Bélgica, dividida hasta con los nazis

Pedro Fernández Barbadillo

El reino de Bélgica es uno de esos países que nacieron por un acuerdo de las grandes potencias de la época. Su independencia, 1830, coincidió con otro ejemplo, la de Uruguay, en 1828, para evitar la guerra entre el Imperio brasileño y las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En el Tratado de Utrecht los Países Bajos españoles se transfirieron a los Habsburgo austriacos. Los revolucionarios franceses los invadieron y anexionaron a su república, donde realizaron deportaciones de sacerdotes y persecuciones de católicos. El Congreso de Viena (1815) lo integró con Holanda y Luxemburgo en el Reino Unido de los Países Bajos. Éste se rompió en 1830, debido a una rebelión de los belgas contra los holandeses.

La principal causa del enfrentamiento fue la religiosa. Los holandeses eran calvinistas y los belgas católicos. Como entonces la religión era más importante que la economía, se explica la unión de dos comunidades separadas por el idioma (Valonia, francés y Flandes neerlandés) pero que practicaban la misma religión.

Un segundo factor fue el equilibrio europeo. Inglaterra no quería que Francia se apoderase de los puertos belgas, de modo que en 1839 se firmó el Tratado de Londres que establecía la neutralidad del nuevo país bajo la garantía de Austria, Rusia, Prusia, Inglaterra y Francia. La invasión de Bélgica por Alemania en 1914 causó la intervención británica en la Gran Guerra.

Desde su nacimiento, Bélgica ha vivido dividida entre sus dos comunidades (hay una tercera comunidad lingüística, alemana, en el este del país). Durante más de un siglo, la parte más poderosa fue Valonia, por su minería y siderurgia. Además, la burguesía y la clase dirigente del país hablaban francés. Los flamencos solían ser campesinos y pobres.

Aparte de las divisiones lingüística y económica, hubo una tercera. Frente a la unidad popular en torno al catolicismo se organizó una minoría masónica, que fundó la Universidad Libre contra la Universidad Católica de Lovaina.

Bruselas es una de las ciudades europeas con más influencia masónica en su urbanismo. Uno de los monumentos masónicos es el dedicado al hermano Ferrer Guardia, fusilado en España por su responsabilidad en la Semana Trágica (1909). Lo desmontaron los alemanes en 1915 como gesto a España.

En La Vanguardia (10-XI-1911) un artículo comentó así la erección de la estatua:

Bélgica es un país pequeñito, pero aficionadísimo a meterse siempre donde no le llaman; así como, según Cánovas del Castillo, los franceses son españoles con dinero, los belgas, y más especialmente los bruselenses, son portugueses ricos (…) y así se comprende lo de ese monumento, que es como si aquí levantáramos sendas estatuas a los innumerables negros del Congo belga que perecieron sin previo consejo de guerra, y de otra suerte que con cuatro tiros. Pero hace muchos siglos que la gente ve la paja en el ojo ajeno, y no ve la viga en los propios ojos.

Belgas en las Waffen-SS, pero separados

Cuando el 10 de mayo de 1940 el III Reich invadió Bélgica, el pequeño Ejército, dirigido por Leopoldo II, combatió a los invasores. A los 17 días, el rey pidió un armisticio al mando alemán. El 28 de mayo, después de que los británicos empezaran a evacuar a sus tropas desde Dunkerque, los belgas se rindieron. A pesar de los reproches de algunos aliados, lo cierto es que "el Ejército belga ya no existía, porque se había hecho pedazos en el campo de batalla" (Martin Gilbert en La Segunda Guerra Mundial).

El consejo de ministros belga, huido a París, ordenó al rey que abandonase el país, como habían hecho la reina de Holanda y el rey de Noruega, pero Leopoldo se quedó porque, según explicó, deseaba compartir los sufrimientos de su pueblo bajo la ocupación.

Hubo oposición a los invasores alemanes, por ejemplo el Ayuntamiento de Bruselas se negó a distribuir estrellas amarillas a los judíos, pero ésta no se hizo masiva hasta el verano de 1944, cuando los ejércitos de EEUU y Gran Bretaña se acercaban a Bélgica.

La Operación Barbarroja y el colaboracionismo con el Reich también fueron motivo de escisiones. Los alemanes y sobre todo los nacionalsocialistas mostraron preferencia por los neerlandeses en detrimento de los valones. Los belgas de Flandes fueron considerados pueblo germánico por los nazis, como los daneses, los noruegos, los suecos, los holandeses y los finlandeses (que no lo son). Heinrich Himmler quiso formar una unidad militar con todos ellos, la División Wiking, en las Waffen-SS. Los voluntarios valones fueron rechazados por ser latinos y se incorporaron al Heer (Ejército de Tierra).

En consecuencia, hubo dos unidades militares de belgas con uniforme militar: la Legión Wallonien, cuyos miembros llevaban en la manga del uniforme la bandera nacional, y la Legión SS Flandern, encuadrada junto con la Legión SS Nederland.

Los valones se destacaron en varios combates. El jefe de la Legión fue el político León Degrelle, ascendido de soldado raso a general por méritos de guerra y condecorado por Hitler con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, que se refugió en España en 1945.

En 1943, las Waffen-SS admitieron a los valones. Así, en 1944 hubo dos unidades militares formadas por belgas con uniforme alemán en las Waffen-SS: la 27º División de Granaderos SS Voluntarios Langemarck y la 28º División de Granaderos SS Voluntarios Wallonien. Aunque su nombre era el de divisiones, sus efectivos eran inferiores: unos 4.000 valones y alrededor de 7.000 flamencos.

Los valones expulsan al rey de los flamencos

La liberación por parte de los Aliados no pacificó Bélgica, de la misma manera que ocurrió en otros países de Europa Occidental, casos de Francia y de Italia.

En el otoño de 1944, cuando los Aliados habían expulsado a los alemanes de Bélgica y Leopoldo seguía cautivo de éstos, el Parlamento declaró la incapacidad de éste para reinar y nombró regente a su hermano Carlos, conde de Flandes. El monarca se exilió a Suiza.

En 1950, un Gobierno de coalición entre el partido social-cristiano y el liberal, presidido por Gaston Eyskens, convocó un plebiscito sobre el retorno del rey. La consulta se celebró el 12 de marzo. El 57,6% de los votantes se pronunció a favor del regreso de Leopoldo II; en Flandes, el porcentaje subió al 72%, pero en Bruselas fue de un 48% y en Valonia de sólo un 42%.

En junio se celebraron elecciones parlamentarias y el Partido Social-Cristiano consiguió la única mayoría absoluta en ambas Cámaras de que ha disfrutado un partido belga

El plebiscito y las elecciones dejaron clara la voluntad popular a favor de Leopoldo, pero la izquierda, socialistas, comunistas y sus sindicatos, no la aceptaron y convocaron huelgas y protestas. Éstas fueron abundantes en Valonia y Bruselas, pero escasas en Flandes.

Cuando el 31 de julio la Gendarmería mató a cuatro manifestantes en Lieja, Leopoldo decidió abdicar, lo que hizo el 1 de agosto. Valonia y la izquierda se imponían a Flandes y la derecha.

El primogénito de Leopoldo, Balduino, fue coronado rey de los belgas el 17 de julio de 1951. Nueve años más tarde, se casó con la española Fabiola de Mora y Aragón.

Sólo un 1% de matrimonios mixtos

En 1970 se crearon tres regiones administrativas: Valonia, Flandes y, dentro de ésta, Bruselas.

Desaparecido el Pacto de Varsovia, diluida la religión católica y carente de proyecto nacional, Bélgica sólo se mantiene unida gracias a la Unión Europea. Los sucesivos procesos de federalización han llevado a que estén prohibidos los partidos nacionales y las regiones dispongan de amplísimas competencias. Quien más las aprovecha para ‘hacer país’ es Flandes, ahora convertida en la parte más rica y poblada del país; tiene la mayor tasa de exportación por habitante del mundo.

La separación entre ambas comunidades es tan grande que desde hace décadas sólo un 1% de los matrimonios se realiza entre valones y flamencos. Los últimos elementos de unión que sobreviven son la Monarquía, el Ejército, la selección de fútbol… y en ocasiones el odio a lo español.

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