En Europa se mata a diputados, Juliana

Pedro Fernández Barbadillo

A Enric Juliana le definió así Manuel Trallero:

"Ejerce de gurú de la llamada cuestión catalana por los mentideros del Oso y el Madroño y es lo que ese embajador de mentirijillas de Corea del Norte en Cataluña, pero como de la Cataluña pre-independiente en esa capital del Tíbet, llamada Madrid".

Sus plúmbeas y pedantes crónicas están escritas para, por un lado, confirmar a los lectores catalanistas de La Vanguardia en su superioridad respecto a los demás españoles, y, por otro lado, para deslumbrar a los paletos de Moncloa, sean Rajoy o Sánchez, y convencerles de que él, hombre culto y viajado, es el piloto adecuado para guiarles a través de la política europea y el traductor de confianza, no sólo de las voces, sino de los sentimientos de Cataluña, esa señora incomprendida en la árida Meseta.

En una de sus últimas crónicas, Juliana ha publicado unas frases en las que compara la cruel y despiadada España, sobre todo su lado derecho, con esa Europa con la que el catalanismo siempre pretende compararse para ganar unos centímetros de altura moral.

"En los países europeos de sólida tradición democrática ningún diputado ha de ir con escolta por miedo a las injurias y las amenazas de quienes desean que cambie de voto. España europea o regreso a la España de los castillos, este es el gran dilema que deja el debate de investidura"

¿Por qué aparecen aquí "los castillos"?, ¿no salvaron ellos a España, Cataluña incluida, de ser musulmana? Quizás es una burda asociación a Vox, al que llamó hace un mes "partido nacional-castellano". De nuevo aparece el marco conceptual de los catalanistas: castellanos intolerantes y retrógrados, frente a catalanes europeos y abiertos. Algunos se creen cronistas de cardenales renacentistas cuando no pasan de juntaletras sin imaginación.

Repasemos la política europea del siglo XX y de parte del XXI para comprobar que España, a pesar de lo que creen sus odiadores, no es una excepción ni una anormalidad en Europa (salvo por la existencia de una izquierda que detesta la nación que pretende representar). Recuérdelo, amigo lector: los nacionalistas siempre mienten.

Magnicidios y terrorismo al norte de los Pirineos

En los años de entreguerras, cuando la violencia y la frustración de los frentes militares empaparon las sociedades europeas, abundaron las bandas de pistoleros y matones con ‘nobles propósitos’. En las luchas políticas, se mataron al presidente del Gobierno español Eduardo Dato (1921), al ministro alemán Walther Rathanau (1922), al diputado socialista italiano Giacomo Matteotti (1924), al rey de Yugoslavia Alejandro I en Marsella (1934) y al diputado monárquico español José Calvo Sotelo (1936).

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Cadáver de Calvo Sotelo

Contestará Juliana que eran otros tiempos, cuando hasta el bonachón de Josep Pla huyó de Madrid en la primavera de 1936 debido a las amenazas de muerte que recibió y luego se adhirió a los militares sublevados en 1936. Pero en Mayo del 68 rebrotó la violencia terrorista, que se extendió en los años 70 y 80 por Europa Occidental. En España, ETA asesinó desde 1973 a un presidente del Gobierno, a un ex presidente del Tribunal Constitucional, a presidentes de Diputación y a numerosos concejales del PP y del PSOE. Pero, claro, esto sucedía en un país bronco, casi africano.

Miremos a esa Europa que Juliana, al modo de Ortega y Gasset, nos propone como modelo y solución. En 1978, después de matar a sus cinco escoltas, las Brigadas Rojas secuestraron y asesinaron al diputado italiano Aldo Moro. En 1980, el diputado Piersanti Mattarella fue asesinado en Palermo debido a sus planes para perseguir a la Mafia, que le enemistaron hasta con sus compañeros de partido; su hermano es presidente de la república italiana. Desde el otoño de 2019, la senadora italiana Liliana Segre tiene protección policial.

Bueno, pero Italia, aunque Juliana fue corresponsal en Roma, tiene costumbres sanguinarias, probablemente heredadas de la presencia española durante siglos. ¡Si Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Milán hubieran sido gobernados por catalanes y no por aristócratas castellanos nombrados en el frío Escorial por reyes que asistían a corridas de toros y autos de fe, Italia habría adquirido los refinados modos de la alta burguesía catalana! Movámonos al norte.

La violencia ha regresado

En 1994, la diputada francesa Yann Piat fue asesinada en la Costa Azul por dos sicarios. En 2002, en vísperas de unas elecciones parlamentarias, un activista de los ‘derechos de los animales y del medio ambiente’ y pro-musulmán mató a tiros al diputado holandés Pim Fortuyn. Sin salir del reino de los Países Bajos, el diputado Geert Wilders y su esposa viven rodeados de policías, debido a las amenazas de muerte y los intentos de asesinato por sus ideas políticas. En 2016, días antes del referéndum sobre el Brexit, otro solitario mató a la diputada laborista Jo Cox; el anterior diputado británico asesinado por motivos políticos fue el conservador Ian Gox, en 1990, al que el IRA mató con una bomba colocada en su coche.

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Forenses trabajando en junio de 2016 en la escena del crimen de Jo Cox

En Alemania, el enrarecimiento del debate público está causando que numerosos diputados hayan recibido amenazas por criticar el velo musulmán, por acoger refugiados en su casa, por expresar sus ideas…

Y no podemos concluir esta lamentable lista sin mencionar al primer ministro sueco Olof Palme, asesinado en 1986. Paseaba con su esposa por Estocolmo sin escolta, como le gusta a Juliana. La eficacísima y educada policía de la de ese paraíso socialdemócrata que era Suecia, según el imaginario del periodista catalán, no ha sido capaz de encontrar al asesino ni desvelar la trama del magnicidio.

En la Europa "de sólida tradición democrática", la violencia es cada vez más frecuente, aunque sin alcanzar por fortuna los ‘años de plomo’ de las bandas terroristas, casi todas ellas de extrema izquierda, por cierto.

El diputado escocés Jim Murphy tuvo que suspender su campaña en contra de la independencia de Escocia ante las agresiones de los nacionalistas. Éstos, organizados en grupos, boicoteaban sus actos y hasta amedrentaban a los participantes. Igual que pasa en las universidades catalanas cuando se presenta un político no separatista. Aunque aquí no se trata de que cambien de voto, sino de que no existan, de que desaparezcan.

Si Juliana quiere hacer verdadero periodismo de investigación, estilo Cake Minuesa, puede ponerse una insignia con la bandera de España en la solapa y pasear por algunos pueblos catalanes a poco más de cien kilómetros de Barcelona, a ver qué le dicen sus paisanos. Y nos cuenta la vida en la ‘Dinamarca del sur’, en vez de la atronadora "trompetería golpista" que escucha en Madrid.

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