Tomarse la vida con filosofía

Agapito Maestre

Si esa frase significa pasar desapercibidamente por el mundo, sin criterio y sin ánimo para pensar, o sea, "echarse a la bartola" despreocupándose del sinsentido de la vida pública y la irracionalidad de la privada, no la utilizaré ni siquiera para abonar el suelo de mi huerta. Borremos de nuestro vocabulario ese tópico. Pero si esa alocución de la vida cotidiana es utilizada para enfrentarse a los "filósofos" idealistas, cuenten conmigo. Nadie mejor que el pueblo llano ha puesto en cuestión las cosas raras que dicen esos personajes. Otra cosa diría de los filósofos sin adjetivos. Son genuinos escépticos. Saben que lo real no se agota en un concepto. El filósofo a palo seco jamás pactará con el engaño de la modernidad: nunca confundirá el orden de lo ideal con el ordo rerum.

Pensar es vivir. La referencia a la experiencia, a la historia entera, a la vida, es el fundamento de su pensamiento. A quienes piensan trascendiendo las lógicas ajadas de una universidad muerta, o rebatiendo el lenguaje de los bodoques políticos, o sencillamente se carcajean de los academicismos de salón, nos gusta la expresión "tomarse la vida con filosofía". Nos hace felices la dejadez alegre de llamarle estulto, o tonto de capirote, a quien cree que tiene la razón por su "autoridad", o peor, por el poder que le ha conferido un "político" u otro aún más estulto que él. Los filósofos sin adjetivos no lo pueden remediar: se toman la vida con filosofía. Son transgresores de los órdenes estúpidos, injustos e idealistas. Piensan a contracorriente, pasan de una disciplina a otra y las mestizan. Jamás cantan la "grandeza" de la pureza. Persisten en transgredir el orden del saber impuesto por una legislación injusta y maniatada por el poder.

Tomarse la vida con filosofía no puede significar otra cosa que aceptar con naturalidad la vida del pensamiento. Sí, la racionalidad, suponiendo que existiera, antes que "filosofía", "arte", "ciencia", o cualquier otro modo de sabiduría, es una forma de sentir y tratar de hacer a la humanidad en general, y a los individuos en particular, más felices y libres. La autoridad, como decía don Marcelino, se queda para otras esferas: en filosofía nadie posee sino personalmente aquello que ha investigado y en su propia conciencia reconocido.Tomarse la vida con filosofía es una manera de vivir. Siempre se piensa de nuevo.Y, generalmente, a contracorriente, porque el pensar es circunstanciado o no es pensar, pero, cuidado, que no nos devore el contexto, la situación. ¿Cómo trascender la situación? Es asunto capital, porque sin universalidad o, al menos, sin la pretensión de universalidad no hay filosofía. Creo saber, después de darle mil vueltas, o sea de querer pensar, que el asunto clave de mi pensamiento, en realidad de mi vida, es querer pensar.

Quiero pensar, y esto si que es grave, sin tener grandes dotes para la faena. O sea, quiero torear pero estoy muerto de miedo. (¿Conocen algún torero sin canguelo?). Lo importante es saber gestionarlo. Transformar el miedo a la muerte con movimientos bellos para el respetable. Arte efímero. Pero grandioso. Algo parecido sucede con la filosofía. Nadie piensa a partir de una facultad extraordinaria. En esto todos seguimos a Platón: el ser humano no se caracteriza por su sabiduría o sus facultades intelectuales, sino por todo lo contrario, sí, por ser un tipo desvalido, jodido y limitado. No hay posibilidad de conocimiento, de saber, sin tener en cuenta esta limitación. Hemos de llevar a pulso y en vilo nuestra formidable precariedad. Platón sigue siendo grandioso. Lo importante es cómo transformar minusvalías en capacidades. Ahí está el grado mínimo del conocimiento. Y si seguimos perdidos, la cosa se resolverá, como casi todo con trabajo. No hay asunto filosófico, literario, artístico, científico, o cualquier otra forma de saber que se resista al trabajo. Al esfuerzo. El sostén último de toda obra valiosa está en el sacrificio personal. Eso es tomarse la vida con filosofía.

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