El liberalismo es un tocapelotismo

Santiago Navajas

Ana Iris Simón es una escritora de izquierdas famosa por su obra Feria, un ensayo biográfico en el que reivindica algunos valores tradicionales, como la familia y la vida en el campo lo más natural, sencilla y frugal posible. Una combinación, por entendernos, de Marx con los amish, de un kibutz israelí y la familia Ingalls en La casa de la pradera. Esta reivindicación de valores usualmente asociados a la derecha le ha valido la crítica de la izquierda urbanita y progre, pero también le ha abierto un hueco en un diario como El País.

En este último periódico publicó "La serpiente liberal-conservadora", artículo en el que Simón comentaba unas declaraciones de Rocío Monasterio. La líder de Vox había criticado a alguien que se había gastado miles de euros en su mascota, pero la hija de la política la había reconvenido por mostrarse paternalista y condescendiente respecto a los valores de otra persona: "no seas comunista" le espetó.

Ana Iris Simón sospecha que Monasterio se considera liberal-conservadora, y le advierte de que la parte liberal se suele comer a la parte conservadora. Para Simón, el liberalismo es, y cito, "amoral, transgénico, transgénero, transespecie y transedad, drogadicto y abortero, posmoderno y poshumano, apátrida y luciférico". En Twitter, luego, citaba, en apoyo de su tesis, frases sacadas de contexto de Hayek, Mises, Rothbard y ¡el fundador de la Iglesia de Satán! Terminaba su artículo lamentado que "la boa liberal de Popper" hubiese engullido a Aristóteles.

La diatriba de Simón contra el liberalismo es, en el mejor de los casos, confusa e infantil. Mezclar en un totum revolutum a un liberal como Hayek con un libertario como Rothbard, un socialdemócrata como Popper y un satánico como LaVey resulta algo malintencionado y calumnioso. Desde sus orígenes modernos con Juan de Mariana y John Locke, pasando por los católicos Tocqueville y Lord Acton, hasta llegar a Isaiah Berlin y Antonio Escohotado, la característica común a liberales de todos los pelajes ha sido su humanismo. Es decir, el respeto a la dignidad de cada persona, cifrada dicha dignidad en el reconocimiento de su libertad política, autonomía moral y esfera de derechos (entre los que los más importantes son la vida y la propiedad).

Desde que en el siglo XIX Gladstone y Chamberlain pusieran las bases del Estado liberal de bienestar, han sido los liberales los que que más han hecho por su fundamentación, con el gobierno de Asquith y Churchill a principios del XX, y su culminación con la puesta en marcha del Plan de Lord Beveridge, del Partido Liberal, tras la Segunda Guerra Mundial. La lucha sigue para evitar que el Estado de Bienestar se convierta en el Bienestar del Estado, como quisieran los socialistas.

Los liberales también fueron la principal resistencia contra los totalitarismos de izquierda y derecha, contra marxistas y fascistas. Nadie lo expresó mejor que Clara Campoamor cuando se definió políticamente "Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo, soy liberal". Y nadie lo representó mejor que el ordoliberal alemán Walter Eucken, uno de los pocos en la Universidad de Friburgo que osó enfrentarse a la política racial y excluyente de Heidegger cuando los nazis lo nombraron rector. Hay que imaginarse a Hayek y Keynes -tan cerca, tan lejos en sus respectivos liberalismos- armados de escobas en el tejado de la capilla gótica del King’s de Cambridge mientras esperaban un posible bombardeo de la Luftwaffe que incendiase la Universidad. Que unos ateos liberales se jugasen la vida para defender el patrimonio religioso de Occidente debería bastar para refutar la delirante tesis de Simón, pero suele ser difícil que un hecho refute una ficción ideológica.

No me extraña que Simón tache al socialdemócrata Popper, siempre muy crítico del mercado a la manera liberal, de boa constrictor. Junto con Orwell y Camus, nadie hizo más en la izquierda durante el siglo XX para desmontar esa impostura criminal que era el comunismo. Pero a quien engulló el filósofo vienés no fue a Aristóteles, sino a Karl Marx. Lo cuenta, por ejemplo, Carlos Solchaga en su libro Las cosas como son- Diarios de un político socialista (1980-1994). A través del magisterio de Luis Ángel Rojo, jóvenes socialistas hartos de dogmas empezaron a librarse de la jerga escolástica marxista y pudieron conocer a quienes, como Popper, habían criticado duramente el historicismo y a las ideologías que, como la marxista, habían devenido sectas laicas y pasaportes al gulag.

En su cuenta en Twitter, Simón ha emprendido una caza contra la que según ella es la bruja liberal por antonomasia hoy en día, Isabel Díaz Ayuso: "Si alguien tenía dudas de que el liberalismo es luciférico, baste ver la rebelión de Ayuso para dejar encendidas todas las luces".

Si alguien tenía duda de que Simón es una oscurantista, baste comprobar la servidumbre con la que aplaude que se apaguen las Luces. En su utopía agro-marxista no existiría la electricidad, nos iluminaríamos con salvíficas velas y en lugar del maléfico aire acondicionado aplacaríamos el calor únicamente con angelicales abanicos ecologistas. Aunque los liberales no somos conservadores (como explicó Hayek) ni socialistas (no hace falta explicar que estamos a años luz del intervencionismo, el paternalismo y el complejo de superioridad moral y epistémica) está en nuestro talante y nuestra ideología dialogar y negociar con otras corrientes, así que estamos encantados de que haya quien se considere liberal-conservador como Díaz Ayuso y Esperanza Aguirre o social-liberal como Carlos Solchaga y Miguel Boyer. También estaremos encantados de que Ana Iris Simón asuma algún día el valor de la autonomía personal, la flexibilidad del mercado, y la tolerancia con la pluralidad de los valores.

En el siglo XIX el sacerdote reaccionario Félix Sardá y Salvany defendió que el liberalismo es pecado. En el XXI, una ensayista progresista sostiene que el liberalismo es satánico. Que un reaccionario y una progresista coincidan en considerar el liberalismo lo peor de lo peor nos indica que el liberal no es tanto un luciferino como un tocapelotas. El tocapelotas perfecto, al que fusilarían tanto los de extrema derecha como los de ultraizquierda. Somos tan tocapelotas que no solo garantizamos seguridad en un régimen liberal a aquellos que nos matarían sin dudarlo un segundo, sino que les animamos a que hagan caja calumniando y tratando de destruir el sistema en el que medran con tanto éxito. No porque seamos idiotas, sino porque bañándose en sus piscinas privadas igual se les quitan las ganas de construir el Paraíso en la tierra a costa de nuestras amorales, transgénicas, drogadictas etc. etc. vidas.

PD. Si me hacen el favor, he hecho en Twitter un hilo satánico, luciferino y pecador sobre liberales. Advierto: el liberalismo puede perjudicar a su salud (como caigan en manos de Putin, Maduro, Xi Jinpin, Ana Iris Simón y el resto de la tropa antiliberal).

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