literalmente, miles de obras que estudian su figura y algunas de ellas (Fest, Toland, Kershaw, etc) son verdaderas joyas del género biográfico, tal y como disecciona Lukacs en su excelente El Hitler de la Historia. De un modo más anecdótico y parcial, pero igualmente ilustrador, Hitler ha sido también retratado en las memorias de antiguos amigos o colaboradores, tales como su ex jefe de prensa extranjera (Hanfstaengl), su fotógrafo (Hoffman), su ex SA (Ludecke), su chofer (Kempka), sus secretarias (Schroeder o Jung), su arquitecto (Speer) o su amigo de juventud (Kubizeck). Todos ellos fueron incluidos en mi Diccionario Biográfico de Nazismo y III Reich, junto con las biografías de más de 600 personas clave para entender el auge y caída del nazismo.

Sin embargo –y dejando aparte las biografías y memorias— existen dos fuentes que siempre me han resultado muy originales para conocer la personalidad de Hitler: sus conversaciones privadas de sobremesa y su anárquica biblioteca privada que, en gran parte ha podido ser rescatada.

Hay que empezar por reconocer que Hitler no fue la figura caricaturesca que a menudo ha difundido el cine y la literatura de propaganda bélica. Al menos no fue una caricatura hasta 1944 cuando el estrés acumulado, el consumo abusivo de drogas y farmacopea y el devenir de los acontecimientos evidenciaron su desequilibrio mental. Pero hasta bien entrada la guerra Hitler fue un "animal político" de envergadura. Sería difícil que un personaje sin tal potencial hubiera sido capaz de urdir y planear una trama tan perfectamente elaborada para tomar el poder de Alemania y posteriormente conquistar media Europa. Minusvalorar el peligro de ciertos sujetos suele ser el primer gran error de muchas democracias.

Hitler poseía un extraordinario carisma capaz de seducir no sólo a las personas, sino también a las masas, además de poseer una gran oratoria gesticular muy estudiada y una notable capacidad de liderazgo. Sin embargo, sus sentimientos profundos eran impenetrables. Su amigo, ministro y arquitecto Albert Speer confesó que "nunca llegó a conocerlo".

Hitler era un individuo autosuficiente y solitario. Muy pocas personas integraban su círculo íntimo y personal: Albert Speer, el fotógrafo Heinrich Hoffmann, Martin Bormann, Wilhelm Bruckner, Joseph Dietrich, Joseph Goebbels, Julius Schaub, Julius Schreck, el arquitecto Geisler y sus secretarias personales. A ellos les exigía lealtad a toda prueba y discreción absoluta.

Según la mayoría de historiadores, Hitler fue vegetariano, no fumador, abstemio, ecologista y un defensor de los animales (promulgando leyes que penalizaban el maltrato animal). Sin embargo, esas saludables inclinaciones no le impidieron ser el responsable directo del asesinato sistemático de millones de personas. Este es uno de los rasgos más propios del mesianismo criminal.

Una de las características más relevantes de la personalidad de Hitler era su capacidad para impresionar, fascinar, manipular y subyugar a quienes lo rodearan; había personas que podían ser muy fuertes y seguras en sus campos de acción, pero en presencia de Hitler se veían disminuidas y manipuladas hasta rozar el servilismo más abyecto. Hermann Goering le confió al ministro de finanzas Schacht "cada vez que estoy frente al Führer siento el corazón en un puño". Esa fuerza de atracción se daba incluso entre sus enemigos. Por ejemplo, Neville Henderson, el último embajador británico en Berlín, llegó a escribir en sus memorias Dos años junto a Hitler: "(Hitler) es, o cuando menos lo era en sus inicios, un agitador genial, un hombre que poseía el don de hacer ver claro al pueblo alemán lo que necesitaba". El líder laborista británico afirmó de Hitler, antes de la guerra: "Me considero feliz de encontrarme frente aquél que tras la derrota ha conseguido levantar a todo el pueblo alemán". Hervert Hoover, presidente de los EE.UU. durante la Gran Depresión, pensaba que "Hitler daba la impresión de ser altamente inteligente, dejaba entrever una valiosísima y confiada memoria, parecía educado y era capaz de ofrecer claras exposiciones". El rey Eduardo VIII llegó a afirmar: "Hemos recorrido el mundo. Pero las cosas que hemos visto en Alemania serían difíciles de imaginar. Es un milagro que sólo un hombre y una voluntad pueden explicar". Incluso su más fiero y letal enemigo, Winston Churchill, llegó a reconocer "podemos aborrecer el sistema de Hitler y, a pesar de ello, admirar su servicio a la patria. Si alguna vez nuestro país fuera vencido, espero que también nosotros encontremos un adalid tan maravilloso, que devuelva el valor y el lugar que corresponde a nuestra nación entre los pueblos". Naturalmente, han quedado muchos más testimonios de sus seguidores y amigos (Speer, Goebbels, sus diversas secretarias, Hoffman, etcétera). Goebbels, uno de sus más fieles seguidores, escribió: "Hitler habla, profundo y místico, casi como un evangelio. Uno se estremece al asomarse al abismo de la vida en su compañía. Doy gracias al Destino que nos proporcionó a este hombre".

Suele pensarse que Hitler solo engañó y fascinó a millones de alemanes semianalfabetos, amargados, desempleados y amas de casa frustradas, pero lo cierto es que también cayeron en sus redes personalidades muy relevantes de la vida política, cultural y social alemana y extranjera (la familia Wagner, empresarios, compositores, banqueros, filósofos como Heidegger, autores como Ezra Pound, cineastas como Leni Riefenstahl, exploradores como Sven Hedin, el Premio Nobel de Literatura Knut Hamsun y un larguísimo etcétera).

Una de las secretarias personales de Hitler, Traudl Junge, describió así la energía que emanaba de Hitler: "Cuando estaba presente, todo el edificio bullía de actividad, todos corrían, los teléfonos sonaban, los radio-operadores no cesaban de enviar y recibir notas de comunicados [...] Cuando él estaba ausente, todo volvía a una monótona normalidad, Hitler era como una especie de dínamo". Junge describió a Hitler como una persona que presentaba dos personalidades: una muy considerada y afable, y otra muy fría, iracunda y avasallante en extremo, apasionada y calculadora. Según Junge, "Hitler era vegetariano, gustaba del té y además no soportaba el calor; no se podía fumar en su presencia y hacía climatizar sus ambientes a no más de 11 °C de temperatura. Otro de los aspectos es que a Hitler le gustaba escuchar chismes, pues lo distraían de su realidad. Además, Hitler se acostaba muy tarde, a las tres o cuatro de la madrugada, y se levantaba también muy tarde, entre las 10:00 y las 11:00 horas; el personal militar de la primera planta se acostaba en torno a la medianoche, terminada la última reunión de guerra de cada día y se levantaba hacia las siete".

Por otra parte Hitler no tenía ninguna sensibilidad ni escrúpulos cuando se trataba de deshacerse de enemigos o de sacrificar a sus soldados en el frente. Albert Speer llegó a decir sobre él: "En el lugar del pecho de Hitler en donde debiera haber un corazón, solo había un gran hueco".

Desde su juventud tenía terribles arrebatos de cólera y una cierta tendencia a la depresión y al suicidio (están documentados varios intentos ante problemas menores, como perder unas elecciones). Uno de sus escasos amigos de juventud, Kubizec, escribió sobre este particular que "en Hitler palpitaba una activa concepción frente a la vida y sus arrebatos de cólera eran una prueba de la pasión que ponía en todas las cosas".

A su vida sentimental muy escasa o casi inexistente, se asocian los nombres de Geli Raudal (su sobrina, que acabó suicidándose probablemente por acoso sexual de su tío) Eva Braun (su amante), Unity Mitford e Inga Ley. Esta escasa vida amorosa puede estar justificada por la confluencia de factores tales como una extrema mojigatería, una enorme ambición de poder que eclipsaba cualquier otra pulsión y, probablemente, una táctica propagandística (un líder célibe siempre podría alimentar los sueños de millones de mujeres alemanas y ser percibido por el resto de población como una especie de sumo pontífice, más allá de las pasiones humanas). Hitler era muy celoso y no permitía a casi nadie inmiscuirse en esos temas. Albert Speer en sus memorias señaló que Hitler proporcionaba un trato desconsiderado, opresivo y vejatorio hacia Eva Braun. Con respecto de la orientación sexual de Hitler mucho se ha escrito debido a su vínculo inicial con Ernst Röhm, cuya homosexualidad era palmaria; aunque las evidencias indican que Hitler era un heterosexual "no practicante". La obra de Lothar Machtan El Hitler Secreto aporta numerosos y bien documentados datos sobre la probable homosexualidad del tirano.

Hitler se mostró siempre muy austero en su modo de vida (en clarísimo contraste con Goering y otros jerarcas nazis), pagando sus propios gastos personales sin recurrir a fondos del Estado. Este aparente desprendimiento se debía a sus más que notables ingresos, hábilmente administrados por su secretario personal Martin Bormann, provenientes de los derechos por su imagen postal y por las ventas millonarias de su libro Mein Kampf.

Otro de los rasgos característicos de Hitler era su desprecio por la debilidad ante el enemigo, su odio por el judaísmo, el liberalismo y el comunismo, su impulsividad y su obcecación por las metas sin importar el costo que tuvieran. Cuando el general Brauchistch le rogó la retirada estratégica de Moscú, Hitler se encolerizó gritando: "¡No me podéis quitar Moscú!, ¡quiero Moscú!". Su empecinamiento por conquistar Stalingrado ("luchad hasta el último cartucho") fue una de las causas de la derrota del III Reich y de la muerte de cientos de miles de soldados alemanes (al otro lado se encontró con una personalidad empecinada y totalitaria como la de Stalin, alma gemela de Hitler en muchas facetas). Erich Fromm especula en el Capítulo VI de su obra El Miedo a la Libertad ("Psicología del Nazismo") sobre la hipótesis del sadomasoquismo como distintivo general de la personalidad de Hitler y de sus principales seguidores. Hitler, afirma Fromm, "odiaba a los débiles y amaba a los fuertes, y gozaba con el éxtasis de sentirse inmerso en una gran colectividad de autosacrificio y a la vez sojuzgarla". Esa tendencia marcó, sin duda, su conducta personal y todo el carácter de su régimen político.

Tenía la capacidad de identificar fácilmente el núcleo del problema, lo que facilitaba su resolución. Allan Bullock, uno de sus más importantes biógrafos escribe: "Hitler tenía una creencia firme en su papel histórico y en que él mismo era una criatura del destino… Poseía una férrea voluntad de afrontar los riesgos y un talento especial para simplificar los asuntos que otros hombres creerían difíciles… Mientras sus expertos se perdían en retorcidas complicaciones, su mente tenía la facultad de dirigirse hacia la médula del problema. Su experto en finanzas Schacht tuvo que admitir en varias ocasiones con cierto resentimiento: 'Hitler con frecuencia encuentra soluciones extremadamente sencillas para problemas que a otros hubieran parecido insolubles'".

Para su escasa educación básica, Hitler poseía una amplia cultura general autodidacta, sustentada en innumerables lecturas (de corte muy sesgado) y cuando discutía aspectos técnicos o militares, mostraba un profundo conocimiento en estas materias, sorprendiendo a menudo a sus interlocutores. Tras las comidas gustaba perorar sobre materias diversas, durante horas, ante una audiencia de comensales, algunos admirados, otros aburridos y todos ellos mudos. Se puede conocer mucho de la cultura superficial –aunque nada limitada— de Hitler al leer sus Conversaciones privadas de sobremesa, según las anotaciones secretas tomadas por su secretario durante los años de guerra.

Andre François Poncet resumió muy bien su semblanza con estas palabras: "Hitler poseía un rostro de Sturm und Drang, un rostro antinatural… Era un ser enfermizo, que podríamos denominar loco, una figura de las descritas por Dostojewski, un 'poseído'… La fantasía de Hitler era de un romanticismo salvaje. Se alimentaba de elementos que había leído un poco en todas partes. No era un hombre sin cultura. Pero era la cultura defectuosa del autodidacta… No estaba únicamente entusiasmado por la música de Wagner, no tenía a Wagner únicamente por un profeta del nacionalsocialismo, sino que vivía en su obra, se consideraba un héroe del mundo wagneriano: él era Lohengrin, Siegfried, Walther von Stoizing y sobre todo Parsifal, que curaba la herida sangrante de Amfortas y devolvía al Grial su fuerza maravillosa. En él vivía algo de Luis II de Baviera".

Lo que Hitler y el nazismo ha supuesto a la historia del siglo XX es bien sabido y no procede que me extienda más en este artículo que solo pretende destacar algunos rasgos del tirano. Baste destacar que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, las violentas políticas de conquista territorial y persecución racial de Hitler habían causado a la muerte de entre 55 y 60 millones de personas (alrededor del 2% de la población mundial de la época) en su mayor parte civiles, así como un considerable grado destrucción de ciudades europeas. El exterminio sistemático y masivo de judíos, enemigos políticos y personas consideradas "subhumanas", mediante la detención en una red de campos de concentración y exterminio en Alemania y en los territorios conquistados, llevó a la muerte a unos seis millones de judíos en lo que posteriormente se denominó Genocidio o "Shoá".

Creo finalmente que no debemos olvidar lo que supone el totalitarismo, ni llegar a pensar que aquel horror no podría volver a suceder pues el Diablo ya fue vencido y se suicidó hace 75 años. Hitler no fue un personaje mitológico; no fue un Demonio, ni la encarnación del Mal. Hitler fue un hombre con la capacidad de seducción suficiente como para llegar al poder contando con el apoyo de millones de votos de un pueblo supuestamente ilustrado como el alemán de los años treinta del siglo pasado. Y si aquello sucedió en 1933 puede volver a ocurrir hoy, pues, aunque los nuevos alevines de tirano ya no ondeen esvásticas ni desfilen con uniformes oscuros siguen empleando su misma "caja de herramientas".

A continuación