Lucía Bosé, la diva del cine italiano que se instaló en España por amor

La actriz, que murió este lunes a los 89 años, participó en medio centenar de películas con grandes directores.

Manuel Román

No hace sino quince o veinte días Lucía Bosé había acudido a un teatro de Valladolid, a instancias de Boris Izaguirre, el presentador venezolano, con quien le unía amistad desde hace unos años, iniciada por la mitomanía de éste hacia la diva italiana. Esa cita en la capital del Pisuerga obedecía al programa que Boris venía animando con la presencia de jóvenes artistas: Prodigios. Ainhoa Arteta, componente del trío examinador de los concursantes, dedicó un bolero a Lucía Bosé, que ocupaba una localidad preferente. Cuando se abrazaron, sin conocerse personalmente, Lucía le sugirió que más le habría gustado escuchar un aria en su bella voz. Y la soprano vasca, la complació.

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Lucía Bosé en el programa de Prodigios de La 1

Lucía Bosé repartió esa noche besos y abrazos a diestro y siniestro. Quizás se contagió esa misma noche, ¡quién sabe! Siempre con su sonrisa amplia, tan fotogénica a sus ochenta y nueve años, cumplidos el pasado 28 de enero. Llevaba sus cabellos azules, ya nos habíamos acostumbrado hacía tiempo a esa rareza. Fue su última comparecencia pública.

Retornó a la casita que hace veinte años adquirió en la localidad segoviana de Brieva, cerca de donde se había instalado el Museo de los Ángeles, que tanto la obsesionó tiempo atrás. Un negocio ruinoso que la Junta de Castilla y León se había negado ya a subvencionarle.

Dificultades económicas

Lucía Bosé, sin patrimonio, pasó por dificultades económicas, que su hijo Miguel palió en ocasiones, no sin tener con su madre muy serias divergencias por problemas, amén de esa aventura angelical, que no vienen ahora a cuento, cuando la bella gran actriz ya no está en este mundo. Una diva del cine italiano que, por amor, se instaló en España en 1955 para rodar La muerte de un ciclista junto a Alberto Closas, dirigidos por Juan Antonio Bardem.

Tras su boda con Luis Miguel Dominguín, con quien tuvo tres hijos, pasaría a finales del pasado siglo a ser reconocida como "la madre de Miguel Bosé". Parecía ser tratada frívolamente, sin que se tuviera en cuenta su brillante filmografía en su país de nacimiento, estrella a las órdenes de los más importantes directores.

Hija de una familia de campesinos

Lucía Borloni Bosé nació en Milán el 28 de enero de 1931, en la capital de Lombardía, la región más castigada ahora por el coronavirus. Procedía de una familia campesina. Lucía, de niña, iba montada en la bicicleta de su padre camino de la huerta que éste labraba. Habitaban un caserón a las afueras de Milán, conviviendo con varias familias, casi hacinadas. No pasó Lucía de la educación escolar. Sufrió las penurias de la II Guerra Mundial, el fascismo dictatorial de Mussolini, y arrimó el hombro para salir adelante trabajando en un aburrido trabajo en el bufete de un abogado, que dejó para entrar de dependiente en la pastelería Galli, cercana a la plaza del Duomo. En un viaje que hice a Milán para encontrarme con Miguel Bosé, tras concertar un reportaje, el cantante quiso que conociera aquel establecimiento donde lo reconocieron, siendo abrazado y recordándole continuamente a su "mamma".

Con dieciséis años, Lucía participó en el concurso de Miss Italia, que ganó por delante de otras bellezas, que luego serían estrellas del cine, como Gina Lollobrígida, Sofía Loren, Silvana Mangano y Gianna María Canale. Igualmente lo fue Lucía Bosé, ayudada por un hermano de Luchino Visconti, que formaba parte del jurado, con quien se relacionó íntimamente.

Una carrera con más de 50 películas

Su carrera cinematográfica la inició en 1950, hasta 2011, con algo más de cincuenta títulos, entre papeles protagonistas, otros de menor relieve y colaboraciones. Las primeras películas de Lucía Bosé pertenecen a los inicios del neorrealismo, partiendo de la titulada Non c´e pace tra gli ulivi, que iba a protagonizar Silvana Mangano pero que, estando embarazada fue sustituida por Lucía. Fue la segunda película donde pudo demostrar, siendo una completa autodidacta, con escasa formación, su talento natural en Crónica de un amor, la primera que dirigió el luego controvertido y original Michelangelo Antonioni. Desde entonces, su carrera subió como la espuma y ya no le echaban en cara ser solo la guapa que ganó el título de Miss Italia.

Siguiendo la década de los 50, probablemente la más brillante del cine italiano, rodó È l'amor che mi rovina, de Mario Soldati, junto a Walter Chiari, que se convirtió en su enamorado fuera de las cámaras. (Cuando más adelante, ya en España, Lucía salía con Luis Miguel Dominguín, Walter acompañaba a Ava Gardner, y ésta a su vez coqueteaba con el torero; todo un enredo novelesco). Tomó parte en una de las cuatro historias de Questa é la vita, donde la dirigió el veterano actor Aldo Fabrizi. Seguidamente se emparejó con Marcello Mastroianni en París, siempre París, a las órdenes de Luciano Emmer, el mismo que volvió a dirigirla en Le Ragazze di Piazza di Spagna que aquí, pese al título que nos relacionaba con tan concurrido lugar romano, pasó a ser conocida como Tres enamoradas.

Nada destacable sucedió poco después en la vida artística de Lucía Bosé salvo sus relaciones con gentes de la cultura, como Luchino Visconti, al que le unió una profunda amistad y del que aprendió, siendo un erudito, no pocas lecciones. Sería padrino de bautismo de Miguel Bosé.

Transcurría enero de 1955 cuando Lucía Bosé arribó al aeropuerto madrileño de Barajas para rodar Muerte de un ciclista, una de las mejores películas de Juan Antonio Bardem. En el mismo aeropuerto coincidió con Luis Miguel Dominguín. Los presentó el productor de la película, Manuel J. Goyanes. El torero se propuso conquistarla. Y lo logró. Concluido aquel rodaje, en marzo del citado año, se casaron civilmente en Las Vegas. En la España franquista para un personaje como Luis Miguel, que era invitado frecuentemente a las cacerías de Franco, no estaba bien visto compartirlas con quien no estaba casado por la Iglesia. El diestro madrileño decidió el 19 de octubre de aquel 1955 celebrar su boda religiosa en la finca que poseía en Saelices, provincia de Cuenca.

"La más cornuda de España"

A Dominguín le fastidiaba que su mujer siguiera manteniendo su estrellato en el cine y hubo de tragar quina cuando poco antes, en junio, por haber firmado anteriormente el contrato, rodara con Luis Buñuel Así es la aurora, en el papel protagonista de Clara. Ya estaba entonces embarazada de su primogénito, Miguel. Las primeras discusiones matrimoniales estuvieron originadas por el deseo del torero de que su mujer se quedara en casa "con la pata quebrada" como reza el machista refrán y eso supuso que Lucía Bosé estuviera alejada de las cámaras hasta 1967, cuando se separó de Luis Miguel tras doce años de convivencia, soportando como ella misma decía "ser la más cornuda de España".

Las infidelidades del afamado matador de toros han sido contadas infinidad de veces. Ella se quedó con la custodia de sus tres retoños y amenazó a Dominguín con pegarle un tiro si se atrevía a quitárselos. En ese periodo de inactividad únicamente, por amistad con Jean Cocteau, compartida con Luis Miguel, ella aceptó una brevísima aparición en su película El testamento de Orfeo, que el dramaturgo francés rodó en 1959 contando con la excepcional colaboración de Pablo Picasso y Jacqueline, su última mujer.

Lucía y Picasso eran buenos amigos, desde que se conocieran a través de Luchino Visconti. Y luego, dada la admiración del pintor hacia Dominguín, esa relación se acrecentó. Decíase que Pablo estaba enamorado de ella y que Jacqueline Roque, su mujer tenía fundamentados celos. Llegó el día en que la familia Dominguín dejó de ser bien vista en la residencia del pintor. Por influencia de Jacqueline, claro.

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Apuros económicos

Lucía Bosé pasó en 1961 por el duro trance de perder a su cuarto vástago, Juan Lucas, fallecido al mes de nacer. Y ya separada de Luis Miguel Dominguín, al que nunca quiso concederle el divorcio siguiendo los dictados de la Santa Madre Iglesia, como le echaba en cara, tuvo que malvivir unos años al no disponer de dinero, ya que su ex se negaba a seguir pagándole la pensión alimenticia para sus propios hijos, como había acordado un juez, hubo de desprenderse de algunas propiedades, aceptando asimismo rodar películas tanto en España como en Italia, no todas francamente dignas de ser recordadas.

La primera de ese periodo, en 1967, No somos de piedra, comedia que dirigió el humorista Manuel Summers. Interesante fue su papel protagonista en 1968 en Nocturno, que produjo y realizó un intelectual catalán, Pedro Portabella. Entonces conocí personalmente a la actriz, a la que entrevistaría en muchas más ocasiones. Siempre me demostró su elegancia en todos los sentidos, el buen humor, la campechanía algunas veces. Aquella muchacha casi sin estudios de su época de Miss Italia había adquirido una respetable cultura gracias a saber escuchar y aprehender (que se respete la hache) a cuantos personajes de elevada cultura se relacionaron con ella. Al punto, por ejemplo, que en 1972 se editó un libro de versos suyos, Poemas de Somosaguas. Me lo dedicó una deliciosa tarde que fui a visitarla a su residencia de Somosaguas, en la Casa de Campo madrileña. Poemario del que Camilo Sesto, muy amigo suyo y sobre todo de Miguel Bosé, extrajo uno para musicarlo con éxito.

En estudios italianos rodó películas de los hermanos Ottaviani, Liliana Cavani, Margarita Duras, Nelo Rissi, Mario Bolognini, el Satiricón de Federico Fellini, en un breve papel como dueña de una villa romana… De esas experiencias puede que la más emotiva fue la vivida durante la filmación de L´Ospite, de la mencionada Cavani, pues para prepararse a fondo su personaje decidió permanecer un mes observando a los enfermos psiquiátricos de un centro médico.

De producción española no pudo olvidar nunca el rodaje de La casa de los palomas, cuyo director, Claudio Guerín, murió al caerse desde la torre de una iglesia en Santiago de Compostela mientras preparaba uno de los planos. En esa década de los 70 también tomó parte en Ceremonia sangrienta, de Jorge Grau, (los últimos dos títulos con fuerte carga erótica, aunque no por ella, que nunca quiso desnudarse ante las cámaras), Los viajes escolares, de Jaime Chávarri, Manchas de sangre en un coche nuevo, de Antonio Mercero… Entre finales de 1976 y el año siguiente Televisión Española emitió La señora García se confiesa serial interpretado, escrito y dirigido por Adolfo Marsillach.

Ya en el decenio de los 80 su dedicación al cine fue menguando. Tampoco encontraba papeles dignos a su edad. Crónica de una muerte anunciada, de Francesco Rossi, fue uno de los filmes más notables de esa época. El estreno en 1988 de El niño de la luna, del novel Agustín Villaronga, mereció el interés de la crítica: allí personificaba a la directora de un lugar de internamiento de una organización nazi. Finalizando la década estuvo en Roma para aparecer en El avaro, una recreación televisiva de la obra de Moliére, que protagonizada por Alberto Sordi contó con Lucía Bosé y su hijo Miguel en un largo reparto. Fue, por cierto, un fracaso de crítica y audiencia. Pero así Lucía Bosé iba ganándose la vida con la mayor dignidad, sin depender de Miguel, su hijo, ya un cantante cotizado. Pasaron nueve años, hasta 1999, cuando apareció en una producción turca, El último harén, que nada aportaría a su brillante carrera, concluida ya en 2011 con Alfonsina y el mar. Ese fue su adiós al cine definitivo.

Lucía Bosé, que había vivido largo tiempo, al casarse con Luis Miguel, en una finca alejada de Madrid, en Saelices (Cuenca), donde se aburría soberanamente y donde el torero le fue infiel con la sobrina de éste, Mariví, pasaría a partir de 1961 a habitar el chalé madrileño de Somosaguas, del que se desprendió en el año 2000 tras padecer deudas por lo elevado que le resultaba afrontar muchos gastos. Su hijo Miguel se hizo cargo del chalé, convirtiéndose en propietario tras pactar la venta con su madre, quien se marchó a Brieva, provincia de Segovia, donde montó a partir de entonces su pequeño hogar, en soledad. Todo para estar muy cerca del Museo de los Ángeles, que instaló en la cercana población de Turégano.

De vez en cuando Lucía volvía a Madrid para asomarse a algunos de esos programas de tertulias televisivas, donde se distinguía de muchos de los presentes, entre chismosos y personajillos, dejando sentado que era una gran dama, que fue una diva del cine italiano y todo con elegancia, con gran sentido del humor, aunque su aspecto fuera un tanto extravagante con su vestuario y peinados. Importaba claro está más en ella su espíritu, la independencia que defendía por encima de tirios y troyanos, y su gran belleza, exterior pero quizás más elevada interiormente. Tuvo muchos amigos, puede que apenas enemigos. Y se nos ha marchado, de la noche a la mañana, silenciosamente, por culpa de un maldito virus que no respeta condición alguna de los mortales.

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