Así se rodó carne quebrada

Agapito Maestre

El Museo Reina Sofía y el Ayuntamiento de Madrid dedicarán algunos de sus espacios culturales, durante el mes de septiembre, al estreno de las once películas que ha dirigido Gonzalo García Pelayo en un año. Toda una hazaña al alcance de pocos. Algunas de ellas aún están en proceso de montaje, pero llegarán a tiempo para que podamos verlas al fin del verano, y otras han sido proyectadas en pases privados. He tenido el privilegio de ver Así se rodó carne quebrada en una de esas restringidas proyecciones. Aquí les dejo mis primeras impresiones de esta película. Obra reflexiva y visual, llena de música honda y dura, sobre una de las expresiones máximas del ser humano: el coito entendido, como diría el filósofo Carlos Díaz, etimológicamente, es decir, co-itum, haber sido juntos. Obra cumbre para que no olvidemos que el cuerpo, como diría nuestro personalista amigo, es una delicia.

El cine de Gonzalo García Pelayo es arte de muchas artes. Mestizo es su Arte. Clásico y efímero. Anacrónico y vanguardista. Naturaleza y cultura. De esa oceánica mezcolanza emerge Así se rodó carne quebrada. Es un film hedonista y platónico de un director extraordinario, una de las personalidades mejores de la cultura española, porque es capaz de armonizar contradicciones y darle unidad a la complejidad. Armonía y Unicidad hallo en una película tan hedonista como platónica. Armonía hedonista, porque los atributos del cuerpo son los sentidos del alma, y unicidad platónica, porque casi todo lo que aparece en la pantalla surge del diálogo entre los participantes, son los ejes de una película sin parangón en el cine español.

Esta película representa el cuento de un cuento. Película de una película. Poco importa su argumento, aunque es contado varias veces por los protagonistas; el guión, el libreto, la historia, o mejor dicho, sus varias tramas narrativas acaban siendo devoradas por el concepto, la idea, la filosofía (sic) del director sobre la mujer y el hombre. La forma, o mejor, las formas de entender esa relación son el alimento de la película. Las impresionantes imágenes de playas y montañas, de costas quebradas y rocas duras, de pueblos y calles, de paisajes y personajes, de bellos cuerpos desnudos de mujeres y hombres, junto a las ricas reflexiones surgidas al hilo de las conversaciones, y la música, especialmente el cante de José de los Camarones y el rock duro extraído de una guitarra, son los pilares básicos de una filosofía del erotismo para aquí y ahora.

Porque lo decisivo de esta película es su singular reflexión sobre el erotismo y la pornografía, el erotismo y el amor, el erotismo y el sexo, el erotismo y el deseo, en fin, el erotismo y la vida, no me extraña que el censor de hoy, el burócrata encargado de clasificar esta obra artística para recibir una ayuda del Estado, no haya dudado a la hora de colocarla entre el género de películas pornográficas. El interventor gubernamental ha hecho bien su trabajo. Esta película cumple la principal misión del cine pornográfico que es, como el de toda la literatura erótica, excitar al espectador. Es cine erótico para fundamentar una filosofía del erotismo. Es Única.

Por mil motivos y razones es singular, entre las que ocupa un primer lugar su crítica a la fabricación de apariencias eróticas y sexuales, pero basta fijarse solo en lo más obvio al alcance de cualquier espectador para saber que estamos ante algo extraordinario. Vista la película de principio a fin, y al ser posible varias veces como exige toda obra de arte, aparece con naturalidad la otra cara de la película, esa que aún

no ha sido percibida por nuestro ejemplar funcionario, pero que le mantiene absorto en la pantalla, olvidado de todo lo demás. Se diría que es algo invisible. No es una palabra, tampoco es un sonido. No es una cosa. Ni siquiera hay un mensaje. Es solo la forma. La confianza en la forma es el origen de todas las cosas. También lo es del arte. Toda la película se inspira en la forma y únicamente en la forma. Para García Pelayo, como para todos los grandes del arte, la forma lo es todo. No se trata de reflejar pasiones reales, sino la forma de crearlas y recrearlas. Es inútil para el arte, para su película, eso que sucede en la realidad. Él no hace una foto de la realidad sino una composición artística de lo real. Las pasiones concretas no son nada al lado de las artísticas. Domina y venera la forma. Es la esencia y el secreto de la vida. La manera de expresar un sentimiento, un deseo, o una idea no es un medio para el arte. Es arte. Y la forma expresionista, viva y creativa de esta película le revela el principal secreto de la vida: el cuerpo es el alma de todo. La forma, sí, la amenidad y la belleza del film, su naturalidad y templanza, son los atributos de su expresionismo. En verdad, son los atractivos básicos para seguir atentos a la pantalla. Todo fluye entre el sosiego y la desazón. Imágenes, sí, bellas, muy bellas, y alargadas en sus contornos curvilíneos nos atrapan sin que nos hagan renunciar a entender los monólogos y diálogos. La aparente sencillez expresiva del decurso fílmico son los aliados del espectador. Por momentos nuestras pupilas perciben el fulgor luminoso de una diosa desnuda. Nuestros oídos disfrutan en la escucha de alguna historieta. Nos recreamos en la vista de paisajes jamás vistos en la frontera entre España y Portugal. Estamos felizmente atrapados. Han desaparecido por completo las mediaciones, los conceptos y las fórmulas capaces de deslindar entre un creador erótico y un cineasta no erótico. Así se rodó carne quebrada supera esa barrera distintiva, porque asume la pluralidad, las paradojas y contradicciones del sexo con dejadez reflexiva y una curiosa naturalidad artística: expresionismo de cine. Viveza permanente. Todo se eleva. Reminiscencia del genio de la pintura de todos los tiempos: El Greco.

No estamos ante una peliculita libertina, diminutiva, que se complace con el simple placer de profanar usos y convenciones aceptados por el propio libertino. Va más allá. O mejor dicho, más acá, porque regresa, vuelve con pleno conocimiento de causa, a lo más inmediato, primigenio y primordial, a la indistinción entre el amor y el deseo. He ahí la raíz de la película. En la medida que una cosa coincide con la naturaleza, como mantiene Spinoza, es necesariamente buena. Nunca hasta ahora se había hecho un experimento semejante. Se pone a prueba la filosofía del famoso Spinoza. No se trata tanto de divulgar el pensamiento de este filósofo cuanto hacer un tipo de cine al gusto del judío pulidor de lentes, cuya Ética, obra cumbre de una tradición materialista iniciada con Demócrito y oculta a lo largo de los siglos, señala las nuevas bases para repensar esa delicia que es el cuerpo. Esta película recoge y, sobre todo, expresa de modo magistral la principal idea de la filosofía de Spinoza: la unión del cuerpo y el espíritu. Una idea, dicho sea de paso, que pocas artes han plasmado con tanto rigor como el cine; más aún, tiendo a pensar que es la principal contribución del cine a la cultura de nuestro tiempo, ¿pues qué otras artes, después de la pintura, podrían compararse en aptitud al cine, como nos enseñara el filósofo francés Merleau-Ponty en los años cuarenta del siglo pasado, para mostrar la unión del cuerpo y el espíritu, del espíritu y el mundo y para expresar uno en otro?

Así se rodó carne quebrada es una película anticartesiana. Combate de principio a fin la escisión de Descartes entre la conciencia y el cuerpo. Vuelta a Spinoza: "Nadie sabe lo que puede un cuerpo" (Etica, III, pr. 2, es.). El cuerpo es todo. Es falso que ocupe un lugar entre el yo y el mundo. El cuerpo es yo y también mundo. Aquí se muestra esa inseparabilidad de cuerpo y alma y se rechaza cualquier dualismo entre exterioridad e interioridad. El cine de Gonzalo García Pelayo, dicho sea con el lenguaje de la fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty, es una mezcla genial de la conciencia y el mundo a través del cuerpo. Vuelta a esa tradición que hizo retumbar y estremecerse al cielo del idealismo filosófico, y de la que no está exento el cristianismo, que explora la pregunta clave de Spinoza: ¿qué es lo que puede el cuerpo? Vuelta, sí, a esa tradición intelectual que no trata al cuerpo como enemigo. Como un nuevo Leucipo, García Pelayo nos muestra que los átomos razonan, y no descarta jamás, como nos enseñaran Aristipo de Cirene, Epicuro y Nietzsche, que la carne piensa y el cuerpo reflexiona. Película grandiosa sobre el cuerpo es Así se rodó carne quebrada no sólo porque repiense la unión de cuerpo y espíritu, sino porque los defensores de esa tradición la firmarían como propia.

Gonzalo García Pelayo ha vuelto a demostrar que el cine es particularmente apto para expresar la unión del cuerpo y el espíritu. Y esta película es su mejor ejemplo. En verdad, Así se rodó carne quebrada parece una explanación de un verso de Miguel Florián:

Un alma es un cuerpo que se sabe.

En fin, sobre el cuerpo como ser sexuado, hilo subterráneo que atraviesa toda la película, ya habrá tiempo de escribir cuando se estrene, por el momento sólo señalo que esta obra está lejos de las industrias que halagan al "hermano cuerpo" y muy cerca del arte que convierte el erotismo en una forma genial de conocimiento. Alejada, pues, del porno que nos muestra el cuerpo distorsionado, parcelado e hipertrofiado, y próxima, casi en conversación permanente, con todas las artes que expresan el enigma del amor. ¿Enigma o ambigüedad? ¡Quién sabe! Mientras llega la hora de su aclaración, otros versos, ahora de Miguel Galanes, me ayudan a indagar en la figura de Gonzalo García Pelayo como un nuevo relator de la aventura más gozosa de los humanos:

El miedo siempre es testigo del riesgo
que en aventura arroja a quien sólo ama
y no pregunta y nadie le responde
ni sí, ni no tampoco,
porque hoy amor es ciego loco.
Ya veremos si un relator entre hombre y mujer
nos aclara a ambos qué es el amor.
¿Acaso, dime, no recuerdas tu no
mientras ocultabas, sin tú quererlo,
tu sí para no apartar mis ojos,
que tanto de mí lo deseabas?

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