La última ofensiva alemana

Emilio Campmany

En la primavera de 1918, Alemania se enfrentaba a un grave dilema. Era cierto que la firma del tratado de Brest-Litovsk había puesto fin a la guerra en dos frentes y parte de las fuerzas desplegadas en el Este habían sido trasladadas al occidental. Sin embargo, un millón y medio de soldados habían tenido que permanecer en las fronteras orientales para salvaguardar las nuevas responsabilidades allí asumidas, especialmente la de preservar la independencia de Ucrania, cuyo trigo estaba destinado a resolver el grave problema de escasez de alimentos que padecían las Potencias Centrales. De esta forma, Alemania dispuso en Bélgica y Francia de 191 divisiones que enfrentar a las 178 aliadas. Como puede verse, esta superioridad numérica no era abrumadora. Alemania contaba además con la excelencia de sus tácticas, recientemente probadas en Riga, Caporetto y Cambrai. Consistían éstas en atacar tras un breve pero intenso bombardeo con una avanzadilla de pequeñas unidades, las Sturmtruppen, armadas con granadas y ametralladoras ligeras, que atravesarían las primeras líneas enemigas soslayando sus puntos de vanguardia para dirigirse directamente a la segunda línea y sembrar allí el terror. Luego la infantería ordinaria avanzaría, desalojaría con lanzallamas y morteros los núcleos de resistencia y ocuparía el territorio. En Caporetto, estas tácticas habían permitido hacer prisioneros a 300.000 italianos. Frente a estas relativas ventajas, los alemanes padecían un gravísimo problema logístico debido a la falta de camiones y sobre todo a la carestía de neumáticos, que no podían fabricar porque el bloqueo naval impuesto por la Armada británica impedía que llegara caucho a las factorías alemanas. Esta falta de apoyo logístico impedía explotar las ventajas de las nuevas tácticas, pues, lograda la ruptura del frente, era imposible avanzar en profundidad, al no existir modo de hacer llegar suministros y tropas de refresco a la línea del frente conforme ésta se iba desplazando dentro del territorio enemigo.

No obstante, Hindenburg y Ludendorff decidieron emprender una colosal ofensiva en la primavera de 1918, conscientes de que era la última carta que a Alemania le quedaba por jugar si quería ganar la guerra. ¿Podían haber hecho otra cosa? La campaña submarina, iniciada en febrero de 1917 y que tenía que haber postrado a Gran Bretaña para el verano de ese mismo año, había fracasado. Su única consecuencia fue la de que se granjearon la enemistad de los norteamericanos, que se unieron a los aliados. Aunque del otro lado del Atlántico los soldados llegaban con cuentagotas (en marzo no había más de 200.000), su paulatina incorporación al frente exigía no perder tiempo. De hecho, los aliados esperaban contar con dos millones de soldados estadounidenses que añadir a los tres millones de franceses y al millón de británicos para las campañas de 1919. De manera que los submarinos alemanes no sólo no habían sido capaces de ganar la guerra, sino que habían hecho que, para Alemania, el tiempo apremiara. De modo que esperar, mantenerse a la defensiva, significaba a la larga perder la guerra. La otra alternativa era pedir la paz a Gran Bretaña y Francia, pero los ingleses pedirían desalojar Bélgica y los franceses, la restitución de Alsacia-Lorena. Ambas exigencias, especialmente la última, no podían aceptarse sin arriesgar una grave pérdida de prestigio de la Monarquía y el inicio de una grave crisis interna. Considerando que los bolcheviques trabajaban para que la revolución estallara en Alemania, la paz no parecía la mejor solución. Sólo quedaba atacar. Y eso es lo que hicieron. Y a punto estuvieron de vencer.

A pesar de que la superioridad alemana no era abrumadora, Gran Bretaña y Francia padecían numerosos problemas. Desde luego, estaban decididos a mantenerse a la defensiva hasta que los norteamericanos fueran lo suficientemente numerosos como para inclinar la balanza de su lado. Pero, mientras tanto, la capacidad militar británica había disminuido, pues su Fuerza Expedicionaria había perdido hombres y, por exigencia de los franceses, había tenido que hacerse cargo de 40 kilómetros más de frente. Los franceses, por su parte, estaban preocupados con que una ofensiva alemana en el punto de encuentro de los sectores francés e inglés abriera una brecha y los británicos se replegaran hacia los puertos del canal, desde donde volver a su patria, y abandonaran París a su suerte. Los ingleses a su vez temían que, en caso de ser atacados por los alemanes y necesitar refuerzos, los franceses se los negaran por preferir preservarlos para la defensa de la capital. En definitiva, cada aliado temía que el otro, enfrentado a una agresiva ofensiva alemana, diera prioridad a su propio interés y se retirara en dirección opuesta a la del otro, los ingleses al norte y los franceses al sur, dejando abierta una brecha por donde penetrar. Los dos sabían que en cambio el interés común exigía, en caso de ofensiva, mantenerse en contacto y sostener el frente, aunque hubiera que reconstruirlo unas millas más atrás, hacia el oeste.

Cuando se inició la ofensiva alemana, el 21 de marzo, allí donde franceses e ingleses se unían, a punto estuvo de romperse el frente y abrirse la brecha que los aliados temieron. Al final, los franceses comprendieron que, si no enviaban los refuerzos, los ingleses no resistirían, serían empujados al norte, echados al mar y, luego, el ejército galo, abandonado por su aliado, carecería de la fuerza necesaria para contener a los alemanes. Así que, enviaron los refuerzos, arriesgándose a que estas tropas quedaran embolsadas con los ingleses y no pudieran acudir a defender París. No obstante, gracias a las carencias logísticas de los alemanes y a que muchos de sus soldados, hambrientos, se entretuvieron saqueando las despensas inglesas, el frente pudo recomponerse. Una segunda ofensiva se emprendió en Flandes a partir del 9 de abril. Nuevamente el frente se vino abajo, pero unas millas más allá se levantó de nuevo. Sabedor de que los ingleses no defendían su tierra y estaban necesariamente más dispuestos a retirarse, Ludendorff decidió insistir en el sector inglés. Sin embargo, con el fin de evitar que los galos acudieran en su auxilio, emprendió una ofensiva de distracción en el norte del sector francés con idea de amenazar París y fijar al ejército francés en su área. Ocurrió entonces que el éxito de la ofensiva fue tal que Ludendorff cayó en la tentación de olvidarse de los ingleses y dirigirse realmente hacia París. Fueron traídas tropas de Flandes y se siguió avanzando hasta llegar a tiro de cañón de la capital francesa. No obstante, por las consabidas carencias logísticas alemanas, Pétain logró estabilizar el frente en el Marne. Los alemanes lo volvieron a intentar el 9 de junio y el 15 de julio, pero en estas dos ocasiones ni siquiera fueron capaces de penetrar con la profundidad de las tres anteriores. La última de ellas fue seguida de una contraofensiva francesa, ahora ayudados por los norteamericanos, que sería el inicio de las ofensivas aliadas que derrotarían finalmente a Alemania durante el otoño.

Más allá de lo ya explicado, la falta de suficiente superioridad numérica y material y los problemas logísticos, es necesario aludir a dos factores muy importantes que explican el fracaso alemán. El primero de ellos es la ausencia de claros objetivos estratégicos. Probablemente, tan bueno habría sido empujar a los ingleses hacia el mar como dirigirse directamente hacia París. Lo letal fue intentar las dos cosas a la vez. El segundo son los norteamericanos. Es cierto que apenas intervinieron antes de julio, pero el saber que con el tiempo estarían en condiciones de ser decisivos obligó a los alemanes a apresurarse y dio sobre todo a los aliados, especialmente a los ingleses, una voluntad de resistir que quizá de otro modo no hubieran tenido.

En la ofensiva de la primavera de 1918, los alemanes no sólo perdieron a 800.000 de sus mejores hombres. También perdieron la guerra. Su derrota final ya fue sólo cuestión de tiempo, lo que tardara en desenvolverse el acto final.


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