Julio Camba no es una calle

Reúne en su persona todos los atributos que odia la izquierda.

Emilio Campmany

Julio Camba disfruta, con el permiso de Agustín de Foxá, del privilegio de reunir en su persona todos los atributos que odia la izquierda. De forma que es quien más derecho tiene a ser borrado del callejero de Carmena. Para empezar, era periodista. Eso lo hace automáticamente sospechoso. Quien crea que la izquierda sólo odia a los periodistas de derechas, se equivoca. Odia a los periodistas independientes, sean de derechas o de izquierdas. Luego, se ve que los que no son independientes en realidad no son periodistas. En cualquier caso, los méritos de Camba no se acaban ahí, ni mucho menos, porque, además de ser periodista, fue en su juventud anarquista. Ser de derechas de toda la vida es como una malformación congénita, algo deplorable, pero de lo que no tiene la culpa quien lo padece. En cambio, haber sido de izquierdas de joven y acabar escribiendo en el ABC prueba que la insidiosa inclinación mostrada es conscientemente querida y no impuesta por la naturaleza.

Pero, con ser todas esas tachas razones sobradas para ser expulsado de los planos de Madrid, edén reservado desde hoy a gentes de pedigrí soviético, no son ni mucho menos las más intolerables del cosmopolita gallego. Lo peor, con mucho, es que era un humorista. La izquierda, vaya usted a saber por qué, no tiene sentido del humor. Los chistes que se les ocurren son como los del que hoy hace de inquisidor, Guillermo Zapata, que serán o no constitutivos de delito, pero lo peor es que no tienen gracia. Tanto es así que, en la rara ocasión en que un comunista sale gracioso de verdad, cuesta un rato largo darse cuenta de que es marxista.

Julio Camba junto a Ramón Pérez de Ayala, Ramón María del Valle- Inclán y Juan Belmonte, en el Retiro en 1914

Luego, a Julio Camba le adornan detalles de carácter que ayudan a eliminarlo sin remordimiento. Por ejemplo, era un esnob. A Camba le gustaba vivir en el Hotel Palace. No deja de tener su mérito porque era algo que obviamente no se podía permitir. Tanto es así que el director lo fue subiendo de planta y dándole una habitación cada vez peor. Y sin embargo, don Julio se salió con la suya y consiguió morirse en el Palace como si fuera un señorito rico. De todas formas, tantas fueron sus penurias al final de su vida que, cuando los amigos fueron a decirle que habían pedido para él un sillón en la Academia, les contestó que le sería más útil que le compraran un sillón para poder sentarse cómodo en su espartana habitación. Si hoy viviera, a la vista de que los comunistas quieren quitarle su calle, les diría que no podía estar más de acuerdo con ellos si a cambio le daban un piso en otra que llevara el nombre de alguien con más logros, qué se yo, un Largo Caballero o un doctor Negrín.

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