Crítica: 'Cult of Chucky', la nueva entrega de Muñeco Diabólico

Juan Manuel González

A lo mejor, acabar en el mercado de directo a DVD es lo mejor que le ha podido pasar a la franquicia Muñeco Diabólico. El juguete asesino creado en 1988 en la entrega original dirigida por Tom Holland, miembro destacado del club de los slasher míticos de aquella entretenida década, ha sobrevivido mucho mejor -quién lo diría- al paso del tiempo que otros como Freddy o Jason, cuyos intentos de resucitar la franquicia no han cuajado como deberían por diferentes razones. Chucky, al fin y al cabo, no necesitó de remake alguno cuando consiguió renovarse tras tres entregas iniciales en La novia de Chucky (1996), apuntándose al carro del terror post-moderno inaugurado por Scream, como tampoco quince años más tarde, con esa tercera etapa con Curse of Chucky (2013) que ahora continúa con ésta séptima entrega, Cult of Chucky, también destinada al mercado doméstico.

¿Cómo conseguir con la saga una vez liquidada la ambigüedad de la primera entrega (siempre planeaba la sombra de que Chucky no fuera más que una proyección del propio Andy Barclay, el niño interpretado por Alex Vincent) y agotado el filón cómico de algunas de sus secuelas? Pues, para empezar, asumiendo sin vergüenza alguna su naturaleza, entregándose al carrusel de emociones baratas e incorporando la veta nostálgica del asunto como tema y objeto de (ligero) análisis con un giro final que no contaremos, pero que no deja de aprovechar la naturaleza del juguete como objeto serial de una sociedad de consumo. Chucky, el muñeco más vendido en los 80 y escondite ideal para el asesino vudú Charles Lee Ray, es ahora un vestigio de otro tiempo que acaba en un psiquiátrico para perseguir a la superviviente de la entrega anterior, Nica, interpretada por la hija del actor que le da vida, y también una excusa para un filme de terror confeccionado "a la antigua", es decir, con el arte casi perdido de los animatrónicos y no con tecnología digital.

Todo un festival familiar para fans de la saga que goza de integridad fílmica gracias a la labor de Don Mancini, guionista que ha encontrado la manera de preservar un poco de todas las anteriores convirtiendo el show en una modesta pero convincente fiesta en la que muchos de los antiguos personajes se incorporan (con éxito) a los nuevos en virtud de los resortes sembrados en la muy notable anterior película. El ambientar la acción en un psiquiátrico hasta la bandera de esquizofrénicos permite a Mancini, director también de las tres últimas entregas, repetir la jugada de la película de Holland sin que la verosimilitud se resienta (¿quién va a creer a un puñado de locos que han visto caminar a un muñeco?), sumar algún gag memorable e incorporar algunos episodios alucinógenos en un sólido segundo acto en el que la película cobra vida. El show de FX prácticos (por mucho que no sean a cargo de Kevin Yaguer) también encandila.

Sin un clímax de puro espectáculo como el de las tres primeras entregas (a Mancini, por decisión creativa o falta de presupuesto, se le olvida aportar una confrontación épica, y la película lo necesitaba) pero con un ritmo e ideas sólidas (sin desvelar nada: el prólogo), Cult of Chucky se las arregla para prolongar muy bien el interés de la serie. El muñeco diabólico sigue siendo divertido sin perder amenaza, y los fans que accedimos al género de terror antes de blockbusters como The Walking Dead solo podemos agradecer que alguien todavía se moleste en fabricar filmes que funcionan como Cult of Chucky. Se estrenen en pantalla grande, o pequeña.

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