Antonio López, la humildad sencilla del último genio manchego

Andrés Amorós recomiendo Diez horas con Antonio López, un repaso a una vida y una obra que han plasmado la España de los últimos 60 años.

Libertad Digital

Suena Concha Piquer cantando En tierra extraña y rápidamente Andrés Amorós explica por qué: "Está relacionada con el tema del que voy a hablar hoy", dice. "Hace años, el jurado que otorga el Premio Príncipe de Asturias de las Artes no se decidía entre dárselo a Chillida o a Tàpies. Así que uno de sus miembros, de repente, propuso en cambio a Concha Piquer, rostro y emblema de la canción popular española. Ese hombre era Antonio López, y, como era de esperar, no tuvo mucho éxito". Amorós quiere hablar del pintor manchego porque ya fue él quien habló de sí mismo en una conversación de diez horas con Alberto Anaut. El resultado de la charla quedó plasmado en Diez horas con Antonio López (La Fábrica), libro que recomienda encarecidamente a los oyentes de Es la mañana de Federico.

¿Por qué? "Pues por su sencillez". El crítico celebra poder descubrir la intimidad de uno de los artistas vivos más importantes del país. "A sus 85 años, recorre su biografía, desde su infancia, y además aporta su visión acerca del arte". Es precisamente en su impresión acerca de su vida donde el artista puede plasmar, sin proponérselo, cómo ha sido una etapa importante de la historia de España. "Su infancia se instala en la posguerra más inmediata, y sus palabras desprejuiciadas sorprenden y le quitan muchos clichés al pasado". Para empezar, porque Antonio López se reconoce una persona feliz, tanto de niño como ahora. "Él disfrutó mucho de su infancia en Tomelloso. Adoraba a su tío, Antonio López Torres, un hombre solitario, que sólo se dedicaba a pintar, y no recuerda aquella etapa con la negrura con la que suele ser pintada". Además, desmiente algunos tópicos. "Llama la atención cómo reconoce que pudo estudiar y aprender pese a vivir en un pueblo gracias a las becas que ofrecía el Estado. Estudió Bellas Artes en Madrid y pudo viajar a otros países para empaparse del arte de vanguardia. Pese a la pobreza, fue feliz".

De aquella época son sus amigos principales, como Lucio Muñoz, Julio y Paco López Hernández o Chus Lampreave. Y su mujer, la pintora María Moreno, de quien dice admirado todavía que lo que más le gusta de ella es que "le importan las personas antes que nada. Eso hay muy pocos pintores que les pase". También hace un recorrido por la juventud española de aquella época, y responde a un sorprendido entrevistador al confesarle que el erotismo, durante el franquismo, tampoco se vivió como un tabú incuestionable. "He convivido muy bien con la sexualidad. La gente se las arreglaba con Franco y sin Franco; cuando llega lo que tiene que llegar, pues llega lo que tiene que llegar y ya está".

Su visión del arte

Antonio López reconoce que tardó más de la cuenta en descubrir el Prado y sus tesoros, "no porque no advirtiese la pericia técnica de sus pintores, sino por su negrura". Y cita Amorós al maestro López para explicarlo mejor: "Lo español es muy difícil porque es lo menos engolado. Para llegar ahí, tienes que comer muchos panecillos". Él mismo relata que descubrió la escultura religiosa española, primero, y que eso le llevó a mirar el arte patrio con otros ojos. "El amor que transmite esa escultura hacia un hombre que al mismo tiempo es Dios, un italiano no lo sabe hacer", dice, por ejemplo. O: "Es verdaderamente impresionante cómo han pintado la muerte los españoles, con qué dignidad, con qué naturalidad, de qué manera tan seria".

Su tono no pretende sentar cátedra. "Se caracteriza por su sencillez, su naturalidad, su antipedantería". De hecho, hay una anécdota de lo que respondió cuando le preguntaron si se consideraba un intelectual: "Nosotros no hemos sido muy intelectuales", dijo. "No hemos tenido esa enfermedad". Preguntado después si lo decía con ironía, respondió sencillamente que no. "Lo digo como se dicen las cosas". O como las dicen, al menos, algunos manchegos honestos.

Su visión del arte ha ido evolucionando. Empezó siendo un niño habilidoso, que sabía dibujar y que lo hacía bien, y avanzó tratando siempre de registrar con exactitud lo que veía. "Se considera, antes que nada, un enamorado del trabajo", rescata Amorós. "Y además una persona desprendida del dinero, pero consciente de su valor y del privilegio de poder vivir de su pasión". "Al principio creía que el arte era sólo copiar las cosas. Luego aprendió que es un misterio enorme que desvelar, algo sagrado". Pese a todo, se burla del "arte con significado". Y prefiere la humildad de quien escucha a todo el mundo. "Yo estoy hecho de cachos de los demás", dice de sí mismo, antes de concluir con otra referencia a su tío. "Mi tío y yo tenemos mucho respeto a las personas. A los que saben y a los que no saben". En definitiva, un hombre respetado y sencillo, que resume su vida con la felicidad de quien puede decir: "Pinto, las cosas van bien, me llega lo que necesito y creo que con esto ya es mucho".

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