Crítica de la razón cínica o 'Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo'

Agapito Maestre

Viajo a Sevilla. El 18º Festival de Cine de Sevilla estrena dos películas de Gonzalo García Pelayo: Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo y Ainur. Forman parte de la serie de siete películas, más otra que surgió en el camino, que llevará a cabo durante este año. Voy ilusionado. No hay película de Gonzalo que no eleve el nivel de la conversación. Nos sitúa siempre en otra dimensión del cine. Nos deja en medio de la creatividad. O disfrutamos de ella o salimos huyendo de la sala. Ninguna de Gonzalo deja indiferente. Gonzalo es un torero artista: el pensamiento crea sentimientos y, a veces, el sentimiento es creador. O sea, recorta, recorta y recorta todo lo que puede recortarse a cuerpo limpio, pero sabe que sin capote y muleta no hay toreo. Ya dijo el clásico que torear es aunar recortes y galleos. Voy contento para ver torear a mi artista. Nunca desprecia la lidia. Torea para sí mismo sin olvidarse jamás de su público. Torea para gustarse y gustar a sus seguidores. Piensa mucho sus películas, pero nunca su pensamiento arruina la creatividad que surge en el proceso creativo. Habría que pagar por asistir a un rodaje de Gonzalo. Ni los actores conocen el guión. ¿Guión? Acaso la vida del cine es poco guión… En fin. Yo sólo aspiro a verlo salir por la puerta grande en estos dos estrenos.

Y, sin embargo, no puedo dejar de recordar el comentario que me hizo sobre su cine un amigo de la radio. Me dejó perplejo. O sea, vi, comprendí y sinteticé al instante la grandeza de Gonzalo García Pelayo. No era nada favorable el hombre de la radio al proyecto de García Pelayo de hacer siete películas en un año. ¡No podía salir bien! Mejor, concluía mi interlocutor, hacer una buena que siete "mediocres". Guardé silencio, aunque merecía la pena responderse; la dureza del comentario me hizo sospechar que el inoportuno crítico no había visto muchas de Gonzalo, o peor, juzgaba su cine de modo indirecto, no enfrentándolo cara a cara, sino por la vía de la persona del realizador o de su entorno social. Este tipo de insidia me afirmaba en la grandeza del cine de Gonzalo: una de Gonzalo, aunque solo dure 70 minutos, se pasa por siete, o mejor, por mil de un realizador políticamente correcto.

Las películas de Gonzalo contienen una crítica de la razón cínica del cine comercial de nuestro tiempo. Es una crítica tan irónica como cinematográfica. Es crítica de cine a través del cine. Eso es arte. El mensaje es fácil de comprender para quien participa en su obra con mirada limpia, pero quien no es capaz de desprenderse de sus prejuicios en la puerta de entrada de la sala de proyección lo pasará mal. O peor, quizá no entienda nada. Se lo merecería. Ojalá enloquezca por estulto. Quien no entienda que Gonzalo está criticando al que excluye en nombre del lenguaje inclusivo de un cine acartonado y anacrónico merece que caigan sobre él todas las plagas de la tierra.

Sin embargo, tiendo a comprender las dudas de quien colabora por vez primera con Gonzalo. Por ejemplo, me pongo en la piel de Pablo Piedras, magnífico actor argentino, que ha trabajado por primera vez con Gonzalo en Ainur, rodada enteramente en la capital de Kazajistán, y me pondría nervioso por el resultado. Exactamente es lo que le sucedió al bueno de Piedras… Dudó de su trabajo, le mandó excepcionalmente la película a uno de los grandes críticos de cine de Argentina, Juan Vidal, y le preguntó su opinión. La respuesta fue la siguiente:

Tranquilo, Pablín, que Ainur está muy bien. Está mucho más cerca de Alphaville o de Dos o tres cosas que sé de ella que de los bodrios aborígenes. Gonzalo García Pelayo tiene indudablemente el don del espacio y sabe usar la capital kazaja como si fuera el decorado de Tati en Playtime. El guión que empieza como un Bruges-la-mort de Rodenbach o Capitale de la douleur de Eluard (como Alphaville), va en sentido ascendente como una comedia divina (Ainur/Beatrice), y sabemos que para Pelayín todo es gracia, todo es de color. La ciencia-ficción o ciencia espíritu que usa parecido al 2046 de Wong Kar Wai y que acentúa la parte irreal y onírica de su habitual exploración de lo femenino, también me recuerda al episodio de Mongolia de The world de Jia. Las entrevistas a las kazajas y a la rusa, tipo cinemá verité, son godardianas y pelayescas (recordar Vivir en Sevilla), con el toque genial de no traducirlas (y espero que no las traduzcan), porque muy bien dice que lo importante son los gestos y el sonido de la lengua. La típica babel de lenguas de Rossellini, que en Roberto genera el caos, en Pelayo sirve para la ascensión del espíritu. Me gusta mucho también la escena que venís hablando con Víctor de un científico italiano, lástima que se corte, pura puesta en escena de plano secuencia. Está claro que a vos te usa como un alter ego/silueta de Miguel Ángel Iglesias que habla en porteño en vez de andaluz. Otra escena que me gusta es la que hablan Martina, Víctor y vos y van y vienen con el mapa de fondo. En una película de 70 minutos, Pelayín tiene más ideas sobre el cine que tres generaciones de la Fuc-Universidad de cine de Buenos Aires (el planito del culo de las minas mirando la carrera de bicicletas, por ejemplo). El final es Gracia plena, vos de rodillas ante las dos kazajas, Víctor declarándose a Martina y queriendo hacerle un hijo, final mezcla de Stromboli con Viaggio, en montaje paralelo. Quédate tranquilo que Ainur, película de tu debut, está muy bien y la serie-maratón de Pelayo pinta lindo. Después hablamos más, felicitaciones. Abrazo, Juan Vidal.

Pues eso, me quedo con la crítica de Juan Vidal y me olvido del comentario de mi amigo de la radio.

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