A vueltas con España: España en el exilio. 'Las Españas'

Agapito Maestre

El exilio español del año 1939 creó dos ideas muy diferentes de España. Permítanme la exageración: por una parte, hubo un grupo importante que repensó las bases de España una, grande y libre, que coincidía al menos en los propósitos con la España que pensaban los intelectuales del franquismo, y, por otro lado, existieron unos cuantos autores del exilio que, quizá con sus mejores intenciones y sin que ellos lo pretendiesen, sentaron las bases ideológicas de la actual destrucción de España. Mientras que los primeros se apoyaron en unos estudios historiográficos de reconocimiento académico casi universal, los segundos, llamémosles "federalistas", tenía unas bases historiográficas tan débiles que los grandes estudiosos de la historia de España han tendido a despreciarlos.

Si tuviera que resumir en grandes obras esas dos tendencias, citaría para los defensores de España las obras de Américo Castro (1941: The meaning of the spanish civilitation. 1948: España en su historia. 1952: La realidad histórica de España) y Claudio Sánchez Albornoz (1956: España. Un enigma histórico); en efecto, a pesar de sus grandes diferencias, Castro y Sánchez-Albornoz jamás cuestionaron la existencia de España, de lo español. Por la otra parte, sin duda alguna, los documentos más importantes fueron los publicados por la revista Las Españas, cuyos principales autores fueron José Ramón Arana, Pedro Bosch Gimpera y Anselmo Carretero Jiménez.

Pero antes de adentrarnos en el parecer de este último autor, que tanto ha inspirado el último embate contra la Nación española, en realidad, contra lo español, del PSOE de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, pongan entre paréntesis la opinión que les acabo de ofrecer sobre "España en el exilio". Es tan sucinta como dogmática. Olvidémonos de ella y acompáñenme, por favor, a dar un paseo por una anécdota histórica. Descendamos a la complejidad de la vida real de los exiliados. Sus contradicciones nos dan vida para pensar España y su historia. Reparemos unos instantes en las complicadas relaciones entre los exiliados en el extranjero y los llamados "exiliados" del interior. He aquí la "anécdota": el último presidente de la Segunda República en el exilio, un católico de comunión diaria, que fue acusado de cobarde por Azaña por no regresar a España al estallar la guerra, escribió a la muerte de Ramón Menéndez Pidal: "Hombre de izquierda, faltó a don Ramón valor para sumarse al grupo que hemos preferido el exilio a la vida bajo el régimen que triunfó en la guerra civil. Si él, Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Américo Castro y otros como ellos hubieran permanecido insumisos y al margen, habría habido una tercera España que habría quizá cambiado los destinos de todos los hispanos. Pero, tal vez, si don Ramón me hubiera consultado, le hubiese dicho. 'vuelva usted a sus libros'". (Sánchez-Albornoz, C.: Dípticos de Historia de España, Espasa Calpe, Madrid, 1982, pág. 45).

Y eso fue, exactamente, lo que hizo Menéndez Pidal, durante el régimen de Franco, regresó del exilio del 36, que se produjo por la llegada de la guerra y el temor a perder las libertades, y se concentró en sus libros, dirigió la Real Academia de la Lengua hasta su muerte y, naturalmente, cuando hubo ocasión, firmó un par de manifiestos contra alguna actividad represora del franquismo. De las sinceras palabras de don Claudio, que recogen todas las contradicciones de un un liberal y conservador anticomunista al mismo tiempo, católico y republicano, se desprende no sólo un tono conciliador con la conducta de Menéndez Pidal, después de la guerra civil, sino que parece dudar de que su propio sacrificio, su exilio voluntario, hubiera valido la pena. Después de todo, la grandiosa obra de Sánchez-Albornoz, como la no menos relevante de su maestro don Ramón y también la de Américo Castro, daban cobertura, naturalmente, sin pretenderlo, a los dos principales objetivos del régimen de Franco: defender la unidad de España y transmitirla tal cual a quienes le sucedieran en la gobernabilidad del Estado.

Y es que, se mire por donde se mire, las obras de Menéndez Pidal y sus dicípulos, Américo Castro y Claudio Sánchez-Albornoz, son tres grandes columnas del "ensayo filosófico", por decirlo con la terminología y, por supuesto, con la filosofía de fondo de Gustavo Bueno sobre España. Su defensa de la unidad de España, de lo español, es inequívoca. Unidad no significa uniformidad y mucho menos unitarismo, sino conformidad de cosas diferentes en otra distinta. Eso distinto es lo español. España. Esas obras representan algo más que visiones "parciales" de España. Son auténticas filosofías de la Historia de España, continuación grandiosa de los grandes ensayos filosóficos que sobre España se ha escritos desde Quevedo y Jovellanos, pasando por Juan Valera, Menéndez Pelayo, Ortega y Gasset, hasta nuestros días. ¿Cuáles son los vínculos clave de esos grandes libros? Todos vuelven a la cuestión, casi genética, que todo español lleva en sus venas: ¿Qué es España?

Después de la Guerra Civil, se hizo urgente responder la pregunta, entre otras cosas, para comprender al menos por qué habíamos vuelto a matarnos como feroces bestias entre el 36 y el 39. Otra vez se "repite" la historia. El cuadro de Goya de dos españoles que, enterradas su piernas en la tierra, se matan a garrotazos vuelve a ser la imagen que mejor nos define… Y, naturalmente, la pregunta se hace reiterativa. La diferencia ahora respecto a otras épocas, según mi parecer, es que ya nadie elude la cuestión. El problema se lo plantean tanto los vencidos como los vencedores de la guerra. Hay otra coincidencia entre los vencedores y los vencidos, al menos, entre los citados exiliados y la respuesta que dan los principales intelectuales que apoyan el régimen de Franco en su primera época: sin conciencia nacional podría volver a repetirse la tragedia. Es lo que todos tratan de evitar. De ahí que la reflexión sobre el ser de España adquiera a veces tonos dramáticos.

Sí, ahora, a diferencia de otras épocas de nuestra historia —en verdad pocas, pues que la cuestión de qué es España casi siempre ha estado impulsada por algún drama colectivo, imposible de desligar, en el Estado moderno, de la conciencia individual—, la cuestión intelectual qué es España tiene un escenario trágico a la vista de todos: cientos de miles de muertos, exiliados y sufrimiento por todas partes. Los resultados terribles de la Guerra Civil conformaban y llenaban de tragedia la pregunta: ¿qué es España?, ¿cómo es posible que los españoles se hayan matado entre ellos?, ¿cuál es la sustancia moral de los españoles que los conduce a estas guerras fratricidas?, en fin, ¿quiénes somos los españoles? La reflexión sobre el ser histórico de España llevada a cabo por estos autores, independientemente de sus peripecias personales e intelectuales, tienen un fondo común. Todos ellos estaban de acuerdo no sólo con la existencia de una conciencia nacional entre los españoles, sino también con la obligación que debían asumir las minorías dirigentes para defenderla, conformarla y desarrollarla. Los exiliados coincidían, aunque ellos no tuvieran conciencia clara del asunto, con los objetivos del nuevo régimen surgido de la guerra: era necesario el fortalecimiento de una conciencia nacional que fuera más allá de la conciencia de clase o de partido.

La búsqueda de una conciencia nacional, que impidiera un nuevo enfrentamiento, fue objetivo común de los franquistas y los republicanos, de los liberales y los tradicionalistas, del exilio exterior e interior. Todos intuían que el abandono, o peor, la negación de la nación, y la consiguiente perdida de la conciencia nacional, por parte de liberales-demócratas, socialistas, demócratas radicales y comunistas había sido uno de los orígenes, por no decir la principal causa, de los grandes problemas de España en general, y de la pasada guerra civil en particular. Gracias a esa intuición histórica, un hecho al alcance de cualquiera que entienda el significado de la expresión "guerra civil", pocos fueron los autores que, en la postguerra civil, fuera y dentro de España, en el exilio interior o exterior, pusieran en cuestión que la desaparición de esa conciencia nacional había sido causante principal de ese lucha fratricida.

Repensar España como nación fue el denominador común de vencedores y vencidos. En el caso de estos últimos fue, sobre todo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, con el triunfo final de los aliados, cuando empezaron a quedar las cosas en claro para los españoles del exilio: el régimen de Franco no sería derribado por las potencias aliadas; en esa circunstancia histórica surge en México, por iniciativa de un grupo de exiliados, la revista Las Españas. Tampoco los españoles del interior lo pasaban bien. A los españoles de todos lados, digámoslo ya sin reparos, se los dejó abandonados a su propia suerte. Las ayudas económicas que recibió Franco de EEUU en esa época fueron ridículas, sobre todo si las comparamos con las recibidas por los alemanes e italianos. Es obvio que ese contexto también influyó en la polémica que abrió en la península Pedro Laín Entralgo con su libro: España como problema. En fin. Era inaplazable pensar qué significaba España en el mundo para entender que éramos, dentro y fuera de España, lo españoles.

No es necesario militar en ningún tipo de nacionalismo para reconocer que resulta inviable pensar con seriedad el individuo, al ciudadano de España, sin su Estado-nación. Por eso, precisamente, la nueva circunstancia, el fin de la Segunda Guerra Mundial, le imponía a los españoles la pregunta: ¿qué eran los españoles? Esta cuestión aún era más dramática para los del exilio: ¿qué hacer?, ¿cuál era el camino para regresar a España?, ¿era menester superar las antiguas divisiones para ofrecer una imagen de armonía a la comunidad internacional? En este contexto surgen diversas revistas en el exilio, entre ellas tuvo un lugar destacado Las Españas, editada y dirigida por Manuel Andújar y José Ramón Arana, a partir del número 6, también figura Anselmo Carretero como editor, quien junto a Bosch-Gimpera marca el tono federalista de la publicación. Su principal objetivo, aparte de intentar agrupar a todos los exiliados, fue "pensar" España para saber qué eran los españoles. Esta tarea fue tan prioritaria que, en 1949, la revista publicó un folleto de gran importancia titulado Por un movimiento de reconstrucción nacional.

Ahí estaba contenido todo un programa político, un diagnóstico y un pronóstico para España y, además, se detenía en las fuerzas que deberían impulsar este movimiento. El título de ese manifiesto político ya es toda una toma de posición y, por supuesto una declaración de intenciones contra todos los partidos políticos en general, y contra los comunistas en particular, quienes por boca de José Renau les habían acusado de ser "en los doce primeros números publicados (…) un conjunto inorgánico de juicios generalmente negativos, todos ellos de orden político, a los que una equívoca formulación y una deliberada vaguedad prestan con frecuencia un doble sentido de afirmación revolucionaria y de nihilismo crítico." (Renau, J.: "La causa de España y los especuladores del derrotismo, en Nuestro Tiempo. Revista Española de Cultura, año 1, núm. 2, septiembre, 1949, pág. 19). Los dirigentes de este Movimiento tendrían como primera obligación una interpretación de la historia nacional. Había que "sistematizar las experiencias históricas y extraer de ellas una teoría justa, no sólo de la realidad presente, sino también de la futura realidad posible" (p.6).

Esa teoría justa tendría sus bases en el verdadero ser de España, una esencia latente, que hemos de hallar debajo de los acontecimientos registrados por la historia misma de España, que para ellos, siguiendo la leyenda negra de las dos Españas, era despótica y autoritaria, centralista y represora de la diversidad. La labor del Movimiento consistiría en descubrir esa esencia para educar a los españoles. El objetivo del Movimiento de Las Españas, que a muchos recordará al Movimiento Nacional del franquismo, no tenía mejor ocupación que llevar a cabo "una conjugación de la conciencia y de la voluntad de las multitudes para rectificar una desviación histórica, o para recuperar el tiempo perdido" (p. 14).

La cuestión clave no era otra que descubrir cuál era, en sus propias palabras, esa esencia nacional, pues que, según Las Españas, "identificar el verdadero ser de España no es tarea sencilla, no está al alcance de un grupo o de un partido. Es un largo quehacer de España misma, una larga labor de reencajar venas y músculos en su anatomía espiritual" (p. 8). Más allá de reconocer sus buenas intenciones por crear una conciencia nacional, no parece que pueda construirse algo serio con bases historiográficas tan débiles. La búsqueda de esa esencia termina disolviéndose en la "postulación" de una España ideal que quizá, según Bosch Gimpera y Carretero, habría existido en tiempos remotos… O sea en la prehistoria.

En verdad, el problema de fondo es que los ideólogos de la revista fueron incapaces de definir el sujeto de la historia, la España real, que en el mejor de los casos se identificaba con la intrahistoria del primer Unamuno; Anselmo Carretero insistía siempre en este asunto: "Si miramos al pasado con curiosidad viva, con ánimo de encontrar esos veneros nacionales con energía, los hallaremos en lo que Unamuno llamaba la vida intrahistórica , la verdadera tradición, la tradición eterna, la sustancia del progreso; y de ello podemos sacar estímulo para el desarrollo de nuestras energías actuales. Busquemos, pues, esta nuestra tradición eterna" (Carretero, A.: "El espíritu civil en la historia y en la epopeya españolas", LE, 15-18, agosto 1950, p. 96). La "tradición eterna", expresión borrosa y ambigua, viene a sustituir al Estado. La tradición eterna se convierte en verdugo del sujeto real de la historia de España. Aniquilada España, esa que se ha ido formando a la largo del tiempo, de la historia, cualquier cosa es posible… hasta de reclamar una "nación de naciones", un sin-sentido que tanto juego está dando a los socialistas, comunistas y separatistas…

Para Carretero, siguiendo a Bosch Gimpera, la verdadera personalidad de los españoles era anterior a los romanos y los godos, aunque ciertos rasgos de esa personalidad pervivían intrahistoricamente. Rasgo que los de Las Españas trataban de resaltar frente a la España "dominante", esa que identificaba Castilla con España. Dos fueron siempre las obsesiones de los Carreteros, sí, de Luis Carretero Nieva y de su hijo Anselmo Carretero Jiménez, este último personaje casi idolatrado por Rodríguez Zapatero por su "proyecto" federalista, cuestionar la identificación de Castilla con toda España (olvidando que las fechas en las que se constituyó el centro político, León dominaba Castilla) y denunciar a quienes confundían al León visigótico con Castilla que se opuso al Fuero Juzgo (la ley de los visigodos). De acuerdo con esas extrañas "tesis" históricas, por llamarles algo, la revista Las Españas persistía en cuestionar, como ya había hecho Bosch-Gimpera en 1937, la existencia de España, de la idílica y remota España anterior a los romanos. Por ahí, por esos andurriales estrafalarios e ideológicos, sólo quedaba la reivindicación de una España federal de corte "cantonalista", en fin, eso significaría, hoy como ayer, la destrucción de España.

El problema real al que se enfrentaban los federalistas es que no tenían una definición de nación. Recordemos las palabras de Carretero que citaba en la anterior entrega: "A mi juicio, la nación no se puede definir por ningún elemento objetivo, esa es mi opinión. Ni la lengua, ni el territorio ni nada material define la nación." ¿Cómo construir una nación de naciones sin saber qué es una nación? Es algo incomprensible, o peor, es basura ideológica de corte partidista, particularista, para destruir España. Y si Anselmo Carretero hubiera tomado en serio la definición que dio su padre de nacionalidad ("una comunidad estable históricamente formada como resultado de una convivencia secular sobre un mismo suelo comúnmente sentida y aceptada"), entonces no le quedaría más remedio que aceptar, como brillantemente me sugiere Pedro de Tena, que esa comunidad es España antes de que apareciesen los separatistas…

De la lectura de los textos de Carretero solo extraigo contradicciones sobre contradicciones para, al final, mantener que España no existe. La desgracia es que algunas de esas contradicciones, dicho sea con pesar, son recogidas por nuestra Constitución. ¿Quién le daría a leer a Solé Tura los textos de Carretero, cuando redactaba la Constitución del 78? Fuera quién fuera, espero que los dioses le confunda por haber permitido introducir el término "nacionalidades y regiones de España" de la familia Carretero. Es la única base que, hoy como en tiempos de Rodríguez Zapatero, tiene el socialismo, el comunismo y el separatismo para cambiar de régimen político, para pasar de una democracia española a un régimen cantonalista. Bárbaro.

En fin, la revista Las Españas representó, especialmente a través de Carretero y Bosch Gimpera, una voz extremadamente crítica contra la historia de España y, especialmente, contra quienes identificaban con Castilla el nacimiento de España. Quienes habían atribuido un papel especial en la definición de España a Castilla, como fue el caso de los otros dos exiliados del 39, Américo Castro y Sánchez Albornoz, eran sus enemigos mortales. Pero este asunto, junto con el odio de los actuales "historiadores" alineados con los separatistas le tiene a esa otras figuras del exilio, lo dejamos para otra entrega.

A continuación