Waterloo

Emilio Campmany

La batalla que se libró al sur de Bruselas el 18 de junio de 1815 pasa por ser la más famosa de la Historia. No sólo, sino que es considerada el hecho decisivo que marcó el futuro de Europa para los siglos venideros. Se ha llegado a afirmar que si el día anterior Blücher y sus prusianos se hubieran retirado hacia Namur en vez de hacia Wavre, nada habría sido después como en realidad fue.

El caso es que el 1º de marzo de 1815 Napoleón desembarcó en el sur de Francia tras haberse escapado de su prisión dorada en Elba. Muchas veces se ha dicho que tal jugada fue un audaz movimiento, fruto de la temeridad con la que solía actuar el emperador francés. En la práctica, a Napoleón no le quedó alternativa. La proximidad de Napoleón al continente generaba gran inquietud. Se barajó la idea de enviarlo a un lugar más seguro, a las Azores o a Santa Elena, la isla de soberanía británica en el Atlántico Sur donde finalmente acabó. En algunos círculos franceses se hablaba incluso de asesinarlo. Napoleón tenía agentes por toda Europa que le informaban de lo que ocurría y sabía de estos planes. También sabía que los franceses no estaban contentos con el retorno de las flores de lis, la derogación de todas las reformas de la era revolucionaria, la vuelta de los emigrados, el revanchismo. Donde más descontento había era en el ejército, ya que muchos oficiales habían sido licenciados y ahora sesteaban en los cafés de París sin apenas ser capaces de llegar a fin de mes con la media paga que les había quedado.

Además, los antiguos aliados padecían graves desavenencias. Reunidos en Viena, el Congreso no avanzaba y no lograba resolver las muchas cuestiones planteadas. Cada cual quería arrimar el ascua a su sardina y los bailes y saraos se prolongaban meses y meses, sin que se alcanzara un acuerdo final. En enero de 1815 Francia, Gran Bretaña y Austria firmaron una alianza defensiva secreta contra Rusia y Prusia. Cuando Talleyrand, respaldado por los pequeños Estados alemanes, se opuso a que Prusia se anexionara parte de Sajonia, Hardenberg, respaldado por el zar, amenazó con la guerra. A la vista de ello, Talleyrand consiguió que Gran Bretaña y Austria se le unieran en la firma de una alianza defensiva contra tales amenazas. Fue un gran éxito del zorro francés, que consiguió de golpe acabar con el aislamiento diplomático de Francia.

Por lo tanto, Napoleón tuvo buenas razones para intentar recuperar su imperio, ya que había mucho que ganar y poco que perder si su destino último era en todo caso ser asesinado por un agente borbónico o ser trasladado a una prisión en el Atlántico.

Desembarcó con 1.000 hombres, el ejército que quedó a su disposición en Elba. Las tropas que fueron enviadas para capturarle se le fueron uniendo, incluidas las del mariscal Ney, que prometió a Luis XVIII traerlo en una jaula. La situación era tan bochornosa para los Borbones que en las Tullerías apareció un letrero que imaginaba el texto de un mensaje: "De Napoleón a Luis XVIII: hermano, no me envíes más tropas. Ya tengo suficientes". La noche del 19 de marzo el rey abandonó vergonzosamente París camino de Gante y Napoleón tomó posesión del gobierno al día siguiente. Por un lado, trató de dar la impresión de que ya no sería el dictador que otrora fue. Por otro, se esforzó por tranquilizar a las potencias enviándoles mensajes de paz y ratificando el Tratado de París de 1814, que puso fin al conflicto. En Europa no se hicieron ilusiones. El retorno de Napoleón era un peligro y se imponía reunir nuevamente a los ejércitos para derrotar al que pudiera levantar el monstruo. El 13 de marzo las potencias representadas en Viena firmaron una declaración que ponía fuera de la ley al mismo Napoleón, haciendo prácticamente imposible cualquier entendimiento. Ya no había espacio para la diplomacia y quedó claro que el problema se resolvería por la fuerza de las armas. Unos días más tarde se constituyó formalmente la coalición renovando el Tratado de Chaumont.

Los aliados idearon una estrategia de triple pinza. Tres ejércitos marcharían sobre París, uno desde Bélgica, integrado por soldados británicos y prusianos; otro desde el alto Rin, compuesto por austriacos, y un tercero de soldados piamonteses desde el norte de Italia. Atrás se desplegaría un ejército ruso que haría funciones de reserva. El del norte fue el que primero se formó. Los del centro y el sur parecía que actuarían con mucha más lentitud. Por eso Napoleón, aunque esperaba tener muchos más soldados disponibles a partir de octubre, decidió marchar sobre Bélgica. Había buenas razones militares para hacerlo. Las líneas de aprovisionamiento británicas iban hacia el noroeste, hacia el puerto de Ostende, mientras que las prusianas se dirigían hacia el este. Si el ejército francés conseguía introducirse entre ambos y se retiraban, lo normal es que lo hicieran sobre sus líneas de aprovisionamiento y tendieran por tanto a separarse cada vez más. Una vez apartados el uno del otro, Napoleón tendría la oportunidad de derrotarlos sucesivamente. También había razones políticas para atacar en vez de mantenerse a la defensiva. Si tomaba Bruselas y derrotaba a los ingleses, Napoleón podía razonablemente esperar un levantamiento revolucionario en Bélgica en su favor y la caída del gobierno tory en Londres. Negociar con un gobierno whig siempre sería más fácil que hacerlo con uno tory. De hecho, a los whigs les disgustaba la idea de sacrificar a un solo soldado británico por salvar el trono a un Borbón. Por último, quedarse a combatir en suelo francés tenía el peligro para Napoleón de que le hiciera perder respaldo popular.

El avance francés sorprendió a Wellington y la primera consecuencia fue la esperada por Napoleón, ya que ambos ejércitos, efectivamente, se separaron. Los prusianos fueron derrotados en Ligny y obligados a retirarse. Wellington no fue estrictamente derrotado en Quatre Bras, pero, viendo que Blücher se retiraba, decidió hacer lo mismo para no perder contacto con él. Cuando llegó a la cresta del Mount-Saint-Jean, delante del pequeño pueblo de Waterloo, el 17 de junio, decidió que ése sería el lugar donde haría frente a Napoleón. Seguir retirándose habría significado entregar Bruselas a los franceses. Envió un mensaje a Blücher diciéndole que esperaba que se uniera a él en la batalla que tendría lugar al día siguiente.

Mientras, Blücher se retiraba en forma relativamente ordenada gracias a la incompetencia del mariscal Grouchy, que lo perseguía sin excesivo entusiasmo con más de 30.000 soldados franceses. Lo lógico hubiera sido que los prusianos se retiraran hacia Namur, y eso es lo que esperaron Napoleón y Grouchy. Sin embargo, lo hicieron hacia Wavre, una ciudad mucho más próxima a Waterloo.

Lo que ocurrió al día siguiente es bien conocido. Los franceses dedicaron buena parte de su esfuerzo a atacar el flanco derecho de Wellington, con la esperanza de que éste, temiendo que le fueran cortadas sus líneas de retirada hacia Ostende, empeñara en ello el grueso de su ejército. No fue necesario porque los soldados ingleses que defendieron el castillo de Hougoumont mostraron extraordinario valor. Luego vino la carga de los Scots Greys contra la artillería francesa, contestada por los lanceros franceses, en la que perecieron la mitad de los jinetes británicos. Se produjo más tarde el error de Ney de atacar con la caballería sin el apoyo de la infantería, cuando creyó erróneamente que el ejército inglés se retiraba. Cuando los franceses pasaron la loma se encontraron a los ingleses dispuestos en cuadros, disparando a discreción sobre la indefensa caballería francesa. Vino luego la carga de la Guardia Imperial, que podía haber decidido la batalla si no fuera porque en ese momento aparecieron los prusianos por el flanco derecho francés, sembrando el terror en las filas galas.

Napoleón fue derrotado por última vez. Es posible que, de haberse empeñado, hubiera podido hacer frente a los aliados a las puertas de París. No obstante, Napoleón no era el de Marengo o Austerlitz. En Waterloo cometió varios errores, con la ayuda de Grouchy, Soult y Ney, algunos de sus más incapaces subalternos. El segundo intento de Francia, después del de Luis XIV, de adueñarse de Europa había definitivamente fracasado, y desde París ya no vendría ninguna amenaza. Gran Bretaña, gracias a su victoria en Waterloo, pero también a la de Trafalgar, quedó como dueña y señora del mundo. Y Europa no se vería envuelta en una gran guerra durante los cien años siguientes, hasta que esos soldados que salvaron a Wellington en el último momento desafiaran a todo el continente invadiendo Bélgica en 1914.

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