Brest-Litovsk

Emilio Campmany

Tras el triunfo de la revolución bolchevique, en noviembre de 1917, Lenin tuvo que enfrentarse a un dilema. Tanto él como Trotski estaban seguros de que la revolución comunista a la larga no podría triunfar si no lo hacía en otros sitios, especialmente Gran Bretaña, Francia y Alemania. Por otro lado, aunque creían que acabaría estallando, se daban cuenta de que la continuación de la guerra ayudaría a adelantarla. Sin embargo, en Rusia, donde la revolución ya había triunfado, la paz era necesaria para preservarla. No sólo, sino que la paz era la promesa más importante del nuevo gobierno. El 8 de noviembre de 1917 Lenin dio el famoso discurso del decreto de la paz. En él, además de mostrarse favorable a una paz sin anexiones ni indemnizaciones, proclamó que la misma se basaría en una diplomacia abierta, sin cláusulas secretas, y el principio de autodeterminación. Unas semanas más tarde, el presidente norteamericano, Woodrow Wilson, hizo suyas ambas ideas. Esto inició un largo período, hasta 1945, en que el fingido idealismo comunista soviético sedujo al idealismo, ingenuo o no, del partido demócrata norteamericano.

Para demostrar que hablaba en serio, Lenin ordenó la publicación de los tratados secretos suscritos por el régimen zarista y renegó de ellos. En cuanto a la autodeterminación, choca que un marxista se sometiera a un principio basado en la idea de nación, una superestructura, en la terminología marxista, sólo útil para que el proletariado sirva los intereses de la burguesía. Entonces, ¿por qué Lenin lo adoptó? Lo cierto es que los comunistas de todas las épocas no han hecho ascos al nacionalismo porque han descubierto que el fervor patriótico ayuda al éxito de toda revolución. Para justificarlo, explican que el proletariado de una nación sometido al yugo de otra desea ante todo liberarse de la burguesía extranjera que lo explota. Sólo después de ver a su nación liberada adquiere consciencia de que también ha de acabar con su burguesía nacional. Al final, los proletarios de todas partes se unirán haciendo que las naciones pierdan su razón de ser.

Sin embargo, en 1917 los motivos de Lenin fueron otros. El bolchevique recurrió al principio de autodeterminación para vender una rendición incondicional como una paz sin indemnizaciones ni anexiones. Si hubiera consistido realmente en esta clase de paz, los alemanes habrían tenido que devolver las provincias que ocupaban y era impensable que se avinieran a hacer tal cosa. Aprovechando que se trataba de territorios habitados por pueblos distintos a los rusos étnicos, bastaría que los alemanes permitieran en ellos el nacimiento de Estados formalmente independientes para que la rendición pudiera ser presentada como una aplicación del principio de autodeterminación, apresuradamente incorporado al ideario marxista-leninista.

Para Alemania, la paz no era menos urgente que para los bolcheviques. A finales de 1917 era cada vez más evidente que la campaña submarina no lograría la victoria. La única esperanza era firmar una paz separada con Rusia y volcar todas las tropas que ahora estaban defendiendo el frente oriental en el frente occidental. Y todo debía hacerse antes de que los norteamericanos tuvieran tiempo de desplazar hasta allí sus fuerzas. A pesar de estas evidencias, durante toda la negociación hubo un grave conflicto entre las autoridades civiles y militares. El ministro de Exteriores, Kühlmann, de acuerdo con su colega austriaco, Czernin, creía que había que firmar cuanto antes la paz que estuvieran dispuestos a conceder los rusos para poder atacar en Occidente. Hacerlo así tenía la ventaja añadida de poder contar en el futuro con Rusia como aliado. El Alto Mando dirigido por Hindenburg y Ludendorff veía las cosas de distinta manera. Creían que había que explotar la victoria militar tanto como se pudiera.

El 3 de diciembre comenzaron las negociaciones, primero para un armisticio y luego para la paz. El día 22 los rusos ofrecieron un acuerdo basado en 6 puntos donde se volvieron a formular la idea de que no hubiera anexiones ni indemnizaciones y el principio de autodeterminación. Kühlmann, para disgusto de los militares, aceptó dos días más tarde por medio de lo que se conoció como Declaración de Navidad. Las noticias procedentes de Brest-Litovsk provocaron mucha inquietud en Occidente, entre otras cosas porque desde Petrogrado se hicieron llamamientos para que los proletariados de las naciones aliadas obligaran a sus gobiernos a negociar la paz sobre estas bases. Tanto Lloyd George como Woodrow Wilson se sintieron obligados a responder. El primero lo hizo con el discurso de Caxton Hall del 5 de enero. Y el segundo con el de los Catorce Puntos del 8 del mismo mes. Caxton Hall estuvo dirigido más bien a tranquilizar a los sindicatos británicos y al Partido Laborista. En la práctica, el primer ministro se mostró dispuesto a transigir en el continente, pero no en cuanto a sus ambiciones coloniales. Por el contrario, el discurso de Wilson estuvo dirigido a atraer a la izquierda alemana pidiendo una paz sin anexiones ni indemnizaciones y la aplicación del principio de autodeterminación. El que luego estos Catorce Puntos fueran la base del armisticio y los posteriores tratados de paz no quita para que en aquel momento fracasaran en su misión de socavar la cohesión de la sociedad alemana.

Visto que la revolución no se desencadenaba en el resto del mundo y que los aliados occidentales no atendían la llamada a la paz mundial, las negociaciones se retomaron en enero de 1918. Los alemanes consideraron que la Declaración de Navidad, puesto que no había sido aceptada, debía considerarse caducada. Trotski, como cabeza de la delegación rusa, adoptó entonces una táctica dilatoria porque creyó que esa situación "sin guerra ni paz" le convenía, ya que daba tiempo a que la revolución estallara en otros lugares. Sin embargo, hubo un asunto que resolver que era extraordinariamente importante para todas las partes: Ucrania. Durante la revolución de noviembre, los comunistas ucranianos se apoderaron del poder en Kiev. Hubo elecciones a su parlamento, la Rada, y, en base al principio de autodeterminación proclamado por Lenin, enviaron una delegación independiente a Brest-Litovsk. Ucrania poseía un tesoro que todos codiciaban, su trigo. Si continuaba perteneciendo a Rusia, los bolcheviques podrían alimentar con él al pueblo ruso. Si se independizaba, Alemania y Austria comprarían los excedentes. No hay que olvidar que Viena padecía entonces una terrible hambruna. Por eso, en perjuicio de las promesas hechas a los polacos, alemanes y austriacos cedieron en todas las exigencias territoriales que los ucranianos plantearon y firmaron con ellos una paz separada el 9 de febrero de 1918.

Trotski se enfadó tanto que se levantó de la mesa de negociaciones y se marchó a Petrogrado. El día 13, el Consejo de la Corona alemana discutió en Homburg qué hacer. Kühlmann era partidario de dejarlo estar. Los rusos no estaban en condiciones de emprender ninguna ofensiva, el ejército alemán podía concentrarse en el frente occidental. Además, atacar ahora a los rusos podía provocar el derrocamiento de su régimen y que fuera sustituido por uno menos pacifista. Los militares se opusieron. Consideraban que había que dar un escarmiento a los bolcheviques y que era necesario imponer una paz dictada antes de volver la atención al frente occidental. Los militares se salieron con la suya y la ofensiva se emprendió. Aunque el Comité Central había votado a favor de plantar cara a los alemanes en contra de la opinión de Lenin, al final se impuso la evidencia de que los rusos no estaban en condiciones de resistir y que, en caso intentarlo, la que resultaría beneficiada sería la contrarrevolución. En consecuencia, aceptaron todo lo que los alemanes les exigieron, perdiendo el 34% del territorio, el 32% de la superficie cultivable, el 73% de la producción de hierro, el 89% de la de carbón y buena parte de la industria pesada. El tratado se firmó el 3 de marzo de 1918. A partir de entonces, Lenin pudo concentrarse en consolidar su revolución y los alemanes en emprender su ansiada ofensiva en Occidente.

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