Ha muerto el Rey Invisible del cine

Santiago Navajas

Ciento seis años. Como en el caso de Ernst Jünger o Eric Rohmer, longevos que murieron trabajando en una obra que ya es eterna, pensábamos que era inmortal. O más bien no imaginábamos un mundo donde no nos iluminase año tras año su palabra exacta, sus imágenes visionarias.

Ha muerto Manoel de Oliveira, el Rey Invisible del Cine. En Miradas de Cine le rendí un reconocimiento que me sirve como homenaje póstumo retrospectivo. Además de las mejores películas y series del año, de Jersey Boys de Clint Eastwood a Sueño de Invierno de Bilge Ceylan pasando por Fargo de Noah Hawley, cité a Manoel de Oliveira como "figura destacada del año". Y además destacaba como momento cinematográfico de 2014 la conversación que mantenían Don Quijote, Camões, Teixeira de Pascoaes y Camilo Castelo Branco, sentados en un banco de una urbanización, sobre la esencia de la literatura, de España y Portugal en O velho do restelo, su penúltimo cortometraje. La palabra hecha imagen.

A sus más de cien años, Oliveira seguía haciendo películas asombrosas. Como un equilibrista, siempre se mantenía sobre el alambre de la espontaneidad a través de un determinismo estricto, tanto por las acciones que describe como por las palabras de sus protagonistas. Y es que Oliveira era un maestro de los dos factores fundamentales en el cine moderno: el espacio y la palabra. Junto a Bergman, Welles, Dreyer, Rohmer, Mankiewicz o Bresson, ha sido uno de los principales cineastas del giro lingüístico dentro del cine sonoro, es decir los que han reivindicado la palabra como algo más que ruido, un elemento que no puede ser reducido a mero añadido sonoro a las imágenes. Con dichos autores el cine ha de ser no sólo mirado sino escuchado. Explicita esta tesis en el título de una de sus obras maestras, Una película hablada (2003). En una extraordinaria entrevista que le hicieron Álvaro Arroba y sus colegas de Letras de Cine explicaba:

Al ganar color y sonido, la palabra comenzó a hacer el cine más realista, más cercano a la vida (...) Por eso tenemos que abandonar este concepto de que el cine sólo es movimiento, porque no es suficiente (...) Sonido, palabra, imagen y música son, en mi opinión, los cuatro pilares que sustentan, como las columnas en un templo griego, el edificio del cine.

Hace apenas cuatro años yo mismo proponía en Libertad Digital una de sus películas dentro del canon cinematográfico religioso, coincidiendo con la visita a España de Benedicto XVI.

Manoel de Oliveira está empeñado en desafiar las edades que la Biblia adjudica a los grandes hombres abrahámicos, entre los que el más famoso es Matusalén. Lo que es una buena noticia porque aún le quedarían 860 años para proporcionarnos películas tan inteligentes, contundentes y combativas como Palabra y utopía, inspirada en la vida del padre António Vieira, un jesuita portugués del siglo XVII aficionado a los sermones y a defender a los indios de San Salvador de Bahía. Benedicto XVI recuerda con insistencia que el Dios cristiano es Logos, lo que significa tanto razón como discurso. Y el cristianismo se basa, como el judaísmo o el islam, en la palabra de Dios. Al mismo tiempo que su reino no es de este mundo, es una utopía. Por tanto, el título de la película de Oliveira es una definición del mismo cristianismo en su apertura racional y humanista, aunque trascendente, al mundo.

Periférico e invisible pero al mismo tiempo infinito, como su Portugal natal se abría al océano, Manoel de Oliveira creó uno de los monumentos artísticos más complejos y elevados, al mismo tiempo pegados a la carne y los huesos de sus protagonistas pero altamente espirituales. Pocas veces –piensen en Dreyer, Tarkovski, Rossellini– el humanismo de raíz religiosa ha alcanzado una manifestación más pura.

Este gran católico –una de las mentes más lúcidas, bellas y profundas de todo el planeta– ha fallecido en plena Semana Santa, una casualidad que en su caso, la más extraordinaria combinación de ética y estética, es una causalidad.

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