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Vikingos modernos: un viaje al interior de los fiordos noruegos

Una historia que podría comenzar “érase una vez…” se ha hecho realidad en un pequeño poblado vikingo, en medio de un fiordo noruego.

David Alonso Rincón

La época vikinga abarcó en Escandinavia, más en concreto en Noruega, aproximadamente desde el año 800 al 1050 (d. C.). Durante estos siglos, los vikingos contaban con la hegemonía en el mar gracias a sus modernas embarcaciones, navegando por grandes zonas de norte de Europa, combatiendo, asaltando, explorando o comerciando. El ataque de los vikingos al claustro de Lindisfarne en el 793 es mencionado históricamente como el preludio a este periodo, siendo el comienzo de su época. En la actualidad los vikingos en Noruega son mucho más que un eco del pasado, o un recuerdo de sangrientas batallas en las que el Valhalla estaba muy presente entre los guerreros. Hoy en día los vikingos son iconos culturales y motivación de estudio para muchos aficionados noruegos que desean bucear en sus raíces, que parecen continuar presente entre su gente. Tal es así que en un pequeño valle del interior del fiordo de Sogn se ha construido un pueblo imitando al detalle a una aldea vikinga de hace 1000 años, siendo habitado por decenas, de lo que podría denominarse 'vikingos modernos'. Rodeado por un espectacular paisaje natural, con paredes casi verticales de 1500 metros de altitud, agua fría y cristalina y un horizonte de verdor infinito, ya de por sí son alimento para la imaginación de quien desea regresar al pasado de este paraíso terrenal sin piedad.

Después de un agradable y pintoresco trayecto en tren de unas tres horas desde Bergen, ciudad donde la Liga Hanseática mantuvo su poder largos siglos y su herencia todavía es visible en la ciudad, se abre el pequeño y silencioso valle de Gudvangen, donde un grupo de entusiastas enamorados de la época vikinga han construido, con mucho esfuerzo, un poblado, que bien podría trasladarse un milenio hacia el pasado sin notar la diferencia.

Uno de sus responsables, Mal Dickson, ataviado con ropajes tejidos a mano, termina de calentar un par de apetitosas salchichas en una hoguera, como lo hubiera hecho cualquier persona de la época, y se ofrece a ser el guía que mostrará esta peculiar aldea poblada por ‘vikingos modernos’. "La idea de hacer este proyecto empezó hace unos 20 años, pero ha sido este año cuando hemos abierto permanentemente al público", comenta orgulloso mientras señala el camino principal que se adentra en el interior de la aldea. Este proyecto, a medias entre recreación histórica y voluntariado no recibe ninguna financiación por parte del Estado ni de administraciones locales. Únicamente está financiado por los negocios locales que se ubican en el área y de la buena voluntad de los vecinos.

Casas de madera con tejados cubiertos de hierba, escudos y cuernos son la primera imagen que se observa al llegar. "Lo que intentamos hacer aquí no es un museo, sino una especie de forma de vida. Una forma de recrear la vida cotidiana en la era vikinga, a través de la ropa que llevamos puesta, o las tareas asignadas a cada uno" continúa explicando Dickson.

Durante el paseo cruzan por sus caminos varios hombres vestidos como vikingos y portando armas o escudos, que se saludan como si fueran vecinos de toda la vida, para después continuar con las tareas que tienen encomendadas o regresar a sus respectivas cabañas y seguir con su vida de tranquilidad vikinga. No todo era batallar durante la época vikinga, la mayor parte del año permanecían en sus hogares para dedicarse a las tareas propias del hogar o el campo.

En una zona más o menos apartada del recinto permanece una embarcación, de tamaño pequeño, imitando a un Drakkar, el barco vikingo por excelencia, que merece una pequeña parada explicativa por parte de nuestro guía: "Todo lo que tenemos aquí es lo más cercano a lo auténtico que pudo estar en este mismo valle hace 1000 años", afirma Dickson, "no somos actores, no somos historiadores , somos gente interesada en la vida de los vikingos en su época" y como tal, también cultivan sus propias hortalizas y verduras en un pequeño huerto emplazado en el borde de la valla que limita el recinto.

Unas enormes puertas, que recuerdan a los grandes portones de las fortalezas medievales, pero en menor medida, son el punto final de mi paso por el pueblo donde los vikingos han resurgido en formato modernizado, pero manteniendo la esencia de aquella época gloriosa y sangrienta, aunque esta última parte no volverá.

Un poco más lejos de la paz que ofrecen los fiordos, en Oslo, capital de Noruega que en su día también fue fundada por los vikingos como muchas otras capitales europeas, se encuentra el Museo de los Barcos Vikingos, en Bygdøy, que es de visita obligada para entrar en contacto directo con tres embarcaciones vikingas muy bien conservadas, además de un buen número de artilugios y restos que han sido descubiertos a lo largo de los años. En él se puede ver el barco de Oseberg (de aprox. 820 D.C.), el barco de Gokstad (~ 890 d. C.), y el barco de Tune (~ 900 d. C.)

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