'Pulp Fiction', un mito

Para Tarantino, el cine ha sido un juguete con el que divertirse escandalizando con sus chistes racistas contados por negros y su violencia friki.

Santiago Navajas

Cada cierto tiempo una película se convierte en un mito. Casablanca no es la mejor película de Bogart (ni la segunda, tercera, cuarta…) pero La noche del cazador sí que lo es de Charles Laughton. Es decir, que hacerse inmortal tiene más que ver con su impacto en el imaginario colectivo que con consideraciones exclusivamente cinematográficas. Pertenece más bien al orden de la Sociología que al de la Estética.

Recuerdo como si fuera ayer, y han pasado 20 años, cuando vi Pulp Fiction en alguno de los cines en versión original de la Plaza de los Cubos en Madrid. Creo que fue en los Princesa porque la pantalla no parecía de una televisión de 32 pulgadas y la sala era más propia de un cine que de un reservado de discoteca. Estaba llena de un público entregado que reía con las travesuras sanguinolentas made in Tarantino, para el que el cine siempre ha sido un juguete caro con el que divertirse escandalizando a los timoratos con sus chistes racistas contados por negros y su violencia de adolescente friki y pajillero pasado de testosterona y acné.

Uno de esos timoratos fue Antonio Muñoz Molina que salió del cine haciéndose cruces como debió salir doña Carmen Polo tras un pase privado en el Pardo de Gilda. La violencia le parecía a nuestro próximo Premio Nobel y Cervantes, gratuita; el humor, cruel; el virtuosismo formal, extravagante; la sofisticación, impostada; el resultado global, bizarro (en su significado inglés de "estrambótico", "estrafalario" en lugar del español de "lúcido", "espléndido").

Tras esa ópera prima asombrosa que fue Reservoir Dogs (ya, Antonio, ya: gratuita, cruel, extravagante, impostada, bizarra…) y el romanticismo desesperado de Amor a quemarropa (un guión suyo que filmó con su garra habitual el malogrado Tony Scott), Pulp Fiction fue su primera obra maestra, un conjunto de sketch de situaciones límites escritas por Tarantino con un ojo puesto en Raymond Carver y el otro en David Mamet, por su sentido teatral de la secuencias, mientras que desde el punto de la puesta en escena combina la majestuosidad de los movimientos de cámara de Martin Scorsese con la planificación del cómic underground made in, por ejemplo, Robert Crumb.

La superficial visión de Muñoz Molina sobre la presunta banalidad del mal de las películas de Tarantino fue luego desmentida con Jackie Brown, Malditos bastardos o Django desencadenado, explícitas denuncias del racismo y el fascismo. Aún así, desde otra barricada, la racial, también fue criticada Pulp Fiction, en esta ocasión por la adicción de Tarantino a la expresión "nigger", ya que según el director de cine negro Spike Lee, sería un término que solo sería legítimo utilizar por los de esa raza. Tarantino se revolvió contra dicha consideración explicando que lo precisamente racista es tratar de establecer privilegios para los negros por el mero hecho de ser eso, negros, el simétrico equivalente moral de discriminarlos. En ambos sentidos, los negros terminarían en un guetto, ya sea por un odio atroz o un amor también excesivo. Líbranos, Señor, de Spike Lee que del Klu Klux Klan ya nos ocupamos nosotros, podrían rogar los afroamericanos a ritmo de gospel o de rap.

¿De qué va 'Pulp Fiction'?

Todas las historias se enhebran de gente normal sometida al arbitrio de los poderosos y de la resistencia de los pacíficos a verse triturados por los que detentan la violencia. Pulp Fiction es bella como Uma Thurman, elegante como John Travolta, poderosa como Samuel L. Jackson, irónica como Bruce Willis, precisa como Harvey Keitel… en definitiva, enorme como Christopher Walken.

En una próxima Historia(s) del Cine que montara Jean Luc Godard, Uma Thurman y John Travolta bailarían junto a Fred Astaire, Rita Hayworth, Anna Karina, Sami Frey y Claude Brasseur en el Madison. A estas alturas, incluso a Antonio Muñoz Molina le habrá terminado por gustar (si ha llegado a comprenderla).

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