Catalanes de Erasmus en Eslovenia

Pedro Fernández Barbadillo

Los nacionalistas vascos y catalanes han recorrido durante años el mundo, con dinero pagado por todos los españoles, buscando modelos para sus planes separatistas: Puerto Rico, Baviera, las islas Aland, Eslovaquia, Groenlandia, Escocia, Kurdistán, Quebec, Letonia, Croacia…

En esta carrera llegan a copiar descaradamente actos como la cadena humana que se realizó en agosto de 1989 en Lituania, Letonia y Estonia, países invadidos y sometidos a la URSS por un pacto entre Hitler y Stalin. En 2013, los catalanistas realizaron otra cadena humana, como si su país imaginario hubiera sido invadido por el Ejército Rojo.

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Cadena humana en Cataluña en 2013

Ahora el modelo que destaca es la vía eslovena. En el verano de 1991, mientras el mundo prestaba atención al despliegue militar de las Naciones Unidas contra Irak y al derrumbe de la URSS, Eslovenia y Croacia se separaban Yugoslavia.

Una paciente preparación

Los eslovenos empezaron a preparar su independencia en 1988. En ese año se celebraron elecciones pluripartidistas al Parlamento local. En 1989, el Parlamento esloveno enmendó su Constitución. Entre las novedades, la prohibición de que participasen en las elecciones locales partidos federales, la derogación de la preeminencia del ordenamiento jurídico yugoslavo y el rechazo a aportar fondos a la federación. A continuación, el Parlamento empezó a elaborar leyes de desconexión.

Además, las autoridades eslovenas se hicieron con la Defensa Territorial, instaurada por el dictador comunista Tito para combatir una invasión del Pacto de Varsovia, para formar su propio Ejército, que a finales de 1990 ascendió a 21.000 hombres armados y entrenados.

El 23 de diciembre de 1990, se celebró un referéndum. En la campaña, donde no existió la propaganda a favor del no, las consignas del Gobierno esloveno consistieron en prometer una vida mejor a los ciudadanos con el dinero que Yugoslavia les robaba y en descalificar al Gobierno federal socialista como incompetente y corrupto. Hasta la izquierda eslovena pidió el sí. Votó el 94%; y de éste, el 88% respaldó la independencia. A diferencia de Bosnia y Croacia, la población de otras nacionalidades era baja: un 10%.

El 25 de junio de 1991, los Parlamentos esloveno y croata proclamaron la independencia de sus repúblicas.

Mientras los corresponsales extranjeros que llegaban a Eslovenia recibían toda clase de atenciones, el Ejército Popular y el Gobierno yugoslavos se negaban a tratar con ellos. Seguramente, porque no sabían hacerlo. El último embajador de EEUU en Belgrado calificó la operación mediática como "el más brillante golpe de relaciones públicas en la historia de Yugoslavia".

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Soldados del ejército yugoslavo (JNA) en Rona Dolina.

La propaganda elaborada por las agencias de comunicación para el Gobierno de Liubliana presentaba a los eslovenos como un pequeño pueblo pacífico y democrático amenazado por unos déspotas comunistas que enviaban a sus uniformados a reprimirlos. Una idea difundida de manera machacona era la de que se trataba de un enfrentamiento entre un pueblo europeo que quería escapar de una cárcel balcánica, es decir, inculta y salvaje.

Un 'relato' para televisiones y ONG

En estos años, los nacionalistas catalanes han realizado viajes de estudio a Eslovenia. Ahí han aprendido la importancia de disponer de un relato que se coloca a los corresponsales de prensa, los diplomáticos y los empleados de ONG: buenos y malos, demócratas contra comunistas o fachas, civiles contra militares. En cualquier foro donde los separatistas discuten, se encuentran los mismos argumentos. Sólo cambian los términos aplicados a los españoles: en vez de comunista y balcánico, franquista y africano.

Como la Constitución española, a diferencia de la de Yugoslavia, no reconoce el derecho de autodeterminación, los catalanistas elaboraron el derecho a decidir. Pese a que no existe en ningún texto jurídico estatal o internacional, la izquierda española, desde el PSOE a Podemos, lo ha aceptado.

El 1 de octubre se escenificó un espectáculo para las cadenas de televisión. Desde la Administración autonómica, los separatistas incitaron a miles de fanáticos a ocupar colegios electorales y desobedecer a la policía. Inmediatamente, una catarata de fotografías y vídeos falsos y manipulados inundó de fake news los medios occidentales.

El Gobierno español, como el yugoslavo, no ha dado ninguna importancia a las relaciones públicas. La Generalitat presidida por Artur Mas puso en marcha poco después de la Diada de 2012 (la que decantó a CiU por la independencia) Diplocat y el Programa Eugeni Xammar para obtener apoyos internacionales y seducir a editores y periodistas. Su creación, así como su personal y sus presupuestos, son públicos. Pero los abogados del Estado de Moncloa no deben de leer el Diario Oficial de la Generalitat…

Siguiendo con el ejemplo esloveno, la Generalitat ha contratado a varias agencias y consultoras tanto de comunicación como de lobby, en España, en Europa y en Estados Unidos.

Que la UE obligue a Madrid a rendirse

La finalidad de la campaña de comunicación y de los combates era provocar una intervención extranjera que impusiera una negociación entre Liubliana y Belgrado, cosa que los eslovenos consiguieron. El Acuerdo de Brioni, firmado el 7 de julio de 1991 entre los representantes de Eslovenia, Croacia y Yugoslavia bajo impulso de la Comunidad Europea, detenía los hostilidades bélicas y los efectos de las declaraciones de independencia de las dos repúblicas secesionistas durante tres meses para que se negociase un nuevo reparto del poder en la federación.

Sin embargo, ninguna de las partes quería ceder. La guerra, que cesó en Eslovenia, estalló en Croacia. En diciembre Alemania reconoció la independencia de las dos repúblicas y forzó al resto de los miembros de la CE a hacerlo, amenazando con reducir su aportación a los fondos comunes (ver La fábrica de las fronteras, de Francisco Veiga).

La mediación internacional era la esperanza de la Generalitat en los días posteriores al 1 de octubre, pero ésta no se produjo, seguramente más por la reacción del pueblo español, el discurso del rey Felipe VI el 4 de octubre y los propios intereses de los países europeos (que no querrán animar a sus separatistas) que por la indolencia del Gobierno del PP que se limitó a negar la existencia de lo que habíamos visto.

Sin embargo, la Generalitat sigue sin desechar la intervención internacional. La reanudación de las protestas callejeras, la resistencia de la Administración y hasta la ocupación por los más extremistas de instalaciones y edificios públicos son los elementos en los que confíen los sediciosos para lograrla en las próximas semanas… o meses. Ese es el plazo temporal marcado por un eurodiputado del partido de los Pujol, recordando, de nuevo, a Eslovenia.

Toda decisión gubernamental que no incluya la derogación completa de la legalidad sediciosa construida por los separatistas dejará bombas de relojería activadas.

Los 'daños colaterales' de la independencia

Los caudillos del procés no cuentan a sus seguidores que la vía eslovena no se saldó con 62 muertos en la Guerra de los Diez Días (de 27 de junio a 6 de julio). Dado que la población catalana es de 7,5 millones, casi el cuádruple de los dos millones de eslovenos, una guerrita semejante en Cataluña supondría la muerte de 230 personas. ¿Quiénes de los columnistas de La Vanguardia, los empleados de TV3 y los comisionistas del 3% están dispuestos a dar su vida o la de sus hijos por su república?

Y entre los daños colaterales hay que mencionar la quiebra del Banco de Liubliana, de propiedad pública. El Gobierno de la naciente república fundó uno nuevo, el Nuevo Banco de Liubliana, al que transfirió los activos del anterior, pero no sus deudas. Muchos de los titulares de depósitos (130.000 en Croacia y 165.000 en Bosnia, aparte de los eslovenos) no los recuperaron.

Eslovenia tiene un único aeropuerto internacional y la población de su capital asciende a 280.000 habitantes. En un lugar tan pequeño, la presencia de unos técnicos catalanes que se reúnen al margen de la embajada con personalidades políticas no pasaría desapercibida. ¿Se enteró de estos viajes el embajador e informó al Ministerio?, ¿hubo algún aviso del CNI?... ¿Ha hecho algo Madrid?

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