Los compadres de mi biblioteca (contra las jeremiadas literarias)

Jesús Fernández Úbeda

Los popes jeremíacos de la Literatura, con su pedantería hiperbólica, con su meapilismo cooltureta, son tan peligrosos para los lectores como un talibán en ejercicio, como un cardenal woke o como un ministro de Cultura. Soy alérgico –una ronda de Urbason, por favor– a fórmulas del tipo "los libros nos salvan", "nos hacen viajar" –se viaja con libros, no en libros–, "nos mejoran", etcétera. Creo que conviene, por salud mental, añadir siempre un depende. Como escribe el filósofo Jorge Freire en su magnífico Hazte quien eres (Deusto, 2022): "Dedica las tardes a embaularte folletines (…), pero no leas la cartilla a tus deudos, so pretexto de interesarte por su edificación, porque prefieran pasarse la tarde viendo una película de vaqueros, haciendo spinning o jugando al FIFA".

Una sobredosis de lecturas mediocres me mandó al paredón de la bibliofobia. Me explico: como bien sabrá mi Lector Constante –le birlo la expresión a Stephen King–, las entrevistas conforman el grueso vastísimo de mi trabajo. Buena parte de estas son a escritores, a escritores que acaban de publicar, a escritores que acaban de publicar libros a veces buenos, a veces anodinos, a veces insufribles –con alguna invitación encubierta al suicidio me he encontrado–. Al margen de lo que me parecieran, bien por respeto al autor, bien por profesionalidad, los leía de principio a fin, aunque fueran bostezos de 600 páginas transustanciados en celulosa.

Por ello, he hilvanado un trimestre largo de, excepciones al margen, como el Yo no maté a Federico de Carlos Mayoral (Planeta, 2022), lecturas por negocio bastante insustanciales, marginando, por falta de tiempo y de ganas, aquellas lecturas por ocio que me divertían, que reventaban felizmente el reloj y, sobre todo, que me proporcionaban nutrientes literarios y periodísticos. De lo que se come se cría: si te inflas a kebabs, tienes más posibilidades de sufrir enfermedades cardiovasculares; si lees libros no ya malos –parafraseando a Calamaro: qué temeridad acusar de maldad a un libro–, sino que no te aporten, dedicándote a la escritura, tu verbo flaquea, se precariza, se apaga. Y en estas me sentía yo.

Por fortuna, la vacuna contra la desidia, el agotamiento y la asfixia literaria la encontré, por un lado, dinamitando la costumbre de leer por completo los libros que ni fu ni fa; por otro, y a san Lorenzo gracias, en los compadres de mi biblioteca, en mis escritores fetiche, en las novelas, ensayos o poemarios que me han hecho/hacen. Así, he recurrido de nuevo a Knausgård, gracias a mis primos Jose y Lara, para disfrutar de su danza estacional sobre ese suelo de pétalos y de cristales rotos que es la vida; a Raúl del Pozo, para no perder el pulso urgente y culto de la crónica; a Pérez-Reverte, para endosarle un electrochoque efectivísimo a mi abulia; a Emilio Lara, para diluir mi cinismo con su esperanza; a Francisco Umbral, del que me alejé por culpa de los umbralitas; a Emmanuel Carrère, mi último deslumbramiento, o al citado King, uno de mis pasatiempos favoritos.

Sucedáneo de moraleja: lean… si les apetece, si lo gozan, si lo necesitan. No lo hagan por pavonearse o por conseguir followers. "Cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres" (Mateo, 6,2). Sean selectivos, elijan bien a los miembros de su sacrosanto círculo de confianza y cuelguen el cartel de "No Homers" para espantar a los intrusos coñazo. ¿Un hombre que lee es mejor que uno que no lo hace? "No necesariamente –me dijo una vez Eduardo Torres-Dulce–, pero yo creo que un hombre que lee es mejor que antes de que leyese". Suscribo. Sí, un buen libro no salva de nada, pero ejerce una compañía pocas veces mejorable. Y si no lo hace, next.

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