Alianza de lobos

Emilio Campmany

Cuando se supo que Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov habían firmado en nombre de sus respectivas naciones un pacto de no agresión, el mundo enmudeció. Los fascistas italianos cantaban por las calles All’armi siam fascisti, terror dei comunisti y Hitler pasó de canciller a führer gracias, entre otras cosas, a acusar a los comunistas del incendio del Reichstag. ¿Cómo era posible que Hitler y Stalin se declararan ahora amor eterno? ¿Qué inquietantes intereses comunes habían hecho que superaran ambos la repugnancia que mutuamente se profesaban?

La verdad fue que ambos tenían buenos motivos para estrechar la mano de su antagonista ideológico. Para empezar, geoestratégicamente, la Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial y la Rusia soviética, aisladas ambas diplomáticamente, estaban obligadas por la fuerza de las cosas a entenderse. Este entendimiento entre los parias salidos del conflicto mundial ya se había dado antes de que Hitler llegara al poder en Rapallo. Sin embargo, hubo nuevas razones que condujeron a Ribbentrop a Moscú a cortejar al zar rojo. Naturalmente, en agosto de 1939, en Berlín ya se había tomado la decisión de invadir Polonia tras semanas de enfrentamientos diplomáticos a cuenta del corredor de Dantzig y otros conflictos que fueron más pretextos que realidades. Una de las muchas cosas que aprendió el dictador alemán de la Primera Guerra Mundial fue que Alemania nunca ganaría una guerra en dos frentes. Francia y Gran Bretaña se habían convertido en garantes de la independencia de Polonia, de forma que cabía esperar que hicieran algo cuando Hitler la invadiera. Si el Ejército Rojo salía en ese momento al encuentro de los alemanes, el führer se vería combatiendo esa guerra en dos frentes que fue la pesadilla de von Moltke durante el último cuarto del siglo XIX. Alemania podía derrotar a Polonia a la vez que se guardaba las espaldas de un ataque francés. Lo que no podía hacer era derrotar a Francia y a la Unión Soviética a la vez. Descartado un pacto con el enemigo estratégico, había que alcanzar un acuerdo con el enemigo ideológico. Luego, desaparecida Polonia y apaciguado el oso ruso, los alemanes tendrían todo el tiempo del mundo para derrotar a los franceses sin caer en el error de 1914, cuando su plan les obligó a tener que llegar a París en seis semanas, antes de que los rusos terminaran de movilizar su ejército. El fracaso del plan Schlieffen durante los primeros días de la guerra está en el origen de la derrota alemana de 1918. Hitler no quiso repetir la misma equivocación. Lo paradójico es que, en 1940, cuando gracias al pacto nazi-soviético ya no había prisa por llegar a París, los alemanes la alcanzaron en menos tiempo del que calcularon que emplearían en 1914.

Pero, ¿y Stalin? ¿Qué pudo empujar al georgiano a aceptar la alianza ofrecida por su enemigo ideológico? ¿No había leído Mein Kampf? ¿No sabía que Hitler, en otra lección aprendida de la Primera Guerra Mundial, había renunciado a desafiar a Gran Bretaña en los mares y lo que quería era dominar el hinterland, esto es, las enormes extensiones que había más allá de los Cárpatos y que eran entonces el territorio de la Unión Soviética?

Stalin, a pesar de ser comunista y creer a la larga en el determinismo marxista y en que la URSS sólo sobreviviría si el comunismo se propagaba universalmente, también era un realista. Su régimen había demostrado que el socialismo en un solo país era posible, de manera que, aunque a largo plazo fuera indispensable, en el corto y en el medio no era necesario empeñarse en hacer estallar la revolución por todas partes. Pero, eso sería así mientras las potencias capitalistas no suscribieran una alianza anticomunista, la pesadilla del Kremlin. La llegada del fascismo y del nazismo ofreció la oportunidad de que esas potencias, en vez de conjurarse contra la URSS, se enfrentaran unas a otras. Si así ocurría, se daría a los comunistas la oportunidad de pescar en río revuelto.

Dada la agria rivalidad existente entre fascistas y comunistas, durante los años treinta, a Stalin le pareció muy lógico que la URSS se uniera a las potencias occidentales democráticas, Francia y Gran Bretaña, para combatir a la Italia fascista y a la Alemania nazi. El hombre que dirigió esta política, que adoptó la forma de propuesta de un sistema de seguridad colectiva, fue Maxim Litvínov. La oferta fue rechazada incluso cuando, estallada la Guerra Civil española, la intervención de Mussolini y Hitler del lado de Franco dio a franceses y británicos la oportunidad de unirse a Stalin para ayudar a la república española a derrotar a los fascistas. Lo cierto es que las potencias democráticas occidentales no sólo tenían en el seno de sus derechas líderes que simpatizaban más o menos abiertamente con el fascismo, sino que además, los que aborrecían a Hitler y Mussolini, desconfiaban aún más del comunismo. El que en España la república degenerara en un régimen revolucionario de checa y terror rojo no hizo más que confirmar sus peores temores acerca de lo que Stalin podía traer a Europa.

Para Stalin, el que Francia y Gran Bretaña se negaran a ayudarle a derrotar al fascismo en España constituyó una gran decepción y le hizo sospechar que las democracias occidentales estaban más próximas al fascismo de lo que estaban dispuestas a reconocer. La posibilidad de una alianza anticomunista se hizo inquietantemente probable cuando, en septiembre de 1938 en Múnich, las democracias occidentales llegaron a un acuerdo con Hitler y le permitieron apoderarse de Checoslovaquia desoyendo la llamada soviética a resistir la codicia nazi. Fue en ese momento cuando se hizo evidente el fracaso de Litvínov. Nunca nacería un sistema de seguridad colectiva contra el fascismo y Rusia seguiría estando aislada diplomáticamente. Llegados a ese punto, dejó de tener sentido seguir ayudando a la república española que fue definitivamente abandonada a su suerte en noviembre de 1938. Y en mayo de 1939, Litvínov fue cesado y reemplazado por Mólotov.

Nuevamente, la Rusia soviética se encontró aislada bajo la amenaza de una gran coalición capitalista. Por eso, no puede extrañar que Ribbentrop fuera recibido en agosto de 1939 con los brazos abiertos. Ya que las democracias occidentales no habían querido aliarse con la gran potencia comunista para combatir el fascismo, los comunistas se unirían a la gran potencia nazi para combatir a las democracias occidentales. No sería Stalin quien entorpeciera que franceses y británicos, por un lado, y alemanes e italianos, por otro, se mataran. Si encima, además le entregaban parte de Polonia, Finlandia y las repúblicas bálticas, ¿qué sentido habría tenido poner objeciones? Por eso, Stalin, cuando Hitler invadió Francia al año siguiente, dio orden a los comunistas franceses de no poner obstáculos a la invasión. Lo que descabaló todos sus planes fue que la invasión alemana de Francia no desató entre ambas naciones una larga guerra en la que ambas se desangraron, sino que Guderian despachó al ejército francés en unas pocas semanas y la Alemania nazi estuvo en disposición de invadir la URSS al verano siguiente sin que el haber tenido que derrotar a Francia hubiera en casi nada mermado su capacidad militar. Y al fin, Litvínov se salió con la suya y las democracias occidentales acabaron siendo aliadas de la Rusia soviética para combatir el nazismo. Quien mejor lo expresó, como siempre, fue Churchill cuando dijo aquello de que si Hitler invadiera el infierno, él haría en la Cámara de los Comunes una referencia favorable al diablo.

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