La muerte vaciada en la fortaleza de la Mota

Pedro de Tena

Cuando se sube por las rampas de la fortaleza de la Mota en Alcalá la Real, a más de mil metros de altitud sobre el nivel del mar, se encuentra un "rincón de los poetas", como en la abadía de Westminster, aunque menos poblado. Sobre sus piedras puede leerse que, tal vez, allí naciera el popular Juan Ruiz, arcipreste de Hita, que tiene plaza donde luce la estatua del gran escultor alcalaíno Juan Martínez Montañés.

El poeta dijo que era de Alcalá, pero no precisó de cuál. Dice un personaje de Juan Eslava Galán que el arcipreste se refirió a la fortaleza, pero…De todos modos, congresos eruditos ha habido (2002 y anteriores) que sitúan al arcipreste en tierra de frontera como lo fue esta ciudad jiennense en los siglos XIII, XIV y XV, con las nieves del reino nazarí de Granada, que se ven en los días despejados, al fondo. Antes de la Reconquista, se llamó Alcalá de Benzaide, según Alonso de Covarrubias. La familia imperante eran los Ben Said de Granada, últimos gobernantes musulmanes.

fortaleza-de-la-mota.jpg
Fortaleza de la Mota | Wikipedia


La de la Mota es la segunda fortaleza más grande de España, tras la de Niebla (Huelva), también en Andalucía. Y bien fuerte, porque apenas se inmutó el día de todos los Santos de 1755 durante los diez minutos que duró el gran terremoto de Lisboa, que derruyó edificios hasta en Granada. Es importante su tamaño porque estas fortalezas medievales incluían poblaciones civiles constituyendo de hecho ciudades interiores defendidas militarmente y vigiladas por un collar de atalayas, de las que se conservan quince.

Naturalmente, con guerras o sin guerras de por medio, la gente se moría. El problema era dónde enterrarlos sin peligro para la salud de los vivos. Se fuese rico o pobre, noble o no, la muerte llegaba y exigía lugares para el reino de su cuervo, que escribió el propio Juan Ruiz:

Non ha en el mundo libro, nin escrito, nin carta,
ome sabio, nin reçio, que de ti bien departa,
en el mundo non ha cosa, que con bien de ti se parta,

salvo el cuervo negro que de ti, Muerte, se farta.

Si hay algún libro de lectura obligatoria sobre las costumbres de la muerte en Europa es el justamente famoso de Philippe Ariès, El hombre ante la muerte. Habla en él de la muerte "domada", de la muerte "salvaje", de la muerte "lejana", de la muerte "propia" y de la muerte "ajena". Incluso se refiere a la muerte "invertida", pero no a la muerte "vaciada".

tumbas4.jpg

La muerte "vaciada" es la muerte que se deduce, que se imagina, que se intuye, tras haberse desalojado los sepulcros, las tumbas, los nichos y las sepulturas. En la fortaleza de Alcalá la Real hay dos ejemplos tremendos y sobrecogedores de la muerte "vaciada": la Iglesia abacial y los aljibes exteriores. En el templo, se arraciman los esqueletos de las fosas, lápidas y mausoleos que se quedaron sin sus muertos. En los segundos, queda el vacío que dejaron los cuerpos de los apestados que fueron arrojados allí y sellados con cal para salud de los sobrevivientes.

Popularmente, hay quienes se refieren al espectacular complejo del cementerio de la Iglesia abacial como catacumbas porque estaban bajo tierra. Se han constatado pisos subterráneos y, de hecho, el humor andaluz, que llega hasta esta encrucijada de caminos que es Alcalá la Real, ha bautizado a algunos bares y mesones con ese nombre. Pero tal vez es excesivo aplicar ese concepto, que incluye galerías por donde se pueda andar, a la muerte vaciada que perturba en la Abacial de la Mota.

Algunos lectores no se creerán que haya concurso de cementerios en esta España nuestra. Pero los hay. Es más, hay una fuerte competencia entre municipios de toda la geografía nacional para ser destino de la ruta de los cementerios, distinción que añade cualidades y atractivos a la oferta turística habitual. Este añose han presentado 75 candidaturas de 47 localidades distintas pertenecientes a 13 comunidades autónomas y 24 provincias. Los resultados los puede ver aquí.

El cementerio "vaciado" de Alcalá la Real se presentó en 2016 a este certamen que organiza la revista Adiós Cultural. Hace casi justamente un año el Ayuntamiento alcalaíno recibió el segundo premio en la categoría de "Mejor historia documentada", obtenido por la necrópolis de la Fortaleza de la Mota. Y su inclusión en la ruta de los cementerios de España, de paso.

Cuando se penetra en la Iglesia Abacial, donde mandaban unos Abades que tenían un gran poder - Menéndez Pelayo les atribuye participación en las contiendas heréticas nacionales -, y una estrecha relación con la monarquía, resulta escalofriante la reliquia de la muerte que estalla ante nuestros ojos. Como un múltiple y gigantesco ataúd abierto y sin cadáveres, bajo el suelo levantado, podemos observar las oquedades de las tumbas antropomorfas abiertas en rocas, los ángulos de las fosas rectangulares, a veces ordenadas, casi siempre caóticas, y conocer la existencia de sus doce criptas.

Nadie duda que en la fortaleza del cerro de la Mota hubo enterramientos desde las épocas más remotas, pero no se tiene conocimiento cierto de ellos hasta la época cristiana, tras la conquista de la ciudad por Alfonso XI en agosto de 1341. La realidad civil de una población que creció ladera debajo de la ciudad vieja (la fortaleza), hizo que los muertos se enterraran en la ciudad nueva, la actual Alcalá la Real.

La costumbre de yacer en tierra sagrada condujo a que "en todas las iglesias alcalaínas y en el cementerio contiguo al templo de la Veracruz", se hacinaran los restos de los muertos en criptas funerarias, fosas de descomposición, osarios y pudrideros de estos recintos religiosos.

Carlos III ya tuvo conciencia de los riesgos de esta peligrosa inhumación y desde su gobierno se propuso el cambio necesario en 1787. Se requería un sitio alejado del núcleo habitado con aire y ventilación y sin la menor posibilidad de contaminar las fuentes públicas. Hubo algunos lugares seleccionados, pero la decisión final fue que la ubicación del cementerio local fuese la fortaleza de la Mota. En la documentación de los preparativos se hablaba de 2.000 losas de sepulcro, además, probablemente, del enterramiento general y los nichos.

Aunque su emplazamiento inicial iba a ser la plaza de la Fortaleza, la destrucción y quema de la Iglesia Abacial por los franceses en 1812, hizo posible que, dos años después, Ayuntamiento, Abad y Junta de Sanidad acordaran que el cementerio fuese instalado en la Iglesia Mayor por estar dentro del recinto y ser asumible el coste de obra y de ventilación.

En 1819, la Junta de Sanidad, ya estableció "el cementerio común fuera de los muros de la ciudad en el sitio nominado de la Mota" a bastante distancia de la población, añadiendo que "la limpieza y la extracción de la ruina de la citada iglesia y sus bóvedas para colocar en ellas las correspondientes sepulturas en que, con distinción de párvulos a otras edades, y de sacerdotes a otras personas, se hiciese depósito y enterramiento de cadáveres, según está prevenido…" Sin embargo, el cementerio se constituyó como "revoltijo sin orden ni concierto en que se iban acumulando las sagradas cenizas de aquellas generaciones", que describió el cronista Guardia Castellano.

En otro informe, este de 1834, se acreditaba el funcionamiento del cementerio:

Hacía algunos años que en los extramuros de la ciudad se construyó, hacia el sur y en un sitio elevado, un cementerio donde sepultaban los cadáveres de Alcalá y las aldeas", pero el trasiego debió ser mucho porque el gobierno civil instó a que se construyerancementerios en todas las aldeas y así evitar de la vista del público los cadáveres que puestos sobre borricos se conducen al cementerio de esta ciudad.

En 1865, se constató que a pesar de los proyectos de reparación y extensión (los planos de 1817 aludían a dos patios, una capilla, sacristía, pabellones de administración y anatomía y una casa habitación del conserje y sepulturero), fue la Iglesia Abacial, sobre todo, la que había servido de lugar de enterramiento. En 1874 se derrumbó la bóveda, se destruyeron tumbas y, por si fuera poco, surgió una epidemia de viruela. El resultado fue el cierre del cementerio eclesial y la construcción de otro nuevo con el correspondiente traslado y vaciamiento de restos.

Hoy día queda el fantasma de un cementerio interior que puede producir escalofríos a personas sensibles. Sus sensaciones pueden experimentarse gracias a la tarea de limpieza y adecuación de la Diputación Provincial, que lo ha incluido en la visita turística correspondiente. Tras su contemplación, no extraña nada que Mario Méndez Bejarano, en su Historia de la Filosofía en España hasta el siglo XX, mencione la existencia de un importante núcleo espiritista en la ciudad durante el siglo XIX.

Cuando se sienten sus huellas de la muerte, no se viene a la cabeza la resurrección de Lázaro, parte del sermón habitual de los funerales católicos, sino la calificación de "hermana muerte" del Cántico del Hermano Sol o Alabanza de las Criaturas de San Francisco:

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Después, si quieren superar el clamor áfono de los difuntos vaciados, pueden recurrir a la exploración de la ciudad oculta dentro de la Fortaleza, a la lectura de la leyenda de la mora y, entre vinos (famosos fueron los de Alcalá antes de la filoxera de 1891) y tapas, a recordar imponentes romances fronterizos:

Ellos en aquesto estando,
un prisionero se suelta,
que corría más que un gamo,
saltava más que una zebra.
Por las calles de Alcalá
a grandes vozes dixera:
—Cavalleros de Alcalá,
no os alabaredes desta
que los moros de Moclín
corrido os han la ribera,
atalado os han el campo
no dexan vaca ni yegua.


O a imaginar aquel caballo negro con el pecho blanco que cantó el alcalaíno Ben Said al-Magribi, cuando aún se moría bajo la sombra de la media luna.

Negro por detrás, blanco por delante, vuela entre las alas de los vientos.
Cuando lo miras, te muestra una noche oscura que se abre para dejar paso a la aurora.

A continuación