El Diccionario y el Índice de Idiotez de España

Itxu Díaz

Cada año espero la actualización del Diccionario de la RAE con la misma pasión con que la bancada popular acoge los coños de Pablo Casado. El termómetro sociológico que supone la inclusión y ocasional exclusión de palabras nos permite calcular el llamado Índice de Idiotez de España (IEE). En 2014, el IEE se disparó con la entrada de palabras como amigovio, coach, papeo, o las célebres pechamen y culamen. Mi tesis es que fue el año en que los académicos decidieron las incorporaciones en la cena de Navidad de la institución al grito de "¡sujétame el cubata!"; hago aquí una propuesta siguiendo el procedimiento actual: sujetacubatismo. Sea como sea, desde entonces las altas siempre han causado algarabía porque, a fin de cuentas, hemos pasado del Diccionario de Autoridades del XVIII, que apuntalaba cada entrada con ejemplos de su uso por parte de autores de prestigio que trataban el español con "la mayor propiedad y elegancia", al actual Diccionario, que apuntala cada nuevo término con ejemplos de su uso por parte de youtubers, charos y tiktokers.

Acabo de leer la lista y, en la revisión de 2021, se añaden términos y expresiones como nueva normalidad, que debemos al célebre académico y lingüista Sánchez Castejón; poliamor, que es concepto inexistente que solo se da en la realidad paralela del cine español, y webinario, que define a la conjunción de tres o más testículos de los académicos de la RAE en un mismo lugar. La pandemia deja también su huella en esta edición, dando entrada a palabras como vacunólogo, que designa a cualquier tuitero o tertuliano; distanciamiento social, que es algo que dificulta bastante el poliamor; o hisopado, el que llevo aquí colgado. Y acoge a su vez términos propios de la ciencia ficción, como netiqueta, que se destina al conjunto de normas de cortesía en internet –algo más difícil de encontrar que la partida de bautismo del Chupacabras–, o gentrificación, que es la típica palabra misteriosa que solo puede salir de la tribuna del Congreso, a menudo en boca de alguien que tampoco sabe qué demonios significa.

Confuso me ha dejado la definición de jaquetía, que es una variedad del judeoespañol, y yo siempre he pensado que era el grito de guerra de Irene Montero a sus asesoras. Y más confuso aún me he quedado al descubrir la voz pichear, que al parecer es solo lanzar una aburrida pelota a un tipo que esgrime un palo. Injusta me ha parecido la incorporación de muac, que deja con la miel en los labios al Pato Donald por una sola letra. Con pinzas puede cogerse la inclusión o las nuevas acepciones de robado, sambar, valemadrismo, relato, eurofán y finalísima, homenaje al siempre ilustrado y alegre periodismo deportivo. Muy rápidos han estado los académicos con la adición del artículo obispa, que irá ilustrado con la foto de Yolanda Díaz. Mientras que la inesperada entrada de cortapega en el Diccionario desvela una cierta acedia en el ambiente de los salones de la RAE.

Como preveíamos, en la España –mejor sería decir en el español– del webinario, la netiqueta y lo cisgénero, el Índice de Idiotez mantiene su tendencia al alza al mismo ritmo que el precio de la luz. No tanto por la anécdota de la palabra más o menos idiota que llega, sino por el triste desuso de tantas otras que son nuestro orgullo, así como por la desaparición, en el último siglo, de términos que hoy nos serían de gran utilidad para el oficio de la crónica parlamentaria, como cuñadismo, ahogaviejas, churriguerista, rufiancete, exhíbita, urbanía o guzpatarero.

Con todo, aunque no comparto su propensión a incluir en el Diccionario lo popular antes que lo correcto, tampoco deseo despreciar el paciente trabajo de los académicos, que además me permite elaborar el IEE cada año y saldar algunas cuentas pendientes. Sí, por último, deseo que conste mi aplauso más sonoro a la inclusión del cachopo, la madre de todos los filetes, y mi condena absoluta a la llegada de quinoa, a la que le conceden además el incomprensible título de "comestible", cuando nadie en su sano juicio puede imaginarse a Arturo Pérez-Reverte, o a mi paisano Guillermo Rojo, mordisqueando granitos de lo que sea eso para corroborar tan perversa definición.

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