Un verano con don Marcelino

Agapito Maestre

El brujo de Villahizán, mi amigo Ángel, sigue de vacaciones por Santander. Me manda dos fotos. En una está ante la biblioteca chapada de Menéndez Pelayo y en la otra aparece delante de la puerta de la antigua casa de Galdós de la que solo queda el nombre de San Quintín. Después de la sección fotográfica, me cuenta que se dio un paseo por la península de la Magdalena. Contempló el mar, se relajó frente al Sardinero y decidió visitar una librería antes de regresar a Liencres, donde tiene instalado su cuartel de verano. Pasó por una librería de lance en el centro de Santander y encontró una joyita. Se trata de la segunda edición de San Francisco de Asís, de Emilia Pardo Bazán, publicado en 1886 por la editorial Garnier Hermanos, con prólogo de Menéndez Pelayo. Me muestra una foto por WhatsApp de la portada y me pregunta: "¿Es verdad que la relación entre doña Emilia y don Marcelino fue siempre fría por un quítame esas pajas?".

"No negaré yo que entre ellos hubo sus más y sus menos, como se desprende del intercambio epistolar entre don Marcelino y Juan Valera", fue mi respuesta; pero, enseguida maticé, en este caso generalicé, "tiendo a pensar", como escribí hace unos meses en Libertad Digital, que el respeto entre ambos personajes fue recíproco. Vamos, que, a pesar de las habladurías de antaño y hogaño, nunca don Marcelino difamó a doña Emilia Pardo Bazán.

Ángel ha releído varias veces, según me cuenta en un correo electrónico, el prólogo de don Marcelino para la novela San Francisco de Asís, una obra muy bien informada de una de las autoras más cultas de España. La novela está llena de citas a pie de página y una larguísima introducción para acceder con solvencia a la figura del santo en el contexto del siglo XIII, pero mi amigo ha quedado atrapado por la amenidad de las páginas del prólogo. Ameno y, como casi todo lo escrito por el sabio, instructivo. Me pide consejo para leer otros textos de Menéndez Pelayo de parecidas dimensiones al dedicado a esta novela. "Ya sabes", me recuerda, "soy médico y no tengo todo el tiempo del mundo para leer… Y quiero regresar a Machupichu un poco más sabio". Y al instante le escribo varios títulos equivalentes en número de páginas al citado. Se refieren a otras tantas críticas de Menéndez Pelayo a novelistas, filólogos y poetas. Son relativamente breves en extensión y profundos en el contenido. Van al asunto de modo directo, pero sin agotar y maltratar los temas tratados ni apabullar al lector con datos fútiles.

La elegancia y el buen gusto dominan siempre en la narración de las críticas de Menéndez Pelayo. El humanista se impone al sabihondo positivista. Son textos que yo releo con frecuencia por su poder crítico y amenidad literaria. Son genuinos ensayos. Rompen con la pesadez de la abstracción del teórico, de los artículos técnicos especializados, y a la par dan puerta con dejadez creativa a los datos y la erudición innecesaria. Este tipo de trabajos continúan la gran tradición del ensayo español, que nunca separa radicalmente la investigación científica de la creación artística. Literaria. Después de mandarle el listado de trabajos, entre los que incluyo algunos dedicados a Heine, Croce y Francisco Rodríguez Marín, el sabio editor del Quijote, me arrepiento. Quizá estoy agobiando a mi amigo con demasiadas lecturas. Rectifico. Le pido perdón y le hago llegar en PDF el discurso de contestación de don Marcelino al del ingreso de Barbieri en la Real Academia Española.

Tampoco me deja tranquilo mi nueva sugerencia. ¿No es un poco anacrónica? Quizá. Pero me consuelo con un pensamiento de mi admirado Theodor W. Adorno, uno de los mejores ensayistas alemanes del siglo XX, cuando defendía que la actualidad del ensayo es la actualidad de lo anacrónico. El ensayo se ocupa generalmente de lo que queda al margen, aunque en este caso se trate, nada más y nada menos, que del músico español más importante del siglo XIX, casi el inventor de la Zarzuela. Escribió 76 zarzuelas, entre ellas El barberillo de Lavapiés, Pan y toros y alguna de título equívoco e inquietante, por ejemplo, Entre mi mujer y el negro. Acaso por eso, por el contraste entre lo popular y lo académico, el ensayo de Menéndez Pelayo hizo hincapié sobre todo en criticar que la música española hubiera estado al margen, desplazada, quizá tanto como sigue ahora, de la historia de la cultura española… Pues sí, un zarzuelero, un hombre de éxito popular, era doblemente aplaudido por don Marcelino: por su música y por su sabiduría en torno a la historia de la música española. El hombre más castizo de España era vitoreado por el más grande intelectual de la época.

El artista Barbieri, que no tenía ningún empacho en afirmar que "la pieza musical más bella es la que más se aplaude", fue catapultado por don Marcelino para entrar en la Academia de la Lengua. Los méritos estaban a la vista. Por un lado, fue el gran creador de la zarzuela, nuestra ópera, tan genuina y valiosa como lo que pasa por ser ópera original. Y, por otro lado, porque nadie en su época hizo más por la historia de la música española que Barbieri. En fin, aconsejé a Ángel este texto, porque "donde hay música, como decía don Quijote, no puede haber cosa mala". En todo caso, y a la espera de su parecer, me atreví a escribir la siguiente nota para circunstanciar el relato de Menéndez Pelayo sobre el nuevo Académico. Don Francisco Asenjo Barbieri, uno de los músicos más populares de la España del XIX, se encontraba entre los grandes amigos de Menéndez Pelayo. A su condición de músico de solfa, uno de los más extraordinarios que ha dado Europa, unía, insisto, sus facetas de gran musicólogo y bibliófilo. Todo un estudioso de la historia de la música española. Su colección de libros de música española sigue siendo la más importante de la Biblioteca Nacional.

El músico disertó en su discurso de entrada en la Academia de la Lengua sobre Música y poesía continuaba y profundizaba, en 1892, las tesis desarrolladas en el discurso de ingreso en la Real Academia de las Bellas Artes, sobre la musicalidad de la lengua castellana. El lema final del discurso de Barbieri es el inicio del texto de Menéndez Pelayo: "Música y poesía. En una misma lira tocaremos". Es un ensayo de fusión de ambas artes y la musicalidad de la lengua castellana. El recurso argumentativo de Menéndez Pelayo fue Platón: "La unidad es la condición de la fusión: no separar lo que la naturaleza ha reunido, no juntar lo que ha separado; no separar de la música los versos y la danza, ni de las palabras la música".

El querido Monstruo Marcelino, así le llamaba Barbieri al sabio, se concentró mucho más en la persona y los méritos literarios y musicológicos del nuevo Académico que en su "ameno y primoroso discurso", sencillamente, porque pocos en la época conocían la extraordinaria labor científica y bibliográfica desplegada por Barbieri. Después de aclarar su mayor aportación al acerbo de la música española, "la transformación del canto popular en música dramática", en un esfuerzo sintético, propio de un filósofo genial, pasa revista a todas las contribuciones intelectuales, históricas y bibliográficas, al fin, musicológicas de Barbieri. "Nadie conoce tan a fondo como el señor Barbieri (…) la historia de su Arte en España; nadie ha llegado a reunir mayor número de documentos relativos a la vida de nuestros compositores y maestros; su biblioteca musical es un archivo y un museo, al cual nada semejante puede hallarse en establecimientos públicos".

Sabía bien de lo que hablaba don Marcelino, pues que un apartado clave de quizá su obra más acabada, Historia de las ideas estéticas en España, estaba informada y avalada por la obra musicológica de Barbieri. Sin su colaboración nunca hubieran podido escribirse, según reconoce el propio Menéndez Pelayo, los capítulos dedicados a la música en España. Yo no sé a ciencia cierta si este libro es, como ha escrito y me repite muchas veces mi amigo Ciriaco Morón Arroyo, el "más perfecto y universal del maestro", pero sí fue al que le dedicó más tiempo y esfuerzo ( lo comenzó en 1876, lo publicó entre entre 1883 y 1891, aunque sólo lo terminó de verdad cuando salió la segunda edición, entre 1909 y 1910, dos años antes de su muerte), y parece que sin la colaboración de Barbieri no lo habría concluido.

Valgan dos citas de Menéndez Pelayo para justificar mi anterior afirmación. La primera pertenece al capítulo dedicado a estudiar "La estética en los tratadistas de música durante los siglos XVI y XVII"; después de mantener que la literatura musical española de "los dos siglos de oro iguala, si no excede, a la de la preceptiva literaria", reconoce que toda su investigación hubiera sido inviable sin la colaboración de Barbieri:

Extraño yo, por mi desgracia, a la teoría y a la práctica del arte divino de la Música, no hubiera podido llevar a término este trabajo, o habría tenido que limitarme a puntos de vista generales, a no ser por el eficaz auxilio del insigne compositor español y docto bibliófilo don Francisco Asenjo Barbieri, el cual, con la generosidad que enaltece siempre al verdadero mérito y a la erudición sólida, me franqueó las puertas de su Biblioteca de libros españoles de música, sin rival en el mundo, ayudándome, además, con sus propios apuntes y consejos, no menos preciosos que sus libros. Lo que haya de nuevo y de importante en este capítulo, al señor Barbieri se deberá. A mí sólo me corresponde la responsabilidad de los errores de interpretación.

La segunda cita es del capítulo dedicado a nuestra música en el siglo XVIII:

Debo declarar, como declaré en el tomo anterior, que todas mis noticias bibliográficas musicales proceden de la selecta y peregrina biblioteca de mi generoso amigo el célebre maestro Barbieri, sin cuya asistencia y buen consejo me hubiera sido imposible dar remate a esta difícil parte de mi obra. Si cada uno de los ramos de la bibliografía nacional hubiera encontrado un coleccionador tan inteligente, discreto e infatigable como el señor Barbieri, poco trabajo costaría hacer la historia de la cultura española.

En fin, espero que el doctor Cidad, antes de su regreso a Machupichu, no se dejé abrumar por mis prolijos consejos, y lea directamente a don Marcelino. Necesito sus comentarios como agua de mayo.

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