Crítica: 'Puñales por la espalda', con Daniel Craig y Ana de Armas

Juan Manuel González

En Puñales por la espalda el director y guionista Rian Johnson da un par de pasos atrás tras Los últimos Jedi para, de nuevo, reafirmarse en una concepción del cine que en realidad es la que ha vertebrado toda su carrera: utilizar resortes y recursos tradicionales para hacer un cine moderno, con un estilo visual que podríamos definir como sobrio, clásico. Dos pasos atrás que en realidad son hacia delante, puesto que la escala más reducida de la presente, un whodunnit o misterio a lo Agatha Christie, agrada tanto por la solidez de sus resultados como por pertenecer a una estirpe fílmica en peligro de extinción en tiempo de franquicias gargantuescas como aquella de Star Wars que le ha acogido (y a la que, de manera totalmente lógica, proporcionó su entrega más polémica e interesante). Nos referimos a la de las historias de género muy puras capaces de dialogar con el cine de pasado pero desde una perspectiva actual y algo más retorcida.

Eso es lo que, fundamentalmente, hace Puñales por la espalda, cuyo reparto multiestelar (todos los que salen en ella, literalmente, son conocidos: atención a las intervenciones de M. Emmett Walsh o Frank Oz) se somete a una intriga cómica similar al Cluedo y las novelas de Agatha Christie. En el ático de su mansión, el prestigioso autor de novela de misterio Harlan Thrombey (Christopher Plummer) aparece degollado. Lo que sigue es la investigación a manos del estrambótíco Benoit Blanc (Daniel Craig), un trasunto de Hércules Poirot e Inspector Closeau (que, por cierto, debería reportar a su actor una nueva franquicia ahora que sus tiempos como 007 han terminado) que se enfrentará a una familia excéntrica y polarizada: una especie de tablero de Cluedo viviente.

Puñales por la espalda aborda el misterio desde la perspectiva de la comedia, satirizando el carácter de la familia Thrombey (todos, incluso el propio Blanc, podrían haber cometido el crimen) pero sobre todo deslizando, con clase infinita pero la intensidad de una bofetada en el carrillo, una severa crítica a ciertas políticas sociales tan en boga en tiempos de polarización política. Aquí entra en escena una excelente Ana de Armas que demuestra que las producciones de Hollywood son para ella (podríamos estar ante el advenimiento de una nueva estrella de cine) y una autoconsciencia que nunca repercute en la autenticidad de la película. Puñales por la espalda nunca oculta su naturaleza de "novela de misterio hecha realidad", ya desde su primera secuencia con la criada recorriendo una casa repleta de libros; e incluso ironiza sobre la propia naturaleza de las adaptaciones literarias que llevan alimentando la industria desde su comienzo. Pero puede presumir de un guión perfectamente armado y una puesta en escena aparentemente sobria que, sin embargo, hace un uso artístico y expresivo del primer plano al tiempo que planificar viñetas como la que compone en su magistral desenlace, que naturalmente no podemos contar.

Por lo demás, y pese a un sentido del humor que podría haber sido más agresivo, estamos ante una película narrada a la perfección. El uso de breves flashbacks que administran información estratégica al espectador es perfecto y todo el primer acto, concebido como un interrogatorio a un reparto coral de más de una decena de estrellas de cine, resulta inmaculado, claro y diáfano. La jugada de la película, en realidad, nos espera poco más allá de la hora de metraje, cuando el misterio se resuelve y Johnson empieza a jugar de verdad con esos personajes convertidos en fichas de un juego travieso. La casa gótica de Thrombey empieza entonces a asumir nuevos significados, llevándose el mito británico al territorio americano. Puñales por la espalda es un entretenimiento magistral, un suspense verdadero y una excelente comedia de personajes. Para quien esto escribe, una de las mejores películas de los últimos meses.

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