Momias, insectos y venenos: las creativas fórmulas de los artistas para conseguir los mejores colores

Hubo pigmentos, altamente demandados por los pintores, por los que se pagaba un precio más alto que por el oro.

Laura Galdeano

La destreza de los artistas en el uso del color diferencia –junto a otros factores- la maestría de la mediocridad. Hoy en día, las tonalidades son apabullantes, nacidas de forma sintética en laboratorios especializados. Pero siglos atrás, había que ser creativo para conseguir pigmentos que concentrasen los colores de la naturaleza y fueran duraderos, sin degradarse con el paso del tiempo, en un lienzo u otro tipo de soporte. "El artista se sirve de los colores no para dibujar, sino para provocar sensaciones", defendía Gauguin.

Pocos podrían imaginar al contemplar un cuadro que sus colores han sido obtenidos de insectos de América, piedras preciosas de Oriente o restos óseos humanos. Hay cuadros que pueden leerse en clave geológica. Como un mago que destapa su truco, la ciencia nos permite estudiar las grandes obras de la historia del arte y descubrir las triquiñuelas usadas por los artistas. Tintoretto lograba el efecto mágico de sus telas mezclando pigmentos con vidrio molido para que, frente a la luz de las velas, su reflejo fuera abrumador.

Algunas de las técnicas usadas antaño son hoy inconcebibles, imposibles de conseguir o prohibidas por la presión de movimientos animalistas. Uno de los casos más curiosos es el que se produjo en el siglo XVI con el auge del "marrón momia", una denominación del todo literal. Los restos de antiguos egipcios molidos junto a los aceites usados durante el proceso de embalsamiento daba como resultado un color castaño muy codiciado entre los artistas para jugar con las sombras y la sensación de traslucidez. La demanda se disparó hasta tal punto que surgieron comerciantes especializados en la venta de fragmentos de cadáveres momificados que amasaron grandes fortunas. Paralelamente, se generó un mercado de falsificaciones hechas con restos de criminales embalsamados. Ya en el siglo XX, apenas quedaban momias reales que se pudieran usar con estos fines. En 1904, el diario británico Daily Mail publicó un anuncio en el que se solicitaba "momia egipcia a un precio razonable". Este pigmento era comercializado principalmente por la empresa Roberson and Co, quien dio por finalizadas las existencias en los años 60.

El marrón momia fue usado por distintas generaciones de artistas, desde el francés Eugène Delacroix (1798-1863) al inglés Edward Burne-Jones (1833 - 1898), que cuando supo el origen de este color, cogió los tubos que poseía y los enterró en el jardín. A los muertos, pensó, hay que dejarlos descansar.

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La Libertad guiando al pueblo | Museo del Louvre

La cueva de las maravillas de los colores

La universidad norteamericana de Harvard posee un departamento que investiga la historia y el origen de los pigmentos, es la cueva de las maravillas de los colores, un arcoíris diseccionado en frascos, latas y tubos. Tiene catalogadas 2500 pinturas, las más raras y valiosas, muchas de las cuales no pueden hallarse en ninguna otra parte del mundo. Por ejemplo, posee dos tubos de marrón momia. La mayoría datan de hace más de un siglo.

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Madonna con niño de Benozzo Gozzoli | Harvard Art Museums

Se llama Straus Center y en él trabaja un equipo multidisciplinar compuesto por químicos, arqueólogos, geólogos e historiadores del arte. Nació como proyecto de Edward W. Forbes. Tras adquirir una Madonna con niño de Benozzo Gozzoli (1421 - 1497), descubrió que se deterioraba de forma inexorable y decidió invertir su tiempo y dinero en descubrir el origen de las pinturas usadas y así optimizar su conservación. Generalizó estos análisis químicos a otras obras y comenzó a reunir colores de todos los lugares del mundo que visitaba, incluso de excavaciones y yacimientos históricos como Pompeya. Su trabajo ha sido vital para el estudio del arte y ha tenido utilidad para confirmar la autenticidad de obras. Así fue como se descartó la atribución a Jackson Pollock de un cuadro que contenía pinturas creadas a principios de los 80, cuando el artista estaba ya muerto.

Los pigmentos más extraños

El comercio de pigmentos comenzó hace siglos. Venecia fue una de las centrales de compra y venta más importantes del mundo. A finales del siglo XV y principios del XVI surgieron los vendecolori o dai colori, (vendedores de color), que tenían conexiones con Asia, Oriente y América y lograban materiales muy codiciados en toda Europa. Poseían los tonos más espectaculares de la época. Por algunos se pagaba un precio mayor que por el oro.

Uno de sus productos estrella era el azul ultramarino, más resistente que todos los demás tonos de azul, obtenido de la piedra lapislázuli de las canteras en Afganistán. A través de la ruta de la seda, llegaba al puerto italiano y era pretendido por sastres, tintoreros, vidrieros y artistas. Abría un mundo de posibilidades en las tonalidades azules. Los pintores venecianos tenían preferencia para obtener este material– y ventajas económicas-. Algunos mecenas adquirían el máximo posible de este material para controlar su uso. El coste era tan alto que, al encargar un cuadro, se firmaba un contrato en el que se especificaba la cantidad de azul ultramar que se usaría y qué personajes lo lucirían en sus túnicas o complementos. En el siglo XX se fabricó un equivalente sintético.

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'La fiesta de los dioses', de Giovanni Bellini y Tiziano | National Gallery

Otro color que revolucionó el arte fue un rojo brillante que causaba fascinación entre los maestros de Países Bajos y Vaticano. Era extraído de las cochinillas de las encinas. En 1587, hay registrado el envío a España desde Lima de una cantidad equivalente a 7000 millones de cochinillas. Desde los puertos de Sevilla y Cádiz, se distribuían por el resto de Europa. Su uso se extiende hasta la actualidad, usado en cosméticos como barras de labios. En 2012, Starbucks anunció que dejaría de colorear sus Frappuccinos con extracto de cochinilla tras una campaña lanzada en Change.org para proteger a estos insectos.

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'La joven de la perla' | Museo Mauritshuis

Polémico resulta igualmente el amarrillo indio, un color singular, más intenso que el ocre y con unos peculiares reflejos, obtenido desde el siglo XV a partir de la orina de vacas indias alimentadas exclusivamente con hojas de mango. Se prohibió en el siglo XX al descubrirse la toxicidad de ese alimento para los bóvidos. Podemos ver el resultado de este amarillo indio en algunos de los cuadros más famosos de Vermeer, como La joven de la perla.

Hoy en día está protegido, pero durante siglos se usó la mucosidad del caracol púrpura, un molusco marino que habita en la costa del Pacífico desde Baja California hasta Perú. Dio nombre a esta tonalidad cercana al violeta que enamoró a la realeza.

El negro más puro

Durante el reinado de Felipe II, España se convirtió en exportadora de moda y estilo al resto de cortes europeas gracias al palo de Campeche, uno de los tintes negros naturales más potentes y más demandados por la industria textil. Lograr el negro más intenso ha sido una constante a lo largo de los siglos. Hay artistas que mostraron su pericia en su uso, como Turner, Manet o Goya.

Hace apenas unos años, el artista angloindio Anish Kapoor compró en exclusiva los derechos del pigmento Vantablack, capaz de absorber el 99,96 por ciento de la luz. Está considerado el negro más negro del mundo. Dicen que es lo más parecido a un agujero negro. En el contrato figura su uso exclusivo para fines artísticos.

Colores venenosos

Un verde brillante y vivo, bautizado como "verde de París", causó furor entre las clases acomodadas de Inglaterra y Estados Unidos durante años. Era una creación de Carl Scheele, uno de los mejores químicos del siglo XVIII, a partir del arsenato de cobre. Cautivó tanto a los artistas impresionistas como Cézanne, Manet o Van Gogh, como a las grandes compañías de tinte, desconocedores del peligro que escondía.

La humedad del ambiente extraía el arsénico del tinte y su inhalación resultaba mortal. El verde de París dejó de usarse como pigmento en la segunda mitad del siglo XIX y pasó a utilizarse como pesticida. Hay una leyenda urbana que asegura que los británicos envenenaron a Napoléon en la isla de Santa Helena a través del papel de su habitación.

Tan cálido como mortal resultó el plomo blanco, usado desde la época clásica. Plinio describe su preparación en Naturalis historia. Su uso como pigmento para artistas cayó en picado en el XIX por su toxicidad. Provocaba los conocidos como "cólicos de pintores" o saturnismo, que en fase avanzada, además de dolor de cabeza o embotamiento, provocaba agresividad, sordera y la muerte.

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