Pan y Toros: cuando los clásicos ahogan

La reposición de este pilar de la zarzuela es oportuna y correcta, pero su dispersión le impide levantar el vuelo.

Jesús Blanco López

Se produce una ironía con el maravilloso compositor Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894): que a pesar de ser auténticamente madrileño y haber luchado por la creación de un género lírico nacional, netamente español, se le conozca popularmente por su segundo apellido, el heredado de su madre italiana. Conmemorando ese doble centenario en ciernes, el Teatro de la Zarzuela ha programado una de sus grandes obras, Pan y toros. El que se sirva del señero título para acercarse, bien a la obra de este creador, bien al género, quizá se lleve una tremenda decepción. ¿Será posible que uno de los pilares de la zarzuela grande haya envejecido tan mal? ¿En esto consiste el género, en música espléndida y libretos inapetentes? Quizá se trate de otra ironía.

La elección de Pan y Toros es lógica, tras los montajes recientes de Los diamantes de la corona, Galanteos en Venecia y El barberillo de Lavapiés. Quizá la mejor elección posible, exceptuando la fundacional Jugar con fuego. Pero esta nueva producción, con dirección musical de Guillermo Garcia Calvo y escénica de Juan Echanove, naufraga en su intento de revitalizar la obra.

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La tan criticada actualización de los libretos habría sido oportuna en este caso: la trama folletinesca de conspiraciones y favoritismos en el Madrid de Carlos IV es larga y fatigosa de seguir, en parte por la multitud de personajes históricos y ficticios que por allí se pasean. Un tijeretazo o reescritura habría ayudado a sortear este escollo. Otro problema es la gran cantidad de ideas e ingredientes extra que se han añadido al montaje, con constantes referencias a los caprichos de Goya, abundancia de proyecciones y bailarines y figurantes cuyo cometido -fea costumbre que parece importada del Teatro Real- parece ser más distraer que ambientar y enriquecer. En conjunto, una sobredosis de estímulos que ensucian la escena y pierden al respetable.

Entre los aciertos, esa atractiva escenografía con medio coliseo, los juegos lumínicos y uno de los mejores repartos que se han visto en los últimos años en estas tablas, desde apariciones testimoniales pero no por eso desdeñables -la de María Rodríguez o Milagros Martín- hasta arrolladores protagonismos como los de Borja Quiza y Gerardo Bullón, con rotunda presencia y energía, aislados factores en un conjunto de artistas más profesionales que entregados. Entre los menos lucidos, Pedro Mari Sánchez, con meritorio arrojo pero pálidos resultados vocales al compararse con sus compañeros, y el casi siempre infalible Enrique Viana, francamente ahogado en casi todas sus intervenciones.

Hay escenas evocadores y números bien resueltos, como la marcha coral Al son de las guitarras, con esos maravillosos laúdes; los relatos de los toreros, con un dominante Carlos Daza como Pepe-Hillo; el simpático coro del abate y las damas y el dúo-trifulca entre Yolanda Auyanet y Carol García, el momento más hipnótico de la función. En resumen, bien puede valer este Pan y toros para descubrir el hermoso legado de Barbieri. Para enamorarse del género, mejor esperar a otra ocasión.

Título: Pan y toros
Dirección musical: Guillermo García Calvo
Dirección escénica: Juan Echanove:
Dónde: Teatro de la Zarzuela (Jovellanos, 4, Madrid).
Hasta el 23 de octubre.
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