De Gregory Peck a Will Smith

Santiago Navajas

Proliferan los talleres de Nuevas Masculinidades en las escuelas e institutos de toda España. Según me cuentan algunos alumnos que han asistido, ahí les enseñan que los hombres hemos sido educados siguiendo unos estereotipos consistentes en que llorar es de nenas, los hombres duros no expresan sus emociones, no hay sexos sino géneros y el reguetón es machista.

Dicho así es una trola como un piano o, como se dice ahora, fake news producidas en el cerebro calenturientamente sectario de Irene Montero. Porque, desde Homero en la Ilíada, lo que se nos ha enseñado a los hombres es más bien a ser duros con las espuelas, cierto, pero también a ser blandos con las espigas, como decía Lorca que era Ignacio Sánchez Mejías. Nadie más duro que Aquiles, que no soltaría ni un "ay" si le cortasen un brazo, pero que no paraba de llorar por la muerte de su amigo Patroclo y la pena de Príamo ante el cadáver de su hijo Héctor. Lo que nos han enseñado a los hombres es que hay que llorar por cosas importantes, en el momento justo y en las circunstancias adecuadas. Por eso impresiona tanto ver llorar a un hombre de verdad, porque sabes que obedecen esas lágrimas a sentimientos profundos, a latidos de un corazón roto hasta el infarto emocional.

Otro tanto ocurre con la violencia. Como con las lágrimas, un hombre no recurre a la violencia con ostentación. En este caso, el modelo paradigmático es Gregory Peck en Horizontes de grandeza, donde interpreta a un civilizado y gentil marino del Este que llega a un rancho para casarse con la hija de un terrateniente del salvaje, indómito y brutal Oeste. Allí tiene que aguantar las chanzas de los rudos y machotes vaqueros que interpretan su tranquilidad y bonhomía como debilidad de carácter y cobardía, tanto física como moral. Incluso su prometida, que busca un hombre de pelo en pecho, testosterona subida y aroma a sangre, sudor pero ni una lágrima, lo desprecia y humilla. Todo ello lo aguanta Gregory Peck con olímpica entereza, desafiándose a sí mismo a solas, sin hacer de su bravura y determinación un espectáculo para la plebe ni renunciando a su civismo por lo que pueda decir la chusma.

Me he acordado de Horizontes de grandeza ante el show de infantil arrebato de Will Smith respondiendo con una bofetada a una broma respecto a su mujer de Chris Rock, el cómico encargado de presentar los Oscar. Agresión ante la que Rock, que no había estado fino en la burla, estuvo a la altura de las circunstancias respondiendo con más humor, tranquilidad y firmeza. Con los reflejos de un profesional y un hombre.

No traspasó Rock los límites habituales del humor de las galas de entregas de premios. Sin ir más lejos, Ricky Gervais había comparado recientemente a Joe Pesci con Yoda, el enano verde de Star Wars, y el actor italo-americano no respondió como habría hecho su personaje en Casino de Scorsese, cortándole los genitales al humorista inglés. Lo que sí traspasó los límites es la bofetada de Smith. Entre personas civilizadas se responde con proporción: a las bromas con bromas, no con agresiones.

Por supuesto, no podía faltar en los EEUU quienes sostuvieran que los chistes son también violencia, que reírse del aspecto físico de una mujer es cosa del heteropatriarcado y que al ser negros los dos protagonistas la culpa es del racismo sistémico. Este es un buen test para mostrar cómo algunos confunden la educación y la valentía con la bastedad y la violencia. Un caballero, en todo caso, se habría ido de la gala renunciando al premio. Pero Will Smith difícilmente llegará a ser un día como Gregory Peck, ni como actor, ni como caballero ni como hombre.

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