Los Goya de los hipócritas

Santiago Navajas

Al parecer, la gala de los Goya fue especialmente plúmbea. A falta de glamour en los participantes y de calidad artística en su materia prima, la industria cinematográfica española ha dado siempre espectáculo por sus posicionamientos políticos y su conducta sectaria. ¡Qué tropa!

Pedro Sánchez, Miquel Iceta, Yolanda Díaz y Ximo Puig estuvieron en la gala, donde recibieron las lisonjas y parabienes de sus subvencionados súbditos. Ya se escuchan tambores de guerra y España ha enviado aviones dentro de la OTAN a Ucrania, pero no se escuchó un preventivo "No a la guerra" por parte de nuestros artistas, siempre dispuestos a promocionar la ceja de Zapatero o la cara dura de Sánchez. La única batalla que libran nuestros cineastas en tiempos socialistas es en los despachos para conseguir una prebenda, una ayuda ministerial, una exención fiscal.

La mejor película de todas las nominadas es Otra ronda, sencilla pero poderosa e impactante película danesa, divertida y reflexiva. A años luz de los abortos perpetrados por los sospechosos habituales del panorama cinematográfico español. Por cierto, el resto de nominadas a mejor película europea evidencia que el conocimiento y el gusto de los académicos deja mucho que desear. Más que apreciar el cine, aprecian los mensajes sociales y los sermones políticos.

De ahí que Maixabel sea un sermón; Madres paralelas, un mitin; El buen patrón, un panfleto; Mediterráneo, una campaña típica de ONG… La confusión entre el arte y los sermones-mitines, panfletos-campañas es generalizada en la izquierda. Véase el Museo Reina Sofía y su comisario político, Manuel Borja-Villel.

Se busca en el arte un entretenimiento lúdico complejo o una experiencia vital luminosa. Pongamos, El hombre que mató a Liberty Valance, divertida a la par que profunda. O los Simpson. O Tarkovski. Pero nada más aburrido, simplón y, ay, obsceno que la típica película española. Hay excepciones, claro, como las películas de terror de Paco Plaza, ahora con La abuela en la cartelera, un terrorífico y desasosegante relato sobre las miserias de la vejez dentro del género gore.

Cabe que haya profunda preocupación social y tal en una película. Las mejores películas de izquierdas de la historia las hizo John Ford: Las uvas de la ira y ¡Qué verde era mi valle! Pero en Ford lo social-político estaba sometido a lo estético-artístico. Primero, la Belleza. Sin embargo, para los cineastas españoles, antes que nada es el adoctrinamiento, la concienciación y el politiqueo. Almodóvar destroza su última película trufando un delicado melodrama lesbo-maternal al estilo de George Cukor con una reivindicación panfletaria eructada por Ken Loach. Sueñan los pijos burgueses progres con las luchas franquistas que nunca protagonizaron, pero de las que alardean.

Las contradicciones de nuestros cineastas, contestatarios por fuera, domesticados por dentro, se revelan en la gran ganadora, El buen patrón, crítica mordaz de un empresario capitalista, la habitual parodia sarcástica del patrón en el imaginario socialista. Que Fernando León de Aranoa haya sido financiado por Roures, empresario marxista-trotskista con más de una acusación de ser un explotador sin escrúpulos, capaz de vender el alma de sus empleados por una buena rentabilidad, parece no haberle causado el menor conflicto de conciencia. Pero el colmo de la doble moral fue el de Blanca Portillo, la protagonista de ese blanqueamiento de los terroristas que es Maixabel. En su discurso de agradecimiento por el Goya a Mejor Actriz dedicó el premio a "todos los que se fueron de forma absolutamente injusta", en particular a Juan María Jáuregui. A Cate Blanchett, invitada de postín como homenaje a Berlanga en plan ¡Bienvenida Mrs. Blanchett!, igual alguien le explicó que se refería a los asesinados por ETA. Por sus eufemismos los conoceréis.

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