A vueltas con España. España y su destino

Agapito Maestre

El Gobierno del Frente Popular Separatista (coalición de los partidos separatistas con los socialistas de Sánchez y los comunistas de Iglesias) ha firmado definitivamente la muerte de la Transición. Aquí no hay sitio para todos. No todos los partidos políticos tendrán legitimidad para gobernar España. Por un lado, reducirán al máximo los espacios de actuación del Jefe del Estado, especialmente cuestionarán su función de arbitraje, mediación y moderación para que funcione el sistema democrático, y, por otro lado, cuando los partidos constitucionalistas protesten contra esta infamia antidemocrática, tratarán de deslegitimarlos alegando una supuesta apropiación de la institución de la Corona para sus intereses de partido. Para el Frente Popular Separatista cualquier medio será válido, sin reparar en su perversidad, si es para deslegitimar y, si llega el caso, ilegalizar a la Oposición. Se trata de matar el sustento liberal del régimen democrático: la Nación. Lo decisivo es que en España no quepan todos. El derecho superior de la Nación, por decirlo con un filósofo mayor de la nación española, sobre todo lo que es parte, clase, clientela o grupo, es atacado sistemáticamente por este gobierno de Frente Popular Separatista.

Este Gobierno ni siquiera gobierna para la mitad de la población, porque el primer y quizá único objetivo del Gobierno es satisfacer a la minoría que trata de reventar por completo el Estado. No sólo no se pondrá jamás en la situación del otro, sino que se se trata de eliminarlo. El Jefe de Gobierno es sólo el representante de una facción dentro de la suma de particularismos. Después de haber sido troceada, desaparecida casi por completo la Nación en algunas zonas de la península, la soberanía popular ha sido asaltada en el acto de inauguración de esta legislatura no sólo por los que se han ausentado para cuestionar la institución de la Jefatura del Estado, sino por los que han consentido esa tropelía. Mientras que los comunistas y socialistas simulaban respeto al Rey en el día de fiesta, alentaban el trabajo sucio de sus socios separatistas contra el Parlamento de España, que les mantiene como parasitos los días laborables. Ni siquiera hubo un aleve comentario por parte del Gobierno al comportamiento anticonstitucional de sus socios. En verdad, esa actitud gubernamental forma y conforma el tipo de sociedad encanallada que vivimos: la aceptación sumisa y ovejuna de una irregularidad.

La ideología del Poder político y de la mayoría de los medios de comunicación compiten no sólo para que traguemos con todo tipo de anormalidades, sino también para que nos adaptemos a ellas de modo natural. Nadie parece ya sorprenderse por estas tropelías. Nos han acostumbrado a que lo venidero aún será peor. Vivimos encanallados por el poder político. El Estado de Derecho se cuartea por todas partes. La mentiras y más mentiras del Presidente del Gobierno es solo una forma de ejemplificar qué tipo de sociedad quiere imponer a España esta coalición gubernamental. La actuación de la Presidenta de las Cortes, permitiendo que los separatistas cuestionen nuestra democracia, es otra forma de comportamiento irregular, casi criminoso, que se nos pretende hacer pasar por normal… Así no puede mantenerse con decencia un Estado.

La enfermedad de España, más que económica y social, es moral. La indecencia moral de un gobierno que solo defiende sus intereses particulares, la carencia de autolimitación política de un presidente de Gobierno a la hora de utilizar todas las instituciones y, en fin, la servidumbre voluntaria a la que se somete el gobierno de España ante los separatistas catalanes, están al alcance de cualquier analista que trate de desentrañar esta mal endémico de España. Los poderosos de La Moncloa no se esconden y reconocen con descaro que rendir la moral, la dignidad, es el precio que pagan con gusto a quienes apoyaron la moción de censura y, más tarde, los mantiene en el poder. La escenificación de esa "política" se ha llevado a cabo con la visita de Sánchez, un presidente carente de legitimidad democrática, a Torra, un presidente ilegal por sentencia de un Alto Tribunal de justicia. La reverencia del primer asesor de Sánchez, un tal Redondo, a Torra es la mejor imagen sobre quién tiene más poder en el gobierno del Frente Popular Separatista.

A todo ese conglomerado de "actores políticos", que conforma el gobierno de España, les une una misma ideología: dar fin a la Transición, a la Reconciliación entre los españoles, para entrar en una etapa de exclusión de quienes no se plieguen a lo dictado por el poder. El lunes, día 3 de febrero de 2020, se inauguró una etapa legislativa sin que se cumpliese el precepto mínimo que el gobierno le debe a los españoles: respeto a la Unidad de España. A la Nación. La carencia absoluta de respeto de este gobierno a quienes quieren seguir siendo españoles, es decir, defienden la Unidad de España, es el paso decisivo para destruir por completo la Nación que es el fundamento del régimen democrático.

Los particularismos de esa coalición de partidos políticos han sustituido a la Nación. Cuando se excluye al otro, cuando se trata de deslegitimar a la Oposición, estamos al borde de la desintegración. Se ha perdido casi por completo la conciencia de que se está sirviendo, por decirlo con Ortega y Gasset, a una empresa histórica común. Cuando no se tiene voluntad de participar en lo común, entonces desaparece toda idea de Nación. Porque la Nación no es sólo un territorio, una tradición, una historia, unos caracteres más o menos comunes, una lengua, etcétera, sino sobre todo una voluntad de construir algo en común. De asumir un destino. He ahí la aportación clave de Ortega y Gasset a la construcción de la nación española:

"La idea de Nación expresa el deber de quebrar todo interés parcial en beneficio del destino común de todos los españoles. Hay que imponer el derecho superior de esa comunidad de destino sobre todo lo que es parte, clase, clientela o grupo. La Nación es el nombre de la obra común que hay que hacer y es, a la par, el sistema de condiciones ineludibles sin las cuales España no puede subsistir ni progresar"[1] .

Sobre este fondo, que marca nuestra más inmediata actualidad, repasaré un par de ideas de Ortega y Gasset sobre la idea de nación que pudieran tener cierta viabilidad para aquí y ahora. Para el filósofo madrileño España es, sin duda alguna, un destino, pero eso no significa fatalismo. El destino es una rica categoría filosófica en su pensamiento, que supera, asumiéndolo, eso que el destino tiene de "necesidad ineluctable". No es el destino del hombre como el de una piedra. "Lo esencial del destino es que siendo inexorable exige y permite que lo aceptemos o no" [2] . Referida a la Nación la voz destino en la obra de Ortega no significa otra cosa que un camino que se hace a sí mismo. Es un permanente quehacer colectivo. Es una opción voluntaria, libre, que se ejerce a a cada paso, pero insoslayable como la vida humana. No hay en Ortega componente alguno que tenga que ver con el fatalismo. Nada tiene que ver la filosofía de Ortega con la vulgata o vulgaridad de quien se queja: "soy español porque no puedo ser otra cosa". Falso. El español es porque quiere ser. Es la libertad de hacerse lo que define a España.

La opción voluntaria de llevar a cabo un proyecto de vida en común es el factor decisivo que define la Nación. Naturalmente, esa voluntad a todas luces política de un quehacer colectivo no tiene porque enfrentarse o contradecirse por otros aspectos de la vida colectiva. Rompe, pues, Ortega con el fatalismo y llama ciudadano español solo a quien participa voluntariamente en la construcción de una comunidad o bien común. Resulta, pues, aventurado acusar a Ortega de caer en el "nacionalismo" español, según acostumbran los ideólogos de los separatismos catalán y vasco, toda vez que no tiene pretensión de definir España a través de unas notas originales o imperecederas de nuestro modo de ser colectivo. Ese ser colectivo no es definitivo. Se construye día a día. La Nación es, sobre todo, un proyecto político. Bien vio y estudió ese proyecto político de Ortega y Gasset, un extraordinario historiador, menos alejado de lo que creen sus discípulos, por ejemplo, Carmen Iglesias, de las formas clásicas de hacer historia de las identidades nacionales. Jose Antonio Maravall [3], falangista de primera época y fiel colaborador del franquismo cultural, padre de José María Maravall, que fuera ministro socialista en la época de Felipe González, destacó ya en el año 1934, en la revista Cruz y Raya, y en 1984, en Cuadernos Hispanoamericanos, el alejamiento de Ortega de cualquier historiografía nacionalista.

Sin embargo, eso no significaba, en mi opinión, que el concepto de Nación de Ortega se despidiese o rompiese por completo con la tradición historiográfica que define España en términos psicológicos, caracterológicos, es decir, a partir de un carácter común colectivo. Tales notas ontológicas tenían su importancia, pero pasaban a un segundo plano, cuando no desaparecían. Hablamos de la época en que España era el problema y hallaría en Europa la solución. Pero esa época pasó, algo de lo que aún no se han enterado algunos críticos actuales de Ortega, que siguen ironizando sobre la expresión de Ortega: "España es el problema y Europa la solución". Pasó, sí, porque entre la España del año diez y los treintas del siglo pasado sucedieron muchas cosas. España se puso al día y salió Europa, aunque le cortaron las alas pronto, y llegó el ensayo de la Segunda Guerra Mundial, nuestra Guerra Civil, pero por entonces, desde 1932 en adelante, Ortega cambió el eslogan radicalmente: El problema ya no es España. El problema nos viene de fuera. Tenía nombres y apellidos: fascismo y comunismo.

Ortega comienza por ese tiempo, cuando escribe el Prólogo para una edición de sus obras, 1932, después de que se ha retirado por completo de la vida política, una revalorización de las tradiciones culturales hispánicas. En fin, la preocupación primera de Ortega no fue estudiar una serie de cualidades o notas que llevamos inherentemente los españoles por haber nacido aquí. No son, en efecto, las llamadas "alma colectiva" y "alma nacional", que nos harían diferentes de otras comunidades, asuntos que preocupasen demasiado al primer Ortega. Eso fue asunto clave de la historiografía de Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, Altamira y muchos otros, pero para Ortega lo que definía a España era la voluntad de construir algo en común. Paradójicamente esa voluntad fuer reforzada en una segunda etapa de su obra, especialmente cuando regresa a España de su exilio, por el estudio de lo que podríamos llamar sin muchos miramientos los "caracteres" nacionales, "alma colectiva" y hasta "espíritu nacional". Esto es algo que ha visto con gran perspicacia el humanista español Ciriaco Morón Arroyo al decir: "Ortega parece haber vivido España con el entusiasmo del exiliado que vuelve. Corrió sus caminos y se embebió en la vida de sus pueblos, como si le fuera a faltar tiempo. Así, quien comenzó su carrera denostando del "alma nacional" como un fantasma de mentes sin rigor, se pasó la vida caracterizando a España, a las regiones y a Europa. El catálogo de sus psicografías y el estudio de sus razonamientos y contextos podrían inspirar otro precioso libro" [4].


[1] ORTEGA Y GASSET, J.: Obras completas, IX, Taurus/Revista de Occidente, Madrid, 2009, pág. 35.

[2] ORTEGA Y GASSET, J.: La rebelión de las masas. Tecnos, Madrid, 2003, pág. 408.

[3] Maravall, J. A.: " La incitación al destino", en CRUZ Y RAYA, nº 7, 1934. MARAVALL, J. A.: "La aportación de Ortega al desarrollo del concepto de nación", nº. 403/5, enero-marzo 19894.

[4] MORÓN ARROYO, A.: El "alma de España". Cien años de inseguridad. E. Nobel, Oviedo, 2013, pág. 170.

A continuación