La urdimbre del Grupo de Trama

Este colectivo de intervención política, artística y literaria fue lo más novedoso y radical de las vanguardias españolas de mediados de los 70. 

Javier Lacruz Navas

A Gonzalo Tena, pintor silente

Quisiera poseer la sabiduría

para poder marchar por el gran camino

sin temor a desviarme.

Lao Tse

Cuando el enemigo ataca, yo me retiro.

Cuando se detiene, yo ataco.

Cuando descansa, yo marcho.

Cuando se despliega, espero.

Mao Tse-tung

He querido comenzar este texto con dos singulares versos de la poesía china para destacar que la distancia que hay entre el pensamiento de Lao Tse (siglo VI a. C.) y el de Mao Tse-tung es infinitamente menor que la que hubo en la España de mediados de los años sesenta y la actual. Pero también, para subrayar que esa distancia resulta intelectualmente insalvable de entender cuando se pretende leer el pasado con versos nuevos (tan de moda entre los ágrafos culturales, desde la Transición hasta hoy, que confunden un haiku con un hashtag), máxime si de lo que se trata es hacer una reflexión mínimamente lúcida sobre la complejidad del entramado teórico-conceptual y la circunstancia político-social que contextualiza el devenir del grupo de Trama. De ahí que la pregunta nada retórica sino sustancial sea: "¿Cómo unos jóvenes españoles pudieron quedar seducidos por la dictadura china, es decir, por el Gran Timonel?".

De entrada, sepa usted, lector, que el grupo de Trama fue un colectivo de intervención política, artística, literaria y crítica, muy influído por el pensamiento francés del pasado siglo; un grupo activo a mediados de los años setenta, que ejerció de punta de lanza cultural en España, que llegó a ser lo más novedoso y radical de las vanguardias de entonces. En esencia, Trama fue un grupo de pintura, pero no sólo de pintores. (Su nombre alude a la trama o urdimbre del lienzo, pero también a lo que tramaban contra la dictadura.)

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Un colectivo que estuvo formado por José Manuel Broto, Xavier Grau, Federico Jiménez Losantos, Javier Rubio y Gonzalo Tena. Y sepa también, que este grupo afincado por entonces en Barcelona, con su cuartel general situado en la calle de Hospital, 72, 4º de Barcelona, aledaño a las Ramblas, sigue dando guerra hoy en los països catalans, pues quien esto escribe –psiquiatra y coleccionista de arte, estudioso del grupo y divulgador de su pintura–puede afirmar que los Trama siguen ninguneados y censurados en Cataluña, desde el Macba hasta los salones de Ayuntamiento de Gerona. ¡Així fem país!

Sin solución de continuidad con lo anterior, no creo que sea baladí o inoportuno detenerme a comentar que en la 2 de El Mundo (la página más brillante de la prensa cuando cruzan navajas Federico Jiménez Losantos y Antonio Lucas; una página que debería titularse decarne y hueso, porque al lector de la mañana uno le ofrece un desayuno de lonchas poéticas y el otro lo despierta atizándole con el hueso en la cabeza), justo cuando escribo estas líneas, me encuentro con la péñola de Lucas recibiendo a porta gayola: "En un pueblo al extremo de todos los mapas, provincia de Teruel, hay un hombre que no conoce el mar. Trabaja la tierra desde hace más de 70 años. La muerte de Franco le pilló con la azada…". No sé si se trata de un homenaje encubierto a su compañero de columna, pero bien pudiera ser, pues FJL (en adelante Federico) es de Orihuela del Tremedal (o del Tremendal desde que se conoce el pueblo por el citado), es decir, de Teruel, que por entonces no conocía el mar, y que la muerte de Franco lo cogió con la azada (en puridad: con la azada y la horca de la cabecera de Andalán, razón por la que el Gobernador Civil les prohibiría editar el periódico), o en su variante proletaria: con la hoz y el martillo. Porque la aventura colectiva del grupo de Trama no comienza en los adoquines de París del 68, sino antes, en el Teruel profundo de aquellos años plúmbeos y sombríos del franquismo, en una tierra adentro dibujada por el polvo, la niebla, el viento y el sol que responde al nombre de Aragón. Fundido a negro y comenzamos.

II

Es sólo un grito de angustia

que se vacía en el cierzo

como un abismo sin sombras.

Federico Jiménez Losantos

Alrededor del Colegio Menor San Pablo de Teruel, se forjó la generación paulina, con José Antonio Labordeta, Eloy Fernández Clemente y José Sanchis Sinisterra de profesores, y Federico, Gonzalo Tena, Joaquín Carbonell y Fernando Sarrais entre otros de alumnos, un grupo dinamizador de la cultura, donde se leía a clásicos y modernos, y a Marx y Engels, se hacía teatro y poesía, y se conspiraba al mismo tiempo. Pepe Sanchis (sin tilde, por favor), traía los discos de Brassens de Francia y a Labordeta –al que le gustaban los mariachis–lo lió a cantar canciones de protesta. Pero no estaban solos, aunque no lo sabían, pues en esa España había otras propuestas tan sugerentes como la turolense: anteriores, como la del colectivo forjado alrededor de la revista Afal de Almería, capital en la renovación de la fotografía española; o posteriores, como la creación del Museo de Arte Abstracto Español en las Casas Colgadas de Cuenca, gestada a instancias del pintor y coleccionista de arte Fernando Zóbel, un museo modélico de lo que debieran ser –y no han sido– los museos de arte contemporáneo. Estos tres epicentros periféricos evidencian que, más allá de Madrid y Barcelona, en el páramo franquista también había núcleos culturales que no eran la simple "España de charanga y pandereta" sino la "España de la rabia y de la idea" de El mañana efímero machadiano. En suma, que Teruel, Almería y Cuenca también existían. (¡Existen!). Andando el tiempo Federico pasó por Zaragoza y al calor de la Facultad de Filosofía y Letras y de la librería Alcrudo amplió su formación, se unió a los pintores José Manuel Broto y Javier Rubio, y juntos –y suficientemente airados y aguzados– pulieron armas (péñolas y pinceles) para asaltar Barcelona.

La ciudad que fue. Barcelona, años 70 es el título de un libro, pero también una crónica sentimental de unos años donde el frenesí y la libertad se dieron la mano; un lugar de encuentro –de una ciudad abierta y cosmopolita– donde los jóvenes que iban a buscar la libertad se encontraban con que, como dice Federico, "la libertad la poníamos los que íbamos allí a buscarla". Y allí fueron, a buscar un lugar bajo el sol, dos turolenses, Federico y Gonzalo Tena, y dos zaragozanos, Broto y Rubio.

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Javier Rubio, José Manuel Broto y Gonzalo Tena en la Galería Maeght, Bacelona 1976

Y los cuatro amigos, embebidos de una tríada teórico-ideológica formada por el marxismo (Marx, Lenin, Mao), el psicoanálisis (Freud, Lacan) y el discurso pictórico establecido por Marcelin Pleynet en su canónico L’Enseignement de la peinture (1971) –traducido por Javier Rubio–, la revista Tel Quel y la doctrina impartida por Althusser, Derrida, Sollers, Kristeva & cía, todo ello salpimentado de estructuralismo, lingüística, semiótica y otras disciplinas científicas, y encaramados en la más extrema radicalidad de ideas y actitudes, embridaron el gesto y la palabra, y envidaron a los catalanes que hacían guardia en el Instituto Alemán, donde reinaba el rojerío local comandado por Pere Portabella, Carles Santos y los artistas conceptuales del Grup de Treball. Las discusiones entre los aragoneses y los catalanes en su debut en la escena cultura catalana fueron de órdago a grande, pues el escolástico de Javier y el lenguaraz de Federico (entonces y siempre en el papel de ariete) les replicaban este y aquel asunto, fuera doxa, dogma o concepto. Les citaban a San Marx 4, 26 o San Freud, 25,7 como leídos que eran, pues se lo sabían todo. Hasta el punto que superados, una voz del otro lado dijo: "Pero, ¿de dónde han salido estos cosmonautas?". Y pasaron a llamarlos los Cosmos, por aquello de la querencia soviética.

III

La ideología específica de la pintura puede ser el objeto de una problemática que nos remite en última instancia a la historia de las formaciones sociales.

(Texto anónimo del cartel de la exposición en la Galería Atenas de Zaragoza, 1974)

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Por aquellos años era frecuente que las actividades artísticas se hicieran comúnmente en grupo, y este presentaba la característica de ser un grupo sin nombre, sin nom à plume, porque "ya se lo pusieron otros" (Broto dixit) y, sobre todo, porque no sólo era un grupo de pintores (salvo Federico) entroncado en la pintura-pintura (afines a Cane y Devade y al grupo Supports/Surfaces francés), sino que también era un grupo político de pensamiento maoísta (Bandera Roja) y de intervención literaria (Revista de Literatura y más tarde Diwan), acogido al dictumde Mao Tse-tung: "El arte y la literatura están subordinados a la política, pero a su vez, ejercen una gran influencia sobre ella". En su "retorno a la pintura" preconizado por Pleynet, el grupo debutó con una exposición de la galería Atenas de Zaragoza, celebrada entre el 2 y el 19 de abril de 1974. Lo hicieron con un texto a modo de manifiesto programático, Propuestas para un trabajo complejo y pinturas despojadas de todo posible contenido anecdótico. Nada más regresar a Barcelona se incorporó al grupo el pintor Xavier Grau, uniéndose todos en fraternal camarada. A raíz de un artículo de Antoni Tàpies en La Vanguardia, titulado "La revitalización de la pintura", contactaron con él y este les apoyó en su exposición de la galería Maeght de Barcelona. Per a una crítica de la pintura supuso su pleno reconocimiento en la escena artística española. Allí presentaron también la revista de pintura Trama, nombre por el que se reconocerá al grupo en adelante. A Tàpies le vino bien el apoyo del grupo y su defensa de la pintura pintada, pues empezaba a ser cuestionado por los conceptuales catalanes. Con la presentación de la revista Trama en Madrid, entre tragos, insultos y golpes, los figurativos madrileños entraron en justas con los Trama: estos les calificaron de esquizos, y aquellos a éstos de oligos. Pero la Bienal de Venecia –dedicada a España– les esperaba, pues fueron incluidos en la gran muestra Vanguardia artística y realidad social: 1936-1976. Allí Federico no expuso, obviamente, pero se paseó con su tocado maoísta: la gorra verde con la estrella roja de cinco puntas. Venecia fue el punto de inflexión y el vértigo de los cambios sociales y políticos que hubo en España terminaron de barrer una forma de ver y vivir las cosas. Ocaña y Alberto Cardín, el diurno café de la Ópera y el nocturno London, la muerte de Franco y la democracia, dieron paso a Lo que queda de España (1979), que anticipaba lo que ya estaba y lo que quedaba por venir. La exposición En la pintura y la aparición de la revista Diwan fue el fin de fiesta de aquellos inolvidables años.

Aquellos jóvenes con ínfulas revolucionarias de Teruel y Zaragoza, tras su tour por el pensamiento francés y su viaje al exótico ideario chino ("lo que nos perdió en aquellos años fue el exceso de inteligencia", sentenciará el lúcido análisis de Gabriel Albiac), gracias a sus raíces familiares ancladas en la bonhomía y la decencia pudieron desprenderse de los ropones teórico-conceptuales y del narcisismo huero, para seguir siendo esos chicos curiosos, vivaces e inquietos de provincias que podían habitar Madrid o Barcelona sin adornos ni complejos. Y felizmente, hoy las obras del grupo de Trama se muestran en sala propia en el MNCARS de Madrid, gracias a su director, Manuel Borja-Villel, y a la jefa del Área de Colecciones, Rosario Peiró. Y Gonzalo Tena ha recibido el premio Aragón Goya 2017. Con la impecable lucidez de un prófugo, Gonzalo ha explicado que es el primer premio que le han dado después de uno de dibujo a los diez años y que nunca ha tenido una galería de arte porque no ha sido un artista comercial. En el texto que escribí para su reciente exposición retrospectiva en el Museo de Teruel dije: "Gonzalo Tena fue el mejor pintor del grupo de Trama". Pero me olvidé decir que es un pintor silente. Hoy, lunes por la mañana, he acabado este texto. En mi ritual de comienzo de semana recito el siguiente mantra: "¿Cómo diré / que hoy es / lunes?". Su autor: un joven poeta de Trama llamado Federico Jiménez Losantos.

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