España y su anomalía histórica

Agapito Maestre

Sutileza, audacia, ingeniosidad y originalidad son virtudes que acompañan la obra de Américo Castro, según su gran contradictor Sánchez Albornoz. Si yo hubiera tenido que resumir en una frase la importancia de la obra de Américo Castro, no habría hallado mejores adjetivos que los utilizados por don Claudio; pues que "historiar", indagar la genuina realidad histórica de España, centrándose en las personas que son conscientes de tener un proyecto futuro de convivencia por haber realizado algo en común, es tan sutil, audaz, ingenioso y original que nadie hasta que llegó Américo Castro lo había intentado. Nadie se había planteado historiar "todo" aquello que los propios españoles pensaban y sentían de ellos mismos.

La narración histórica de ese sentir colectivo "desde" este mismo sentir, o sea sin simular que el "narrador-historiador" es un observador imparcial de su propia realidad, aparte de ser una gran novedad en la historiografía española, corre el riesgo de caer permanentemente en la parcialidad o subjetividad del narrador. Castro es consciente del problema y nos propone una tarea paralela, a todas luces de corte filosófico, a la del propio trabajo del investigador del pasado, a saber, es necesario reconocer que sin la comprensión del "sentir colectivo" de los españoles no hay historia de España. Es inviable a los ojos de Castro una reconstrucción del pasado español sin una teoría filosófica de la historia de España, que pasa por cuestionar la historiografía dominante que consideraba que la monarquía de los Reyes Católicos representaba la gloriosa culminación de los siglos de Reconquista.

Hacerse cargo del sentir colectivo de España es tanto como reconocer que España es diferente al resto de Europa. Algo que la historiografía de su época y de la nuestra nunca aceptó de buen grado. Mas será esa específica singularidad histórica, ese "España es diferente", determinante de la obra de Castro a partir de 1938, es decir, cuando en plena guerra civil este hombre se plantea de modo radical: "¿Por qué el hombre hispano es capaz de matar y matarse?" [1].

Mil formas intelectuales se han ensayado para dar una respuesta convincente a esa cuestión, pero todas ellas están abocadas al fracaso si persisten en utilizar las mismas categorías intelectuales, moldes y conceptos que se utilizan para entender a otros países de Europa. La historia de España exige otros criterios para ser comprendida que, dicho sea en corto y por derecho, tienen que agruparse o desarrollarse en torno a una "forma de vida" genuinamente española. A esa manera española de vivir Américo Castro le llama "vividura", que pronto fue puesta en cuestión por todos sus críticos, por ejemplo, su viejo amigo, el poeta Juan Ramón Jiménez, cuestionó la originalidad del término que servía de base a la construcción, sin duda alguna, filosófica de nuestro protagonista:

'Vividura y moridura con buena cara se apuran', oí decir, de muchacho en Sevilla, a un zapatero del portal de mi estudio (…). Y en Moguer, el aperador de mi padre, por la época en que se nos perdieron las viñas y se implantó la vid americana, solía decirme moviendo la cabeza: 'Señorito Juan, esta cepa riparia es de poca vividura'.

Esto era cuando yo tenía dieciséis años, y ahora tengo setenta y dos. Bueno, pues ahora, a esta vejez mía corporal de andaluz enamorado de mi lengua, oí decir en este primoroso Puerto Rico que mi querido Américo Castro, historiador tan leído y escribido, que no nació en España y, por lo tanto, no mamó el español, dijo que él había inventado no sé que palabras españolas, entre ellas 'vividura'.

Yo le recomiendo a mi amigo, recordando los días de la Residencia de Estudiantes, que se dé una vueltecita por Andalucía y se deleite con el arte verdadero de inventar o de repetir lo tradicional como si fuera inventado. [2]

Extensa es la cita del poeta, pero confirma, sin pretenderlo, que la noción de vividura, fundamento de toda la obra de Américo Castro, no es una "coladura", como dice Juan Ramón Jiménez de su amigo Américo, sino su principal y radical seña de identidad española. Seña, sí, poética. Vital. ¡Qué más da que la palabra vividura hubiera sido inventada por el aperador del padre de Juan Ramón Jiménez o por un zapatero de Sevilla! Lo decisivo es cómo la llena de contenido Castro. Vividura es la noción clave para llevar a cabo una historia sobre seres humanos concretos. Nada que ver con esa historia que se refiere a lo genérico: "la lucha de clases, la renta per cápita, lo enumerable y lo medible, la geografía".

La preocupación primera de Américo Castro no será la herencia del pasado, ni el "carácter" de los españoles, ni el "alma nacional", que presuponen la existencia de España y los españoles ya en los orígenes brumosos de la aparición del hombre sobre la tierra, sino el proyecto de futuro contenido en la "morada vital" de quienes, a partir de un determinado momento de la historia, ya no se entienden fuera de ella:

La intelección de la historia de un pueblo requiere (…) articular la ininterrumpida sucesión de lo acontecido en un espacio geográfico con la sucesiva aparición de sujetos-agentes históricos que adjetivan como suyo lo acontecido desde un cierto momento del fluir histórico. Al espacio humano abarcado y limitado por los 'nosotros' de la historia vengo llamando desde hace tiempo 'morada vital'. Y a la conciencia de sentirse existiendo en esa 'morada' (como cuando se dice 'nosotros los ingleses', o 'los franceses', etc.), le he dado el nombre de 'vividura'.[3]

Esa vividura, genuina conciencia de sentirse español, es la mayor aportación de Castro contra eso que él ha llamado la principal anomalía de España: la forma "mítica" de enfrentarse a su pasado. Castro cuestiona a los estudiosos que parten de creencias míticas de los españoles respecto de sí mismos, adoptadas acríticamente por sabios extranjeros, que "dan por válida la fe de los españoles en cuanto a poseer una 'esencia' a prueba de milenios. No habiéndose planteado nunca correctamente el problema de quienes fueron los españoles, ni desde cuando los hubo, acabó por prevalecer la creencia de ser espontánea y ucrónica la primera aparición de los actuales habitantes de la Península (…). Una fe simple y ardiente, refractaria al razonar, posee más eficacia comunicante que el más estricto análisis racional, de suyo menesteroso y problemáticos -más pronto o más tarde". [4]

Los españoles, sí, les cuesta reconocerse

Pero la anomalía histórica de España no se se agota en una cuestión de métodos más o menos acordes con la realidad historiada, sino con la resistencia de los propios historiados a ser comprendidos, según los cánones de una genuina historia. Los españoles, sí, les cuesta reconocerse en su historia:

Las historias escritas mientras el pueblo objeto de ellas aún existe, contienen una cantidad mayor o menor de disimulos, de torceduras de sentido o de ocultaciones. En las historias de los pueblos ya idos (…) los enredos y las discrepancias se producen entre los historiógrafos, no entre el escritor y los por él historiados. Mas en el caso de España y de los, desde el siglo XIII, llamados españoles se da el extraño fenómeno de que los historiados -muy vivos y coleantes- se niegan tenazmente a despojarse de las vestimentas y arrebujos tras los cuales vienen disimulando sus auténticos cuerpos. Tanto, que esos envoltorios, más o menos vistosos, han llegado a formar parte de su piel, y cuando se intenta poner ésta al descubierto, gritan y alborotan como si el pobre historiador estuviera desollando a los españoles, y no tratando de hacerles ver quiénes son". [5]

¿Qué ha descubierto Castro para dejar desnudos a los españoles? ¿Qué cosa tan terrible ha dicho Castro para que se le tiren a su yugular los otros "historiadores" y los historiados? ¿Cuál es exactamente la realidad histórica descubierta por Castro que tanto molesta a los españoles? Tiendo a pensar que don Américo ha mostrado una de las "esencias" de los españoles, a saber, su recelo a verse desnudos, o peor, su cerval miedo, quizá cobardía, para enfrentarse al componente semítico, constituyente, de su ser español. Es como si todos, incluidos los ateos y los agnósticos, quisiesen ser, por decirlo al modo tradicional, "cristianos sin mancha", "cristianos viejos". Puros. Somos, por qué no usar la palabra, fundamentalistas. Gente que sataniza o santifica por entero, o sea sin distingos y matices. Nadie mejor que Castro nos ha hecho ver que nuestra acción en el mundo tiene algo "dividinal", un componente religioso, que no se da en otros países de Europa, y que es el resultado final de nuestro entrecruzamiento judeo-cristiano-morisco. Los españoles, sí, somos cobardes, oso derivar esta contundente conclusión de la obra de Castro, porque nuestra manera de vivir, desde la Reconquista hasta la Guerra Civil, no está vertebrada sobre nuestras propias fuerzas, sobre lo que cada "uno" de nosotros somos, sino que "se vive confiando en algo que está y acontece fuera de lo que uno hace".[6]

Tenemos miedo de hacer y actuar por nuestra propia cuenta. Tenemos miedo a reconocer lo que somos y podemos conseguir sin la ayuda de lo Otro, de lo totalmente Otro, en este mundo. Tenemos, pues, miedo de ser por nosotros mismos. Y sobre todo no hemos conseguido aceptar de modo natural que el cristianismo es, por encima de cualquier otra consideración, un laicismo. El cristianismo paulino, ese que distingue con precisión el cielo de la tierra, siempre fue nuestra asignatura pendiente. Es obvio que esta forma de vida, estructurada "desde" y por la trascendencia religiosa, tiene que chocar permanentemente con todos los intentos "de crear formas de Estado fundadas en razones 'neutras' y tendientes a hacer posible y convivible la existencia de todos los españoles". [7]

¡Católicos y ateos son igual de integristas!

Así las cosas, no me extraña que don Américo haya sido rechazado. ¡Quién es el valiente que asume en este país una verdad de ese calibre! ¡Católicos y ateos son igual de integristas! Otros dirían exagerados, tercos y brutos. No se trata de la cólera del español sentado sino de algo más grave… Pero lo cierto es que "el hombre hispano", según ha demostrado con creces Castro, "es capaz de matar y matarse en defensa de 'su' religión, de aquel mundo suyo, en el cual reinan su voluntad, su sueño y su capricho. Se sentiría perdido en un mundo de veras regido por leyes que él cree no podría infleccionar con su voluntad. Para que tal mundo no surja, es capaz de cometer los crímenes y las crueldades más horrendas, incompatibles con el más elemental cristianismo. Vista a esta luz, la Guerra Civil (1936-1939) ha sido la lucha entre la vieja religiosidad de la 'casta', petrificada por los siglos, y un ensayo de nuestra religiosidad, de creación de otra órbita trascendente, vaga y nubosa, en la cual se combinara el 'me da la gana' español con un proyecto utópico de felicidad universal. Lo restante -fascismo, comunismo- son sistemas importados, a fin de colmar los vacíos creados por el predominio -en último análisis semítico- de la creencia". [8]

Por ese camino, por ese reconocimiento histórico de que la casta de los hispano-godos no se entiende sin su lucha y acercamiento, sin su aproximación y distancias, con las castas islámica y judaica, pocos en España han estudiado con tanta sutileza como Castro la peculiaridad del catolicismo español en nuestra "cultura" en general, aunque yo me atrevería a decir que sus más grandes aciertos están en sus análisis literarios. "La religión española -escribirá hacia la mitad de su obra mayor- está basada en un catolicismo muy distinto del de Roma y Francia, para no hablar del norteamericano. Es una forma de creencia característica de España, sólo inteligible dentro de la peculiar disposición 'castiza' de su historia. La religión española -como su lengua, sus instituciones, su escasa capacidad para la ciencia objetiva , su desborde expresivo y su personalismo integral- ha de ser referida a los 900 años de entrelace cristiano-islámico-judaico". [9]

Sin este entrecruce, y ahí reside la principal aportación de Castro a la historia de España, no es posible entender lo español, España. Ésta es la principal tesis que trata de rebatir Claudio Sánchez Albornoz, quien no está dispuesto a reconocerle que esa forma "violenta", "teocrática", de ser español sea producto de esa larga y conjunta experiencia medieval entre moros, judíos y cristianos.

Carácter agresivo y "vasallático" de nuestra religiosidad

En efecto, aunque Sánchez Albornoz reconoce el carácter agresivo, violento y "vasallático" de nuestra religiosidad, trata de persuadirnos de que esa forma de ser español, es decir, de entender lo religioso, es muy anterior a la llegada de los musulmanes:

No puede ser casual que fuera un andaluz, Trajano, quien por primera vez definiese como delito la disidencia religiosa en una carta a Plinio, y que el conquense Teodosio, impusiera a todos sus súbditos la fe católica-romana y persiguiera a los herejes. Si en el año 380 nacía así el sistema coordina de los grandes poderes: el catolicismo estatal y el Estado católico, por iniciativa de un español, los españoles, convertidos al cristianismo, se lanzaron con tal pasión a la destrucción de los templos de los viejos dioses que su furia hubo de ser frenada por una Consitutio de los emperadores Arcadio y Honorio. ¿Cómo no ver en aquellas medidas y en esta actitud el resultado de la singularidad de los hispanos primitivos? [10]

Este texto nos sitúa en el centro de la disputa entre Castro y Sánchez Albornoz; independientemente de las críticas a que pudiéramos someterlo por suponer, sin duda alguna de modo racista o determinista, que los hombres de la "Hispania Romana" pertenecían a un pueblo violento muy diferente de los otros pueblos del Imperio Romano, la cita de don Claudio nos muestra una manera de hacer historia, por decirlo suavemente, peculiar. Es como si entre el pasado romano de Hispania y el comienzo del Estado moderno no hubiera pasado nada, o peor, todo lo sucedido estaba ya determinado por nuestra manera de ser romana y, posteriormente, visigótica. Musulmanes y judíos casi desaparecen de nuestro modo de ser. Esto es, en verdad, lo que Castro llama nuestra anomalía histórica que él desmonta con su mejor y peor entender, a veces acertando y otras equivocándose, pero siempre con el fin de mostrar que nuestra "religión vasallática" y la "guerra divinal", asunto clave de la forma de ser español, son la consecuencia de la lucha y ósmosis de tres pueblos judío, moro y cristianos-visigodos, durante la Edad Media, que poco tiene que ver con el resto de Europa.

su-jose-jimenez-lozano-171209.jpg
José Jiménez Lozano

Tiempo habrá de desarrollar la principales tesis de Sánchez Albornoz contra Castro, que tendrá sus más fervientes seguidores entre aquellos historiadores profesionales que están antes preocupados por clasificar datos y acontecimientos que por pensar y filosofar qué es la "vividura" o la "morada vital" de los españoles, pero para acabar esta entrega quizá merezca la pena citar a un castrista, a un gran escritor católico español, quien ha tomado pie en el pensamiento de Castro para construir una de las obras más coherentes de la literatura española actual. Me refiero a José Jiménez Lozano. El autor, el pensador, que ha hecho de las ideas de don Américo una seña de identidad clave de su obra, escribe que Américo Castro ha calado en el alma española, porque nos ha hecho visible el carácter religioso de ese cruce de tres pueblos durante todo el medievo:

De no haber existido estas circunstancias, de no haber sido España, durante toda la Edad Media, frontera pacífica hoy y sangrienta mañana, frontera espiritual y física de esas tres maneras de ser hombres, de muy otra manera sería también nuestra contextura religiosa de ayer y de hoy. Pero el cristiano español se vio precisado a defender su credo y el suelo de su patria frente a los moros y los judíos, y luego al convivir en paz con ellos, no pudo evitar que ese mismo credo y las actitudes espirituales en que se se expresaban quedasen contagiados del judaísmo e islamismo, entrañables enemigos fraternos del catolicismo español. Las sinagogas y mezquitas que pasaban a ser templos cristianos con la misma facilidad con que las catedrales e iglesias pasaban a ser mezquitas, el rito mozárabe con su triste y lánguida melopea que todavía puede escucharse en los cantos litúrgicos de muchos sacristanes de las aldeas castellanas, el gobierno clerical de rabíes y alfaquíes entre moros y judíos y de clérigos entre cristianos o el sentido de casta y de pueblo escogido son solamente unas pocas muestras externas de esa conjunción de ´talantes` judíos, moros y cristianos. [11]


[1] CASTRO, A.: La realidad histórica de España. Porrúa, México, 1973, pág. 245.

[2] JIMÉNEZ, J.R.: Antolojía jeneral en prosa (1898-1954). Biblioteca Nueva, Madrid, 1981, pág. 1045.

[3] CASTRO, A.: Sobre el nombre y el quién de los españoles. Sarpe, Madrid, 1985, pág. 141.

[4] Ibídem, pág. 255.

[5] Ibídem, pág. 273.

[6] CASTRO, A.: La realidad histórica de España, op. cit., pág. 244.

[7] Idem.

[8] Ibídem, pág. 245.

[9] Ibídem, pág. .

[10] SANCHEZ ALBORNOZ, C.: España, un enigma histórico. Edhasa, Barcelona, 1991, t. I, págs. 243 y 244.

[11] JIMÉNEZ LOZANO, J.: Meditación española sobre la libertad religiosa. Ariel, Barcelona, 1966, págs. 30 y 31. Cfr. también Jiménez Lozano, J.: "El aporte del profesor Américo Castro a la interpretación del sentimiento religioso español", en Estudios sobre la obra de Américo Castro (editado por P. Laín Entralgo y A. Amorós). Taurus, Madrid, 1971, págs. 211 y ss.

A continuación