La policía municipal pide "los papeles" a Antonio López en la Puerta del Sol. El desvalimiento de la desesperanza

Agapito Maestre

"Es Antonio López, imbéciles". Gritó para sus adentros un viandante de la Puerta del Sol mientras observaba el atropello de dos maderos contra el artista. Triste país es España que rechaza a sus pintores. No puede pasarse por alto que dos tipejos con pistola al cinto hayan interrumpido su noble afán de captar la luz de un edificio de Madrid. Es intolerable que dos guardias municipales vejen al artista vivo más grande de España. No es de recibo que el alcalde de Madrid no advirtiera a sus guindillas de que dejaran en paz al pintor en la Puerta del Sol. ¡Le exigieron a un genio papeles timbrados para pintar! Bochornoso.

El incidente ilustra la mezquindad de un país con sus creadores. Esto no tiene arreglo. No sé, quizá nadie lo sepa, si existe la esperanza en la pintura de Antonio López. Pintó la Gran Vía de Madrid sin personas. No había nadie. Todo era silencio. Pintó la soledad sobre una pared en blanco. Su obra nos asoma al espanto, incluido el retrato de la Familia Real. Y, cuando deja una rendija abierta, un hálito para desentrañar el misterio, nos precipitamos en la búsqueda de la memoria, de un recuerdo propio y, seguramente, siniestro que hará tambalear nuestra intimidad.

Y, sin embargo, jamás los cuadros de Antonio López se han enseñoreado con lo lóbrego, lo roñoso y lo tenebroso de los humanos. No ha caído en el mayor vicio de la modernidad: rebajar la belleza a la suciedad de lo sórdido. Siempre le ha echado coraje a la esperanza y tesón a su arte. Pintura de paradojas. De España. Miramos su cuadros, pero antes que verlos, antes que valorar su colorido, escuchamos el miedo. Ante una obra estremecida y estremecedora, tan grandiosa como repleta de pavor, nadie saldrá del laberinto del tiempo. Pintar es rememorar. Todo en su pintura es memoria. Vuelta al misterio de la realidad. Búsqueda del bellísimo recuerdo del don de la infancia. De lo sencillo. De lo escuetamente esencial. Pintura muy callada. El silencio, como en Fray Luis, es perfecto.

Memoria, esencia y silencio, sí, contienen sus cuadros, y, por qué no decirlo, Otoño. "Siempre es otoño al declinar la tarde", escribió el poeta Eladio Cabañero sobre su tío, el poético profesor de José Pla, el pintor Antonio López Torres. Esta herencia ha sido multiplicada y superada con fidelidad en la obra de su sobrino, el pintor vivo más preciso y reflexivo de España, Antonio López García. Pintor realista de magia surrealista. Entre la desesperanza y la gloria, entre la soledad y la sublimidad, toda su obra va hacia la búsqueda de la redención de lo cotidiano. Nunca pinta por "diversión". Pintar es exaltar la realidad. Buscar su trascendencia. De eso, precisamente, vuelve a tratar la obra que comenzó hace once años: un retrato del viejo caserón por el que ha pasado la historia moderna de España. La noticia es conocida desde hace semanas. Ha dado la vuelta al mundo. Don Antonio López, a sus 85 años, se ha puesto el caballete al hombro y ha salido a la Puerta del Sol para continuar pintando, o sea pensando, la ciudad después de la pandemia. Todo el mundo civilizado sabe de qué va la cosa. Los madrileños pasan a su lado por la Puerta del Sol y nadie osa molestarlo.

Pero llegó lo previsible. Dos municipales siguen a rajatabla las ordenanzas municipales y le exigen al artista ¡papeles timbrados! para pintar en el estudio más concurrido de España, la Puerta del Sol. ¡Cuánta crueldad! No es una anécdota el altercado de Antonio López con los policías del ayuntamiento de Madrid. Es el reflejo de un país acéfalo. Brutal. No le importa el arte, sino que tenga los papeles en regla. Ni siquiera les dice nada el nombre de "Antonio López". Terrible. De la pandemia hemos salido mucho peor que entramos. Casi todo está prohibido y desgobernado por una casta política infame y ridícula. También el cultivo de las Bellas Artes es objeto de persecución. En verdad, persiguen a todo el que vaya por libre. Les molesta el trabajo, la constancia y el esfuerzo de un artista por captar la luz sencilla, sagrada y eterna de uno de los edificios más emblemáticos de España al atardecer. El silencio de la Casa de Correos camina hacia el desvalimiento de la desesperanza.

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